Diario Judío México - Con orígenes geográficos distintos, es natural que la progresiva consolidación de la comunidad judía mexicana implicara aprendizajes de convivencia. Épocas hubo en que la relación entre unos y otros núcleos judíos fue distante. El crecimiento y la consolidación del Comité Central de la Comunidad Judía de México y los matrimonios intercomunitarios han propiciado el surgimiento de una nueva identidad judeo mexicana.

“Esa distancia se daba en las primeras dos generaciones de inmigrantes judíos, que conservaban idioma y costumbres”, narra Mauricio Lulka. “Conforme las comunidades crecieron, ocurrió que los ashkenazi querían escuelas donde se hablase yidish, y querían tener sus juntas en yidish y las otras comunidades, que venían de Siria o de la Europa balcánica querían lo mismo. También hay diferencias en las formas de rezar, aunque recemos lo mismo. Pero en las nuevas generaciones, esas diferencias, aunque existen, han perdido importancia, porque el vínculo de solidaridad que se ha forjado a través de los años y de la unidad en torno al Comité Central, se ha fortalecido. Las comunidades tienen sus propios colegios, pero uno va a cualquier escuela y allí hay niños de todos los sectores comunitarios”.

Los judíos en México están agrupados en seis comunidades: cuatro que observan los principios del judaísmo ortodoxo y otras dos que se apegan al judaísmo conservador. Uno de los grandes aglutinadores de las comunidades es el Centro Deportivo Israelita, que es un importante centro de actividades, que participa, con equipos de las más diversas disciplinas, en las ligas de la Ciudad de México. Además, el CDI es la sede de actividades de teatro y baile, y auspicia un importante festival de danza judía, donde participan niños de preescolar hasta preparatorianos y personas con discapacidad. Una final de este encuentro puede congregar 4 o 5 mil personas.

El CDI participa cada cuatro años en los Juegos Macabeos, que se llevan a cabo en Israel y que es uno de los cinco acontecimientos deportivos más importantes del mundo. También existe la versión panamericana de estos juegos y, en 2019, México será la sede de este encuentro, como ya lo fue en 1979 y 1999.

MUCHAS MANOS QUE AYUDAN. Ayudar al otro, semejante o no, es uno de los rasgos distintivos de las comunidades judías. La mexicana no es la excepción: ningún niño judío se queda sin escuela; ninguna familia judía vive con carencias. Pero esa cohesión de los judíos mexicanos es la expresión más familiar de una actitud de ayuda que va más allá de las propias comunidades y se vuelve una intensa actividad filantrópica.

Más de un centenar de fundaciones de ayuda social han nacido en el seno de la comunidad judía de México. “Sus objetivos abarcan un gran abanico, desde la enseñanza del náhuatl hasta la transmisión de valores; hay muchas vinculadas a la educación y a la salud”, describe Mauricio Lulka. “Predomina en ellas la idea de ayudar enseñando a pescar y no ayudar dando el pescado. Una de estas organizaciones trabaja con mujeres que viven de la pepena en basureros y las capacita en trabajos manuales que les permitan optar por un mejor modo de vivir”.

“Se trata de hacer visibles a estos sectores vulnerables y trabajar para que estos programas puedan replicarse en otros sectores de la sociedad” añade Renée Dayán. En el camino, estas organizaciones van encontrando nuevas rutas. Un ejemplo: Cadena, especializada en tareas de rescate y resiliencia en zonas de desastre, ha descubierto que llevar filtros de agua a zonas afectadas reduce la contaminación por PET, generan hasta 500 litros de agua diarios y cumplen el cometido de ayudar a las poblaciones afectadas. “Todo el acopio se hace con jóvenes”, detalla Dayán. “Es una forma de inyectarles a los niños que uno tiene que ayudar y solidarizarse con los demás. Y a estas instituciones se integran personas que no necesariamente pertenecen a la comunidad”.

LA CONSERVACIÓN DE LA MEMORIA. Recordar, no olvidar, es un ejercicio constante de las comunidades judías en todo el mundo. La mexicana no es la excepción. Para la comunidad ashkenazi ha sido un tema esencial, y las otras comunidades también han trabajado para la conservación de su memoria colectiva. En los colegios judíos, al llegar a segundo año de secundaria, los alumnos desarrollan un proyecto denominado “Raíces”, en el cual tienen que investigar; irse a los recuerdos familiares más remotos, a interrogar a sus abuelos, para recuperar la memoria más íntima y personal.

