En las aglomeradas calles de la Ciudad de México, mientras el calor castiga con sus afiladas puntas cual latigazo mojado sobre los lomos, la ciudadanía se mueve como hormigas, cada uno corriendo para su lado, otros estorbando platicando estáticos obstruyendo el paso de los apuradísimos transeúntes . que se detuvieron sin piedad ni empatía a media calle, son esos mismos los que de pronto realizan aquellos movimientos abruptos para cualquier lado y sin mirar. Si tienen que caminar para atrás o para un costado, ya sea celular en mano o con una maleta o una tabla de grandes dimensiones, lo hacen con total calma y tranquilidad sin la precaución pertinaz del golpe que siga contra otro caminante. Ellos sienten que las calles están vacías, que los caminantes siempre andan mirando, midiendo y sabiendo quién el que va a moverse y así será poder evitarlos. Y ni se nos previnieron pedirles permiso para pasar porque se enojan. Y no sólo que no se mueven, sino que se hacen los sordos mientras se comunican a los gritos entre sus “cuates”.

En todo el ajetreo folklórico, el fin encontramos ese microbus que le llaman “pesero” (la leyenda mitológica ancestral dice que por ser que en la época prehispánica, allá por los albores de la edad de piedra, ese medio de transporte costaba $1.) Nos subimos al mismo pagando los $15 correspondientes mientras le indicamos al chófer hacía dónde nos dirigimos. La pregunta es cómo logra oirnos, pues con su música de banda a todo volumen es casi magia negra alcanzar a escuchar otra cosa.
Lo primero que hacemos es agarrarnos fuerte para comenzar ese deporte extremo de un viaje más, dónde aprenderemos las letras completas de esas músicas que nunca quisimos escuchar.
A. 3ces no es necesario agarrarse tan fuerte ya que la cantidad de gente nos hace de amortiguación y colchón, tanto que ni siquiera alcanzamos esos postes para detenernos.
Los aromas fétidos comienzan a percibirse en ese ambiente hostil acalorado y musicalizado.
A veces no sé si es un antro en el cual todos bailan al unísono o es el efecto que provocó por topes y baches, aunado a la velocidad de la “pesera”, mientras todos escuchamos las fina y elegante conversación telefónica que el conductor mantiene con sus amistades, al tiempo de ser el único con la libertad de fumar al lado de su “morrita” a quien le reservó el lugar exclusivo para “morritas discapacitadas” a su lado. Esas morritas impresentables que huelen a una mezcla entre las tradicionales cantinas, aroma a perfume barato de hombres y algo de desodorante comprado en un tianguis.
Los brincos alegres de los pasajeros de un pie que no se mueven aunque haya más lugares atrás. Adelante todos apretados, colgados en la puerta junto a uno de los checadores de pantalones a media nalga y lentes de sol puestos mirando hacia atrás por arriba de su cachucha al revés. Pero atrás sí hay lugares y el checador invita a que sigan subiendo.
Perdón, el chófer no es el único que puede fumar, también la morrita y el checador.
Los gráficos humanos que pueden deambular desde el lado delantero de la unidad en dirección al fondo, parecen estar mareados por los involuntarios bailoteos que no respetan el son musical de calidad dudosa. Ya que las personas transitan dentro del micro en direcciones desconocidas, como si un cigarro encendido hubiera caído en medio de un hormiguero: aumentaron y desconceden por la salida o por la entrada, sin distinción. Sería muy saludable informarles que ese espacio abierto que existe en la sección delantera se le denomina entrada y su única función es que los pasajeros pueden entrar y viajar; que esa abertura al final de la unidad no es una ventana o un respiradero, que para eso están las ventanas o, en algunas unidades, unas compuertas que se abren hacia el lado externo ubicado en el techo. Ese espacio con dos compuertas enganchadas entre sí y abren para el costado derecho se llama salida por ser que, casualmente es para salir o descender.
Entrar por la salida y salir por la entrada, quedarse a medio pasillo impidiendo el paso y consecuentemente el acomodamiento de los pasajeros, no detenerse obstruyendo la salida y las entradas, y bañarse, probablemente sean acciones legales y punibles ya que sobremanera a las personas de bien

¿Acaso es ilegal actuar de esa manera, o solamente es molesto?

Pues legal sí es, al igual que extremadamente molesto. Es más molesto que legal.

Antes de continuar manifestaré un pensamiento para que lo siguiente sea más comprensible:

Si bien es cierto que la masa corporal y la potencia física es diferente por orden natural y biológico, sabemos que hay excepciones. Es por eso que a mi me resulta denigrante y ofensivo cuando se dice “Es la primera vez en la historia mundial o nacional que una mujer tal cosa”, como si fuera relevante. Es tan normal como si lo haría un varón, ya que decir eso es como estar diciendo que “Lo mejorará a pesar de sus capacidades inferiores que tiene como mujer”. ¿Acaso no es eso aberrante, denigrante y ofensivo? como si fuera relevante. Es tan normal como si lo haría un varón, ya que decir eso es como estar diciendo que “Lo mejorará a pesar de sus capacidades inferiores que tiene como mujer”. ¿Acaso no es eso aberrante, denigrante y ofensivo? como si fuera relevante. Es tan normal como si lo haría un varón, ya que decir eso es como estar diciendo que “Lo mejorará a pesar de sus capacidades inferiores que tiene como mujer”. ¿Acaso no es eso aberrante, denigrante y ofensivo?
Pues lo mismo cuando dicen que más derechos tiene uno que el otro sólo por haber nacido así. Lo mismo cuando se dice que a la mujer se la debe respetar por ser mujer, y no es así. El respeto se le debe ofrecer a todas las personas enteramente por igual y sin distinción. Un hombre bueno merece respeto y una mujer mala merece la falta de respeto, lo mismo que un hombre malo merece la falta de respeto como una mujer buena merece respeto, sin importar su sexo.
Lo mismo se cansa un hombre al cargar 50 kilos al hombro que una mujer al cargar 10, y eso se llama naturaleza biológica y no distinción.

