No se sabe a ciencia cierta, y quizá no se sepa nunca, el número exacto de personas transportadas a entre 1941 y 1944, ni quién murió allí, a pesar de que la mayoría de los investigadores acepta la cifra de un millón. Pero Heather Dune Macadam sí sabe exactamente cuántas mujeres de Eslovaquia fueron a parar al primer convoy que llegó al campo el 26 de marzo de 1942.

También sabe, gracias a la investigación meticulosa en archivos y a entrevistas con las supervivientes, que a aquellas casi mil jóvenes judías, algunas con apenas quince años, las recogieron de toda Eslovaquia en la primavera de 1942 y les dijeron que las enviaban a realizar un servicio laboral para el Gobierno en la Polonia recién ocupada y que no estarían fuera más que unos pocos meses. Muy pocas regresaron.

Macadam ha partido de las listas aportadas por Yad Vashem en Israel, los testimonios del Archivo Visual de la Fundación Shoah y los Archivos Nacionales de Eslovaquia; ha buscado a las pocas que todavía viven y también ha hablado con sus parientes y descendientes para recrear en su investigación no solo el trasfondo de estas mujeres del primer convoy, sino sus vidas —y sus muertes— cotidianas durante los años que pasaron en .

Su tarea se ha complicado, y sus descubrimientos se han vuelto más impresionantes, por la pérdida de registros, por la abundancia de nombres y apodos, que además adoptaban grafías muy diferentes, y por la cantidad de tiempo que ha transcurrido desde la Segunda Guerra Mundial.

Escribir sobre el y la muerte en los campos de concentración no es, como dice ella misma, fácil. La forma que ha elegido para contarlo, utilizando licencias de novelista para imaginar escenas y recrear conversaciones, le da inmediatez a su texto.

Fue a finales del invierno de 1940-1941 cuando IG Farben se asentó en .
Cerca había un cruce de vías de tren, varias minas y acceso a abundantes fuentes de agua; era un lugar adecuado para construir una planta descomunal en la que se fabricaría goma artificial y gasolina sintética.

también participaría en la “solución final al problema judío”: sería un lugar donde, además de alojar a los trabajadores, se podía matar a los prisioneros rápidamente y sus cuerpos se podían eliminar con la misma velocidad.

Cuando, en septiembre, se llevó a cabo el primer experimento con ácido prúsico, o Zyklon B, y se vio su efectividad al gasear a 850 presos, Rudolf Höss, el comandante del campo, consideró haber dado con la solución al “problema judío”. Puesto que los médicos del campo de concentración le aseguraron que el gas era “sin sangre”, concluyó que así podría ahorrarles a sus hombres el trauma de ver escenas desagradables.

Pero primero había que construir el campo. Pidieron a un arquitecto, el doctor Hans Stosberg, que elaborara los planos. En la Conferencia de Wannsee, el 20 de enero de 1942, la Oficina de Seguridad del Reich estimó que la Europa ocupada solo incluía un total de cerca de once millones de judíos. En palabras de Reinhard Heydrich, número dos de la jerarquía de las SS después de Heinrich Himmler, había que “ponerlos a trabajar de un modo adecuado dentro del marco de la Solución Final”.

Había que matar de inmediato a quienes no pudieran trabajar, ya fuera por estar débiles, ser demasiado jóvenes o demasiado viejos. Los más fuertes trabajarían y se les mataría con el tiempo, puesto que “esta élite natural, de ser liberada, ha de considerarse el germen potencial de un nuevo orden judío”.

Eslovaquia fue el primer estado satélite que se convirtió en un país deportador. Después de formar parte del reino de Hungría durante mil años y haberse integrado en Checoslovaquia desde finales de la Primera Guerra Mundial, consiguió la independencia en 1939 con la protección de Alemania, a quien cedía gran parte de su autonomía a cambio de asistencia económica.

Jozef Tiso, un sacerdote católico, se hizo presidente, prohibió los partidos opositores, impuso la censura, fundó una guardia nacionalista y avivó el , que había ido creciendo por la llegada de oleadas de refugiados judíos que huían de Austria después del Anschluss. Un censo de la época determinó que el número de judíos era de 89.000 personas, es decir, el 3,4 por ciento de la población.

La orden dirigida a judías solteras de entre dieciséis y treinta y cinco años para que se registraran y llevaran sus pertenencias a un punto de encuentro no resultó alarmante al principio, a pesar de que algunas familias clarividentes hicieron desesperados intentos por ocultar a sus hijas.

De hecho, muchas chicas consideraron emocionante la idea de ir a trabajar al extranjero, sobre todo porque se les aseguró que volverían pronto a casa. Su inocencia hizo que la sorpresa de llegar a las puertas de fuera más brutal, y allí no había nadie que las preparase para los horrores que les esperaban.

A principios de marzo, 999 alemanas llegaron de Ravensbrück, que ya tenía 5.000 prisioneras y no daba cabida a nadie más. Habían sido seleccionadas como funcionarias adecuadas antes de salir para supervisar los trabajos de las jóvenes judías, que incluían derruir edificios, limpiar el terreno, cavar, transportar tierra y otros materiales, además de cultivar y cuidar del ganado.

