Cuando alguien encuentra el oro que tanto buscaba, encuentra dos cosas:
Encuentra el oro y la posibilidad de no seguir buscando.
Cuando lo buscaba, era famoso y admirado por su implacable búsqueda aunque no lo vaya a encontrar. Porque el esfuerzo de la búsqueda, a veces en condiciones muy desfavorables a las labores que se requieren, es merecedora y digna de aplausos, loas y todo tipo de congratulaciones.
Una vez encontrado el oro se pierde esa admiración y comienza la envidia y habladurías en su contra.
Aquel hombre (que de hombre tiene nada más el sexo) que va en busca en más de una mujer al mismo tiempo, es porque no quiere encontrar el oro, prefiere seguir siendo admirado por otros ignorantes como él, en la ferviente búsqueda.
Se quiere asegurar la admiración creyendo que es deseado por eso.
Sí, muchos lo desean. Esos muchos (no es necesario decir muchos y muchas) son tan tontos e ignorantes como él.
Caen en la ignominiosa cualidad de ser vistos aunque no sepan por qué razón.
Claro, quien tiene esa necesidad es por tener un autoestima muy baja.
Aclaremos que el autoestima es el amor hacia sí mismo, el amor propio.
Esa gente no se quiere. Y los que le admiran no lo quieren ni se quieren a sí mismos, pero creen asegurar esa acaparación de impertinentes miradas.
Lo mismo aplica para todas aquellas personas que dejan atrás la búsqueda de lo que sea cuando creen haberlo encontrado.
Ejemplo de esto puede ser cuando ya son matrimonio y frenan la búsqueda del amor y el romanticismo.
¿Oro? ¿Para qué lo quieren si una vez encontrado no tendrán la admiración ajena que creen tener?

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Mi nombre es Gabriel Zaed y escribo bajo el seudónimo de Rob Dagán. Mi pasión por la escritura es una consecuencia del ensordecedor barullo existente en mis pensamientos. Ellos se amainan un poco cuando son expresados en tinta, en un escrito. Más importante es expresarse que ser escuchado o leído, ya que la libertad no radica en hablar, sino en ser libre para pensar, analizar.