La recuperación del pasado colectivo de los judíos mexicanos ha pasado por varias etapas. En1993 se estableció el Centro de Documentación e Investigación de la Comunidad Ashkenazí de México (CDICA). El trabajo del CDICA, reconocido por el Archivo General de la Nación (AGN) y el Conacyt, se amplió en el siglo XXI para convertirse en una entidad intracomunitaria, que recuperara la información de todos los sectores comunitarios. El resultado es el Centro de Documentación e Investigación Judío de México (Cdijum), surgido en 2015.

El Cdijum funcionó, hasta septiembre del año pasado, en su sede de la calle de Acapulco, en la colonia Roma, de la Ciudad de México. Pero el terremoto del 19 de septiembre pasado dañó el edificio, aunque los archivos se encuentran en buen estado. Muy pronto, el Centro volverá a funcionar, sin salir de la Roma, en la calle de Córdoba 238, contiguo a una sinagoga, la ­Rodfe Sedek, casi en desuso.

¿Hay acaso sinagogas sin feligreses? Los judíos mexicanos han ido moviendo su lugar de residencia, en la medida en que prosperaron o buscaron otra dinámica doméstica. Quienes habitaron en la Roma se han mudado y las sinagogas que aún existen en la colonia tienen poca asistencia; lo mismo ocurre con la que funciona en el Centro Histórico. La ruta de movimiento judío en la capital es conocida: del centro a la Roma y a la Condesa; de ahí a Polanco. Luego, según rememora Mauricio Lulka, hubo dos proyectos de expansión: uno hacia el sur del entonces Distrito Federal, que no fructificó, y uno hacia el norte, que se expandió al poniente, que sí se consolidó. Pero esta sinagoga, dentro de poco, volverá a tener vida como sede de la memoria judeo mexicana, de una comunidad que en el presente también se ha involucrado seriamente en temas y proyectos para combatir la discriminación. ¿Qué los mueve? Renée Dayán lo define en una sola frase: “Tratar de que México siga siendo lo que es, un país de libertad para todos.”

Del comercio a la industria… y al universo

En México se sintieron a gusto. El pueblo judío sintió la calidez de los mexicanos. Venían de una tradición oscura de persecuciones, de ataques continuos, de pogroms. En México, a estos judíos del siglo XX, nadie les cuestionó que tuvieran   una religión diferente o se vistieran distinto. Así se fueron integrando. Mexicanizaron sus nombres, empezaron a hablar español, se volvieron una pieza más del gran mosaico nacional.

Grandes transformaciones de la comunidad han tenido lugar en las décadas recientes. Si ­Crónica hubiera hecho esta indagación hace 20 años, el perfil de los judíos mexicanos habría sido notoriamente distinto. Hoy, están en todos los campos de desempeño profesional: ciencia, cultura, artes, política, administración pública. Antes, el comercio y producción de textiles fue la actividad primordial de la comunidad.

Hace un siglo, de entre los primeros judíos establecidos en México, eran pocos los que tenían estudios profesionales. La actividad básica en aquellos años fue la de vendedor ambulante: algún paisano llegado con anterioridad les daba crédito, y con ese crédito compraban vestidos, corbatas que vendían por las calles y de casa en casa: establecieron así el sistema de ventas en abonos. Luego, se establecieron en el rumbo de La Lagunilla, en la capital mexicana, donde proliferaron sus puestos, hasta que en los años 30 del siglo XX, hubo un brote antijudío: hubo quienes exigieron que salieran del barrio. En opinión del director general del Comité Central, Mauricio Lulka, se trató del único suceso claramente antisemita que los judíos venidos a México padecieron.

El Presidente Pascual Ortiz Rubio favoreció la salida judía de La Lagunilla. Y sin saberlo, les hizo un favor, porque crecieron, se expandieron y dieron el siguiente paso: los hijos de aquellos inmigrantes ya fueron universitarios mexicanos y siguiendo el negocio familiar, muchos estudiarion ingenierías, para establecer fábricas y producir textiles.

Hoy día, los indicadores de estudios superiores entre los judíos mexicanos es alto: 65% tienen estudios de licenciatura; 22% tienen posgrados y especialidades en las más diversas disciplinas.