Entre los muchos ayudantes de Alfonso el Sabio sólo Judá ben Moshé aparece con el doble carácter de traductor y ayuntador, habiendo prolongado su estancia en por lo menos un par de décadas. También convivían, en la escuela, los ilustradores y miniaturistas. Entre todos nos ha llegado el nombre de  Pedro Lorenzo, que ´´pintava ben e agina´´, ilustrador de un códice de las Cantigas. El que la mayor parte de los traductores, sobre todo los de la primera época, hayan sido judíos, lo explica el hecho de la Reconquista, que empujaba a éstos hacia zonas de poder franco con todo su bagaje de términos técnicos en árabe, palabras y  oficios que pronto se romancearían. Pero el rey no sólo mantenía a sus traductores en Toledo, también los había en Murcia y en Sevilla. Don Juan Manuel, pariente de Alfonso, nos cuenta que éste ´´morava en algunos lugares un año e dos e más, e aun, según dicen los que vivían a su merced, que fablavan con él los que querían, en así avia espacio de estudiar en lo quél quería fazer para sí mismo e avun para ver e determinar las cosas de los saberes quél mandava ordenar a los maestros e a los sabios que traya para esto a su corte.´´

Resulta impresionante, encantador contemplar las representaciones que  de las Escuelas de se conservan en las miniaturas de los códices regios. El rey aparece en ellas ocupando siempre un lugar central, rodeado de cuatro o más colaboradores. Vemos los sobrios pupitres, los tableros de ajedrez, a veces piedras de colores o astrolabios. Hay, en esos códices, una alta, casi hierática pasión contenida, candor y alegría de saber. En ese siglo aún era frecuente que los trovadores cruzaran las metáforas, cantaran en langue d’oil   o langue d’oc y entremezclaran versos. Lo que, por fuera, la guerra y la enemistad separaban, por dentro, bajo las arcadas góticas, en claustros de agua musical o castillos de piedra oscura, la curiosidad y  el ansia de conocer intentaban unir.

En un libro ya clásico sobre los aspectos del lenguaje y la traducción, After Babel, George Steiner, crítico desmesurado y exacto, evoca la Kábala, arte hermenéutico en el que sobresalían los judíos y los árabes de la del siglo XIII. Puesto que sus lenguas, ordenadas según el principio tripartito de la raíz, pliegan y repliegan sus libros sagrados de manera bastante diferente a   como lo hacen el latín o el griego  precisamente por carecer de notación vocálica, la Kábala o Ilmu-l-Hurûf  les servía como llave de lectura. En efecto, judíos y árabes poseían-en los días de Alfonso el Sabio-cierta ventaja sobre sus colaboradores cristianos, dado que veían, simultáneamente, el núcleo y la periferia de las palabras. Sujifar o prefijar era, para ellos, fácil cuando se hallaba la médula del vocablo, constituida por regla general por su raíz consonántica. Teniendo, pues, a su disposición, la flexibilidad de las lenguas semíticas, árabes y judíos eran trajumanes sensibles a otros idiomas. El efecto, ,mejor dicho la impronta que sus traductores  dejaron al futuro se percibe aún en nuestros días al constatar los miles de arabismos del español y ese quince o veinte por cierto-a juzgar por Covarrubias-, de hebraísmos que nuestra lengua hereda, sin duda, desde los días de y su escuela de traductores.

´´La Kábala-escribe Steiner-que diseca con tanta aplicación el problema de Babel y la naturaleza del lenguaje, habla de un día de redención en el que la traducción dejará de ser necesaria. Todas las lenguas humanas habrán reintegrado la proximidad translúcida de aquella lengua primordial, perdida, que hablaron en los orígenes Dios y Adán. Hemos asistido la continuación de esa visión en las teorías de una génesis única de las lenguas, y de una gramática universal. Pero la Kábala conjetura una posibilidad todavía más secreta. Menciona la hipótesis, sin duda herética, de que llegará un día en que la traducción no sólo será innecesaria, sino inconcebible. Las paabras se rebelarán contra el hombre. Se sacudirán la servidumbre de la significación. Serán sólo ellas mismas y como piedras muertas en nuestras bocas. En cualquier caso, los hombres y las mujeres se habrán liberado para siempre del fardo  del esplendor de la ruina de Babel. Pero ( prosigue Steiner )¿cuál de los dos silencios será mayor?´´.

