La conmovedora historia de una familia asesinada por los nazis por ocultar judíos que la Iglesia beatificó

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Polonia. Tierra de martirio. Bandera roja y blanca, como las dos coronas de san Maximiliano Kolbe, quien entregó su vida en Auschwitz para salvar a un padre de familia judío. Polonia, tierra siempre invadida por sus vecinos: rusos, suecos o alemanes. Polska, país eslavo, bastión del catolicismo que ha dado otros grandes santos como san Juan Pablo II y santa Faustina María Kowalska.

Nos trasladamos al sur de Polonia, cerca de los montes Cárpatos, a sólo 80 kilómetros de la frontera con la hoy sufriente Ucrania. El lugar es una aldea en medio de campos donde se cultiva la colza y el maíz, junto a molinos de viento que generan energía. Su nombre: Markowa. Allí, el domingo pasado se produjo un hecho singular en la historia de la Iglesia Católica: la beatificación de una familia completa (los Ulma), incluyendo a un niño que estaba al nacer.

La decisión tomada por el Vaticano y el Papa Francisco fue declararlos mártires, aunque su muerte no fue en defensa estricta de la fe, sino del prójimo. Y claro, ya lo dijo el Señor: “no hay mayor amor que dar la vida por los amigos”.


Pero veamos los motivos de este “dar la vida”. Corría 1944. Polonia había sido invadida en 1939 por el ejército de Hitler y la persecución a los judíos era cada vez más cruel y despiadada. En 1941 los nazis habían decretado que cualquier familia polaca que diera asilo o ayudara a los judíos sería indefectiblemente ejecutada.

Józef Ulma era un granjero de Markowa, que cultivaba frutales y poseía colmenas de abejas. Se había casado en 1935 con Viktoria Niemczak y ya tenían seis hijos. Además, Viktoria estaba embarazada, esperando el séptimo. Una familia católica muy piadosa, sencilla y trabajadora. Józef pertenecía a la Asociación de la Juventud Católica y además de ser granjero, era aficionado a la fotografía (de allí que se cuente con muchas fotos de su familia), poseía una gran biblioteca en su casa (abasteciendo la lectura de muchos de sus vecinos) y hasta había inventado un generador eléctrico movido por el viento. En cierta forma, era un líder de este pequeño pueblo que en aquel entonces tenía unos 4.000 habitantes, de los cuales 120 eran judíos.

Cardenales, obispos, sacerdotes y rabinos participaron en Markowa, el pueblo de los Ulma, de la beatificación.
Cardenales, obispos, sacerdotes y rabinos participaron en Markowa, el pueblo de los Ulma, de la beatificación.

Viktoria, por su parte, se encargaba de los quehaceres del hogar y de criar a los hijos que Dios les iba mandando casi todos los años: Stanislawa, tenía 8 años; Bábara, 6; Wladyslaw, 5; Franciszek, 4; Antoni, 2 y la más pequeña era María, de año y medio. El niño o niña por nacer aún no tenía nombre.

Polonia era antes de comenzar la Segunda Guerra Mundial uno de los países del mundo con más población judía (unos 3.800.000). El gueto de Varsovia había sido destruido y las deportaciones a los campos de exterminio de Majdanek, Treblinka, Auschwitz, Belzec, Sobibor, Chelmno, etc…era cosa de todos los días.

Se calcula que el ochenta por ciento de los judíos polacos fueron asesinados durante la Guerra, pero también, que miles fueron salvados por los cristianos polacos. Fue lo que intentaron hacer Józef y Viktoria Ulma. Fue durante el invierno de 1942, cuando decidieron refugiar en su casa a ocho ciudadanos judíos. Seis eran la familia Szall (los padres y 4 hijos) y dos de la familia Goldman. Los escondieron en la guardilla de su casa, donde vivirían cerca de dos años, hasta que alguien los denunció e intervino la policía dando aviso a las tropas alemanas.

Los nazis y la policía polaca aparecieron en la casa de los Ulma en la madrugada del 24 de marzo de 1944, antes de que celebrara la Pascua. Primero fusilaron a los miembros de la familia Szall y a los Goldman. Después le tocó el turno a Józef y a Viktoria, enfrente de sus hijos. Después, testigos presenciales contaron que los nazis discutieron entre ellos qué hacer con los niños. Pero no tuvieron piedad alguna. Los mataron a todos.

La sangre derramada de judíos y católicos se fundió en aquel lugar de martirio. Sí, martirio, porque los Ulma dieron su vida por sus compatriotas judíos, ocultándolos en su hogar pese a la prohibición de los nazis. Y aquel lugar, con el paso de los años fue convertido en un verdadero santuario y museo, por el ejemplo dado por aquella familia de campesinos que eran miembros del “Rosario Divino” y que se habían conocido haciendo teatro.

La madre era ama de casa y se dedicaba con especial empeño a la crianza de sus hijos.
La madre era ama de casa y se dedicaba con especial empeño a la crianza de sus hijos.

Józef y Viktoria se convirtieron en la familia de los buenos samaritanos, que se detuvieron en el camino y socorrieron a ocho judíos para intentar salvarles la vida. Curiosamente, en una biblia encontrada en la casa de los Ulma, Józef tenía señalado el pasaje del evangelio de San Lucas donde se relata esta bella parábola.

Con el paso de los años, la familia Ulma ha sido mundialmente reconocida. En 1995 la Yad Vashem (Centro Mundial de Conmemoración de la Shoá) los nombró como miembros de los “Justos de las Naciones”, dentro de los 6.000 polacos que tienen tal reconocimiento por haber ayudado a judíos durante la Guerra (en Markowa sólo 21 se salvaron).

En el año 2003 el Vaticano abrió la causa para el reconocimiento de 100 mártires polacos dentro de los cuales estaban los Ulma. Sin embargo, en el 2013 decidieron seguir la causa en forma separada, dado el testimonio de toda una familia asesinada, incluyendo un niño al nacer, cuyo bautismo fue de sangre.

En el 2016 se construyó un museo en el sitio donde estaba su casa y fueron asesinados. Un museo dedicado a ellos y a todos los polacos que rescataron o salvaron a judíos durante la Segunda Guerra Mundial.

El Papa Francisco dijo que fue una “familia de héroes que entregó su vida defendiendo la de una comunidad perseguida, demostrando su respeto y amor por el prójimo”. A su vez, el rabino polaco, Michael Schudrich, señaló: “los Ulma son un modelo de humanidad”. Por último, Baruj Tenembaun, de la Fundación Internacional Raul Wallemberg, dijo que: “La beatificación de la familia Ulma, demuestra en forma contundente el reconocimiento de la Iglesia Católica, encabezada por el Papa Francisco, no sólo a estos mártires, sino a la idea de que la solidaridad humana desconoce barreras religiosas”.

Los mismos testigos del fusilamiento afirman que cuando Viktoria estaba siendo llevada para ser enterrada, se notaba que había dado casi a luz a su hijo, porque vieron una cabecita saliendo entre sus piernas.

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