Así podrían relevar a los hombres que ya vivían en Auschwitz, que fueron a trabajar en las más arduas tareas de expandir el campo de concentración. Las jóvenes eslovacas, que provenían de familias numerosas y cariñosas, acostumbradas a la amabilidad y a las comodidades de la vida, tuvieron que soportar que les gritaran, que las desnudaran, que les raparan el pelo.

Tuvieron que soportar pases de revista interminables a la intemperie, tuvieron que andar descalzas por el barro, pelear por la comida, soportar castigos arbitrarios y trabajar hasta la extenuación y, a menudo, hasta la muerte.

Tenían hambre, estaban enfermas y aterradas. Más tarde, Höss reconoció que las guardianas de Ravensbrück “superaban con creces la dureza, sordidez y resentimiento de sus homólogos masculinos”. A finales de 1942, dos tercios de las mujeres del primer convoy habían muerto.(Le recomendamos: 100 años del libro que marcó el debut de la gran Agatha Christie).

Y el propio campo de Auschwitz siguió creciendo. Llegaban judíos de toda la Europa ocupada, de Francia y Bélgica, de Grecia y Yugoslavia, de Noruega y más tarde de Hungría, a un ritmo de unos tres trenes cada dos días, compuestos por cincuenta vagones de ganado con más de ochenta prisioneros por vagón. En junio de 1943 había cuatro crematorios en marcha, con capacidad para incinerar 4.736 cadáveres al día.

La mayoría de los recién llegados, familias enteras con bebés y niños pequeños, iba directamente a las cámaras de gas. Las eslovacas supervivientes, tras adquirir cierta fortaleza física y mental, idearon estrategias para sobrevivir: se prestaban voluntarias para los trabajos más desagradables y hallaban seguridad cosiendo, en las tareas agrícolas o en las oficinas del campo.

Se hicieron expertas en evitar los exámenes diarios para seleccionar a las más débiles, las que estaban tan enfermas o tan delgadas que no podían trabajar. Era, en palabras de Macadam, “un balancín de la supervivencia”.

Las más afortunadas encontraban ocupación en “Canadá”, el irónico término carcelario usado para hablar de las pertenencias que los nazis arrebataban a los judíos recién llegados, quienes tenían orden de traer de su casa 30 y 45 kilos de bienes personales que pudieran necesitar.

Mantas, abrigos, gafas, vajillas, instrumental médico, máquinas de coser, zapatos, relojes de pulsera y muebles llenaban una extensa red de depósitos donde los hombres y las mujeres más afortunados de entre los prisioneros trabajaban en turnos continuos, preparando cargamentos que regresaban en tren a Alemania. Más tarde se ha estimado que cada semana llegaban a Berlín al menos dos contenedores de mil kilos cada uno con objetos valiosos.

Durante mucho tiempo, las familias de las mujeres eslovacas no sabían adónde habían ido a parar sus hijas. Las pocas postales que llegaban, llenas de referencias crípticas a parientes fallecidos, eran tan desconcertantes y a veces tan curiosas que muchos padres conseguían convencerse de que sus hijas estaban a salvo y cuidadas.

Pero con el paso de los meses creció el miedo, y todo empeoró cuando empezaron a llevarse a familias enteras. Uno de los momentos más impresionantes del libro de Macadam es la llegada de miembros de las familias a Auschwitz, que fueron recibidos por las aterradas supervivientes, conscientes del destino que les esperaba a sus padres y hermanos.

Mucho se ha escrito sobre la experiencia de Auschwitz, sobre la lucha por sobrevivir, sobre el tifus, el gas, las condiciones de vida que no hacían más que empeorar, sobre el hambre y la brutalidad, y Macadam no se ahorra estos horrores. Libros como el suyo son fundamentales: recuerdan a los lectores modernos unos acontecimientos que no se deben olvidar.

Su libro, además, representa bien el trasfondo de las deportaciones eslovacas, la vida de las comunidades judías antes de la guerra, la organización de la persecución judía y la inocencia de las familias que preparaban a sus hijas para ser deportadas. Escribe de un modo muy evocador sobre la tristeza de las pocas supervivientes que volvieron a casa y se encontraron con que sus padres habían muerto, sus tiendas estaban selladas con tablones de madera y sus vecinos se habían quedado con sus casas y posesiones.

De los judíos eslovacos antes de la guerra, 70.000 —más del 80 por ciento— murieron, y el partido único del régimen de posguerra prohibió cualquier debate sobre el . Las que estuvieron en el primer transporte se habían ido siendo niñas. Tres años y medio después volvieron hechas mujeres, envejecidas más allá de su edad por todo lo que habían visto, sufrido y soportado. El hecho de sobrevivir las hacía sospechosas: ¿qué habrían hecho, a qué concesiones morales habrían llegado para no morir con sus amigas?

Hay una imagen de este estupendo libro que perdura en la imaginación. Una de las jóvenes supervivientes, Linda, tras escapar de Auschwitz y de las marchas de la muerte que se llevaron la vida de tantos supervivientes, después de atravesar países sumidos en el caos y la devastación de la guerra, corriendo siempre el peligro de que la violaran, por fin acaba en un tren rumbo a casa.

Los vagones están repletos de refugiados, así que se sube al techo y ahí, en lo alto de un tren que avanza lentamente, observa un paisaje que no está lleno de alambre de espino ni torres de vigilancia, donde no hay guardias ni armas. Se da cuenta de que es libre. Es primavera y los árboles están verdeando.

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FuenteEl Tiempo

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