Diario Judío México - Desde comienzos de la historia, el ser humano ha hecho grandes esfuerzos en tratar de facilitar el diagnóstico de las enfermedades; en poder simplificar los métodos para el reconocimiento especifico de los padecimientos. Médicos han escrito miles de tratados, que describen los signos y síntomas característicos de condiciones patológicas, con el fin de diferenciar unas de otras y poder hacer un diagnóstico rápido y acertado. Imaginemos que fantástico sería, si se pudiera encontrar una manifestación clínica, que con sólo verla, nos diera pauta para el reconocimiento inmediato de alguna enfermedad. Pues bien, se define como patognomónico (del griego pathos-enfermedad y gnomon-juez) a aquél signo (manifestación objetiva en un paciente) o síntoma (manifestación subjetiva) cuya sola presencia establece el diagnóstico de un trastorno sin haber posibilidad de que pueda tratarse de otro. En otras palabras, es patognomónico, aquel rasgo clínico que es propio y exclusivo de una enfermedad, sin que otros padecimientos lo compartan. ¿Existe alguno así? A través de los siglos se han tratado de establecer signos patognomónicos, pero con frustraciones subsecuentes, ya que cuando se afirmaba el haber encontrado una manifestación distintiva en alguna enfermedad, resultaba que posteriormente se descubría que ese mismo síntoma podía presentarse en otra. Por ejemplo, durante mucho tiempo se pensó que la hidrofobia (terror al agua) era un síntoma patognomónico de la rabia, pero hoy se sabe que algunos padecimientos psiquiátricos pueden tener ese síntoma como parte de ellos. Podríamos pasar a otros ejemplos, pero tal coloquio está fuera del alcance de este ensayo.

En la literatura médica, la existencia o ausencia de signos patognomónicos es tema de discusión constante. Así, no es sorpresa que actualmente se considera a los signos patognomónicos, si acaso existen, altamente debatibles; pero existe aceptación universal con respecto a uno. Se trata del «signo de Koplik» ya que su presencia es siempre indicativa del sarampión. Este signo no aparece en ninguna otra enfermedad, por lo que después de su descripción por Koplik en el año de 1896 y durante el siglo pasado, con sólo verlo, el diagnóstico de sarampión era hecho frecuente y fácilmente, inclusive por individuos sin preparación médica alguna. En la actualidad, ya casi nadie sabe de su existencia pues afortunadamente, debido a la vacuna antisarampión, este padecimiento ha sido casi erradicado del planeta y ya no hay mucha oportunidad de conocerlo. Muy pronto describiremos con detalle las características de este signo, pero antes hablaremos de su descubridor: el pediatra americano Koplik del quien se cumplen 150 años de su nacimiento.

Henry Koplik (1858-1927) nació en la ciudad de Nueva York de padres judíos. Se graduó como médico de Columbia University (1881), e hizo un año de internado en el hospital Bellevue, ambas instituciones en esa ciudad. Como era la costumbre en esa época, los egresados norteamericanos que querían obtener una buena preparación de especialidad viajaban a Europa a hacer sus estudios de postgrado. Koplik se fue a las ciudades de Berlín, Viena y Praga. En la capital alemana estudió bajo el ala del famoso Roberto Koch quien lo influenció en el desarrollo de su interés por la infectología y durante su estancia en la capital checa estudió bajo el pediatra Alois Epstein, fundador del Hospital de Niños Expósitos de Praga, cuya personalidad también ejerció gran peso para que nuestro personaje se decidiera a ser pediatra. Después de 4 años, regresa a Nueva York donde abre un consultorio particular como médico pediatra.

Esto no fue nada fácil, pues en 1884 esa especialidad apenas comenzaba a ser reconocida como tal (la American Pediatrics Society ni había sido fundada aún -1889-; a propósito, Koplik fue uno de sus fundadores) y no existía en ese tiempo la mentalidad de llevar a un niño enfermo «al pediatra». Para ganarse el pan tuvo que obtener trabajo de medio tiempo en un dispensario de gobierno, el Lower East Side Good Samaritan Dispensary. Allí, su práctica consistió en el tratamiento de niños judíos e italianos pobres recién inmigrados de Europa y tanto sus notas personales como los documentos de esa institución indican que su trabajo era exhaustivo. Sin embargo, encuentra tiempo para publicar artículos con relación a enfermedades infecciosas de la infancia. Es de notar que a pesar de recibir un salario muy reducido, ahorra dinero para comprar equipo de laboratorio tan necesitado en su clínica, y en un pequeño cuarto del dispensario, establece un laboratorio de patología y bacteriología.

