Se sabe que lo que es eterno no puede progresar, ni moverse, ni cambiar; se sabe, y más los que han frecuentado las letras divinas, que muy pocos serán, que todo lo sublime ha sido acuñado en Grecia, donde se hicieron todos los movimientos mentales necesarios para comprender qué es la belleza, que se manifiesta a través del arte, que escrutado con ojo atento se llama estética. Pero nótese que hemos lanzado al papel una palabra peculiar, la palabra “manifiesta”. Hoy, como todos los días, leí alguno que otro clásico latino o español, costumbre que adquirí en una mocedad dedicada al estudio, que antaño se celebraba con vítores, laureles, elogios de doncellez y recomendaciones en el extranjero, y haciéndolo me vi en el menester de recurrir a un tomo del judío Emmanuel Levinas, que heredé de mi barcelonesa abuela y que apretado entre otros tomos moros, gentiles y ateos, pedía ser leído; y lo fue; y en él leí, para desabigarrar unos versos de Virgilio, que no es lo mismo “manifestación” que “comunicación”.

¿Por qué acudir a un tomo de filosofía judaica para entender a un clásico latino? Levinas, recordemos, leía a Heidegger, que fue un agudo lector de los griegos, padres de los romanos, gentes que aprendieron mucho del pueblo hebraico, pueblo que hacía de la “palabra” su ente supremo. ¿Quién nos habla desde el interior de los ? Háblanos la palabra, no el hombre, no un pueblo. Decían los griegos que hablar, que hablar bien era hablar el griego, única lengua articulada, o por mejor decir, formada con signos y no sólo con vocales y consonantes. Notorio es que los grandes sentimientos humanos ya han sido trocados en signos, amonedados, signos que se representan con palabras, ya con “amor”, ya con “odio”, sea con “celos”, sea con “envidia”.

Pensaba el viejo y sabio Ovidio que el hombre, antes que aljofarado, que bello, debía ser viril, límpido, honesto, sano; decía Ovidio, además, que la mujer no resiste los cortejos de un varón sosegado, avezado en las bellas letras y adobado con virtudes caballerescas. Nótese que la belleza es una quietud más imponente que el “ruido de aguas caudalosas” o que “las olas del mar”, como se lee en el `Salterio´. De tales enseñanzas y consejas han de aprender los escritores. Antaño el público era así, femenino, bien criado, de buen oído, afanoso de superioridades estéticas, de hexámetros de mármol fraguados con emotivo cincel; hoy es una masa sorda, ciega y muda, fiera que no se doblega sino a palos y gritos. Si parangonamos el ayer con el hoy, el tiempo de oro con el tiempo de oropel del día, observaremos que el público moderno es vulgar y se complace más con el brillo que con la substancia, más con el grito arbitrario que con el sentido gemido. Muchas novelas modernas, por ejemplo, son meramente líricas, y otras meramente de acción, fenómeno que nos dice que ya no hay Dostoievskis, sino meros reporteros o soplones y médicos o psicólogos metidos a amanuenses.

Hoy abundan versificadores, dijera el crítico Leopoldo Alas, que créense “artistas” sólo porque urden raigambres de versos sacrílegos que nada dicen ni aportan a la belleza eterna. Valéry, Octavio Paz, Bécquer, han visto que hay máquinas de hacer primores que jamás tejen poemas, aunque sí millares de renglones torcidos. Alas, conocedor de las honduras del arte clásico, en articulo pergeñado el 3 de diciembre del año 1896 para la publicación `Las novedades´, quejábase así: “Cualquier chiquillo de dieciocho años, a veces de menos, se cree autorizado para soltar la sinhueso, sin estudios de preparación, sin conocer los secretos de la lengua, la gramática general, la retórica, la dialéctica; sin haberse nutrido con la lectura, la meditación y hasta la admiración de los clásicos así españoles como ingleses, franceses, alemanes, italianos, griegos y latinos. De todo eso se prescinde, y con llenarse la boca de Verlaine, Mallarmé y hasta Moréas y nombres así, ya se creen unos `estetas´”. No es el lugar para hacer exégesis gadamerianas, por lo que me atendré a lo que dictan las sabidurías de la Filosofía Analítica, es decir, anglosajona, a saber: no interpretar, sino sólo leer; no explicar, sino exponer.

¿Qué secreto de la lengua debe aprehender quien traduce de la cuita al verso? El secreto de la etimología, que merced a ciertos oscuros ardides hace que una proposición simple, corta, pueda explicar emociones que llenarían los más longos párrafos. Ya Alfonso Reyes ha explicado que las lenguas romanceadas se fijaron y establecieron en el magín del “popolo grosso” el día en que éste se enteró de que no podía manifestar su sentir con el latín; tal acontecer tuvo lugar allá por el siglo X. La lengua, cuando bien se conoce, nos evita todo ergotismo, vicio de académicos que antes buscan la idea que la noción, el concepto que la intuición, la proposición que la emoción. El sabio y joven José Mariano de Larra, al trazar la historia de nuestra , advierte al fabricante de tramas que no ponga conceptos en la boca de los personajes, que difícilmente serán creídos si filósofos o pensadores son. El teatro, decía el peritísimo Aristóteles, debe con prótasis advertir y suspender, con epítasis persuadir y con catarsis purgar y agitar; o dicho en medieval, el teatro debe recordar y reforzar las “mores maiorum”, las “costumbres de los mayores”, de los héroes, de los fundadores de toda civilización.

Quisiéramos que los escritores leyeran sus clásicos, que se aventuraran en la difícil gramática, que es sarta de fenómenos trocada en palabrería que no encuentra acomodo si no se lo da el poeta; desearíamos, además, que se medite lo que se escribe y se soslaye un poco el consejo sofista consistente en improvisar. Y para evitar el mote de “pedante” pondré un ejemplo que herirá a los Sanchos o prevaricadores del buen lenguaje, o sea, a los confundidos. El ejemplo ha sido extractado de una famosa comedia de Juan Ruiz de Alarcón, poeta celebrado por Lope de Vega, y dice así: “¿Qué importará que el Destino quiera, si no quiero yo? Del cielo es la inclinación: el sí o el no todo es mío, que el Hado en el albedrío no tiene jurisdicción”. Con ese “quiera” dase al Destino calidad de “patronus”, y a Doña Ana el de “cliens”, “cliente” en rebeldía, rebeldía que da a la mujer garbo facsimilar al que tienen las molineras de Cervantes, Porcias aptas para acompañar en brutos o a pie enjuto a sus maridos. Pero mucho ya he dicho, tanto, que he recordado una sentencia del Quijote, siempre en la punta de mi lengua, que dice que incómodos son razonamientos largos. ¡Vale!

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Edvard Zeind Palafox   es Redactor Publicitario – Planner, Licenciado en Mercadotecnia y Publicidad (UNIMEX), con una Maestría en Mercadotecnia (con Mención Honorífica en UPAEP). Es Catedrático de tiempo completo, ha participado en congresos como expositor a nivel nacional.