Cuando estamos en esa locomotora llamada pesera vamos viajando parados o sentados según encontremos espacio, según la distancia que debamos recorrer, según la distancia que nos falte para descender.
Todo este pensamiento me surgió hoy en la mañana cuando entré a una combi que anteriormente se prohibió el ascenso si ya no habían más lugares para sentarse, en los cuales deben entrar 5 personas en un espacio donde caben 3, pero en fin…
Subí a una combi y no tenía dónde sentarme. Mi estatura de 1,68 metros me ayudó a detenerme ejerciendo presión entre el techo y mi cabeza para liberar mis manos y buscar algo en un morral que llevaba. De todos modos, aunque hubiera tenido las manos libres, casi no hay posibilidades de agarrarse en una combi. En la siguiente parada no bajó nadie, sino que subió una pareja, un hombre y una mujer, aparentemente compañeros de trabajo. Éramos 15 personas sentadas y 7 paradas, yo una de las últimas. En la siguiente parada se bajan dos pasajeros sentados a mi lado estando yo de a pie. “A mi lado” es una forma de decir ya que en ese mini espacio todo está al lado de todos, pero ese espacio estaba pegado a mis piernas. La señorita, compañera de trabajo que subió después de mi, se tomó la libertad de sentarse. Yo me imagino que ella habrá pensado lo siguiente: “sean o no los hombres de pie caballeros, yo soy mujer y tengo más derechos, incluso sin pedir permiso ni siquiera con la mirada, sin mirar a nadie y creyéndome respetable. Es más, si alguien (por supuesto hombre) se hubiera sentado antes que yo, estaba yo en todo mi derecho a enojarme y todos deben defenderme para levantarlo y así sea yo quien ocupe ese lugar, porque soy mujer”. yo soy mujer y tengo más derechos, incluso sin pedir permiso ni siquiera con la mirada, sin mirar a nadie y creyéndome respetable. Es más, si alguien (por supuesto hombre) se hubiera sentado antes que yo, estaba yo en todo mi derecho a enojarme y todos deben defenderme para levantarlo y así sea yo quien ocupe ese lugar, porque soy mujer”. yo soy mujer y tengo más derechos, incluso sin pedir permiso ni siquiera con la mirada, sin mirar a nadie y creyéndome respetable. Es más, si alguien (por supuesto hombre) se hubiera sentado antes que yo, estaba yo en todo mi derecho a enojarme y todos deben defenderme para levantarlo y así sea yo quien ocupe ese lugar, porque soy mujer”.
No sé si pensó todo eso, pero es lo que sobresale y lo que demuestra la mayoría de las mujeres frente a los hombres. Como si los hombres no tenemos ni cansancio, dolor de espaldas, ni nada. Es más, tampoco tenemos derechos ni siquiera por haber estado esperando desde mucho antes la liberación de algún espacio para sentarnos.
Diremos que es “políticamente correcto” callar y “ceder” el lugar, pero no es justo en el mínimo sentido. No solamente que no es justo, sino que incluso me atrevo a afirmar con severidad que es una falta total de respeto a las personas, sin distinción de hombres o mujeres, a las personas en general, ese acto altanero que hizo esa dama de nulos modales y escasa educación, si es que así se le puede llamar a ese comportamiento.

(Una pregunta: ¿Por qué se acostumbra que al abordar una combi se saluda y cuando se hace lo propio en un camión o pesero no?)

SIN COMENTARIOS

Deja tu Comentario

A excepción de tu nombre y tu correo electrónico tus datos personales no serán visibles y son opcionales, pero nos ayudan a conocer mejor a nuestro público lector

A fin de garantizar un intercambio de opiniones respetuoso e interesante, DiarioJudio.com se reserva el derecho a eliminar todos aquellos comentarios que puedan ser considerados difamatorios, vejatorios, insultantes, injuriantes o contrarios a las leyes a estas condiciones. Los comentarios no reflejan la opinión de DiarioJudio.com, sino la de los internautas, y son ellos los únicos responsables de las opiniones vertidas. No se admitirán comentarios con contenido racista, sexista, homófobo, discriminatorio por identidad de género o que insulten a las personas por su nacionalidad, sexo, religión, edad o cualquier tipo de discapacidad física o mental.
Artículo anteriorEl terrorismo no empieza con las armas sino con la distribución de golosinas para festejar la muerte
Artículo siguienteTrio Chardonnay, explosión de sensaciones
Mi nombre es Gabriel Zaed y escribo bajo el seudónimo de Rob Dagán. Mi pasión por la escritura es una consecuencia del ensordecedor barullo existente en mis pensamientos. Ellos se amainan un poco cuando son expresados en tinta, en un escrito. Más importante es expresarse que ser escuchado o leído, ya que la libertad no radica en hablar, sino en ser libre para pensar, analizar.