Sin duda, el divinum silentium de la coincidencia mística desplegada en la escena evangélica de Pentecostés. Allí donde las diversas lenguas constatan, per ignea via, que cuando el así llamado Espíritu Santo llena con sus vientos los oídos atentos, cada uno oye la lengua del otro resonar en la suya. Si el mito de Babel ejemplifica el trágico ascenso egocéntrico que concluye en una ambición diversificadora, el mito forjado  el día de Pentecostés ( Hechos 2:2 ), consolida el descenso al sentido inefable con el fin de aprobar una unanimidad de sentimiento más allá de la diferencia léxica. Entre ambos momentos, trágico el primero, maravilloso el segundo, sagrados ambos por su potencia simbólica, queda aún sin resolver el enigma de la traducción, uno de cuyos más bellos paradigmas encarnó  en el siglo XIII.

Cada lengua es, en sí, una traducción más o menos buena de lo que cada cultura percibe del mundo circundante. Sin embargo, lo que hace ilusoria su plenitud o autosuficiencia, es que cada palabra tenga, además de un probable sinónimo, una equivalente en otro idioma. Puesto que lo mismo puede ser nombrado de modo distinto, las palabras son relativas y la realidad inasible. Conociendo este hecho no es casual que los místicos e iluminados de cada tradición sean, al mismo tiempo, traductores: san Jerónimo, Marpa el Traductor en el Tibet, fray Luis de León y-cómo no-el mismísimo san Pablo. Todos ellos tienen en común el haber descubierto la relatividad de la palabra, su evanescente fascinación ante la cual sólo el espíritu, es decir su eco en el sujeto, actúa como liberador. Por ello el traductor debe, éticamente hablando, profesar la tolerancia, ya que es hijo de matiz, del tono, del giro, de la reversibilidad y de lo polisémico.

No es obligatoria que un traduttore sea también tradittore. Puede ocurrir, a veces, que su amor por el lenguaje y la comprensión entre los hombres lo convierta en conciliatore. Eso fueron, creo, los maestros que trabajaron en Toledo, y los muchos y desconocidos amanuenses que transportaban la tinta, el raspador y el pergamino. Entre ellos, Alfonso el Sabio mantuvo vivo el asombro de saber. Soñó que en él y en su casa concluía la historia antigua y comenzaba la nueva, cuando en realidad se diluían el hebreo, el árabe, el latín y el griego y aleteaba, joven aún entre sus sílabas y jugosos sustantivos, el romance. Ese idioma que Berceo, el Arcipreste y otros harán hablar en ´´buen amor´´. Ese idioma que, ni mejor ni peor que otros, intenta salvar lo que contra el hombre atenta, y que en el largo tendido de su puente eslabona con Buenos Aires, Burgos con Bogotá y, por qué no, a los hispanistas de todo el mundo entre sí.

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Poeta, narrador, ensayista y traductor, nació en Coronel Pringles, Buenos Aires, en el seno de una familia de origen hebreo. En 1970 se trasladó a Jerusalén para estudiar Cábala y en 1978 se estableció en Barcelona, donde se licenció en Filología Hispánica. Hoy combina la realización de seminarios sobre Cábala con su profesión de escritor.Incansable viajero, ha recorrido Estados Unidos, buena parte de Sudamérica, Europa e Israel.Publicó su primer libro de poemas, Los cuatro elementos, en la década de los sesenta, obra a la que siguieron Las frutas (1970), Los peces, los pájaros, las flores (1975), Canon de polen (1976) y Sámaras (1981).En 1976 inició la publicación de Planetarium, serie de novelas que por el momento consta de cinco volúmenes: Sol, Luna, Tierra, Marte y Mercurio, intento de obra cosmológica que, a la manera de La divina comedia, capture el espíritu de nuestra época en un vasto friso poético.Sus ensayos más conocidos son El arte de la naturaleza, Umbría lumbre y El ábaco de las especies. Su último libro, Azahar, es una novela-ensayo acerca de la Granada del siglo XIV.Escritor especializado en temas de medio ambiente, ecología y antropología cultural, ofrece artículos en español para revistas y periódicos en España, Sudamérica y América del Norte.Colaborador de DiarioJudio, Integral, Cuerpomente, Más allá y El faro de Vigo, busca ampliar su red de trabajos profesionales. Autor de una veintena de libros e interesado en kábala y religiones comparadas.