Entre otras cosas el Dr. Koplik dejó un legado importante en lo que se refiere a la intervención nutricional en niños La mortalidad infantil en menores de 1 año de edad era del 20%, siendo las principales causas las infecciones y la desnutrición. No existía la refrigeración y muchos niños morían por gastroenteritis causada por leche sin pasteurizar y/o descompuesta. A Henry se le ocurrió que el dispensario podría ser usado para proporcionar leche fresca o pasteurizada a sus pacientes. Para ello convenció al mercader Nathan Straus el financiamiento de su plan: el proyecto dictaba que los niños vinieran a intervalos regulares para un examen médico y al mismo tiempo enseñar a las madres nociones generales de higiene; durante esas visitas recibirían leche fresca gratuita. Precisamente, durante el primer año de implemento (1889) se dieron 7,000 botellas a 137 niños y los resultados fueron tan positivos, que una década después (1898) la clínica proveía 298,000 botellas a 1,204 niños menores de un año. Así, Koplik fue el fundador del primer Depósito de Leches en los y esta experiencia le permitió demostrar, en forma científica, los beneficios clínicos obtenidos como resultado de la distribución gratuita de leche a infantes, aún hoy en boga en la Unión Americana. En reconocimiento a su dedicación y brillantez, en el año de 1900 se le ofrece el codiciado puesto de Pediatra Adjunto en el hospital Mount Sinai (N.Y.), donde trabajó durante 25 años.

Y ahora relatemos lo mencionado al principio de este articulo, que llevaría a Koplik a la fama para la posteridad. En el año de 1896 escribe un artículo llamado El Diagnóstico del Sarampión Según el Estudio de su Erupción, el Cual Comienza en la Boca. En él, Koplik hace la descripción, en los niños con sarampión, de unas manchas orales rojas con puntos azules o blancos en su centro. Estos puntos son del tamaño de un granito de arena, localizados (junto con las manchas que los rodean) en el labio interno, enfrente de los molares, y se pueden ver con sólo jalar el labio inferior al nivel del ángulo de la boca. Aparecen uno a dos días antes de la erupción de piel y desparecen cuando esta comienza. Tales manchas ya se habían observado por varios médicos desde 1740 pero nadie las había descrito con detalle, ni las había asociado como signo específico del sarampión. Fue Koplik el que dedujo -con sus minuciosas observaciones acerca del progreso natural de la enfermedad- que le eran características y se atrevió a determinarlas como patognomónicas. Tuvo razón, pues las indagaciones subsecuentes, por investigadores en el mundo entero, han confirmado repetidamente que en efecto, «el signo de Koplik» es exclusivo del sarampión.

En 1899 es elegido Presidente de la American Pediatric Society, organismo precursor de la American Academy of Pediatrics y en 1902 publica su famoso libro Enfermedades de la Infancia y la Niñez Diseñado para el uso de Estudiantes y Practicantes de Medicina el que se convirtió en libro de texto por muchos años. Durante su estancia en el hospital Monte Sinaí, Koplik fundó el pabellón pediátrico y se distinguió como maestro y mentor de un sinnúmero de residentes. Se retiró en 1925 pero siguió trabajando en su consultorio particular hasta su muerte, 2 años después.

Koplik, pionero de la nutrición infantil y clínico eminente, quien gracias a «su» signo, es merecidamente recordado en forma continua por el ámbito médico internacional

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Se gradúa de médico en México con mención honorífica en la UNAM y cursa su internado y residencia en pediatría, en los hospitales del Albert Einstein College of Medicine en Nueva York. Su historia como profesionista en medicina en vasta llegando a ser varias veces Director de afamados nosocomios en los Estados Unidos.

Actualmente practica la medicina privada y es miembro de la Academia Americana de Pediatría además de consultor.

Sus escritos han sido publicados en Contemporary Pediatrics y Pediatrics in Review y tiene ya varios años colaborando en "Foro", dando a conocer las biografías de personajes destacados de origen judío en la medicina mundial.