Diario Judío México - I. Introducción

En el abstract que la Dra. Manuela Consonni escribe respecto de su brillante investigación acerca de “la Santa Sede y la Shoá”, que ha llevado en esta ocasión un título más amplio, señala que hasta la fecha ha habido “pocos estudios que hayan tratado el modo como la Iglesia Católica, en los años inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial, confrontó, reflexionó y estableció su posición en torno a la deportación y el exterminio de los judíos en general y de los judíos de Italia en particular”. Es este un tema relevante y, ciertamente, poco estudiado.

Por mi parte, en este orden de ideas, quiero referirme a la Iglesia Católica y la Shoá desde el modo como los cristianos entendemos la posición que adopta la Iglesia, tanto respecto del genocidio en particular, como del nacionalsocialismo en términos más amplios e incluso de la guerra en general. Conviene aclarar de inmediato que entiendo por “Iglesia” a la comunidad de los bautizados y que cuando hablo del “Magisterio de la Iglesia” me refiero, por supuesto, a las enseñanzas autorizadas de los obispos, especialmente de los Papas, Obispos de Roma, en armonía con el sensus fidei (el sentido de la fe) de la comunidad cristiana (Cfr. CEC, 814 y 91-93).

La tesis de esta comunicación es la siguiente: “el Papa no necesita ratificar explícitamente lo dicho por sus predecesores” o, dicho en términos positivos, “el Papa da por supuesto lo dicho por sus predecesores y le concede validez”.

Esto es lo que en la fe de la Iglesia Católica se conoce con el nombre de “Magisterio de la Iglesia”.

II. Magisterio de la Iglesia

El Magisterio de la Iglesia tiene como objeto y referencia a la Revelación en general y a la Palabra de Dios en particular, y se define como “el oficio de interpretar auténticamente la Palabra de Dios, oral o escrita” y que pertenece por derecho propio “a los obispos en comunión con el sucesor de Pedro, el Obispo de Roma” (CEC, 85), es decir, el Papa.

A continuación se aclara que “el Magisterio no está por encima de la Palabra de Dios, sino a su servicio, para enseñar puramente lo transmitido, pues por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo, lo escucha devotamente, lo custodia celosamente, lo explica fielmente; y de este único depósito de la fe saca todo lo que propone como revelado por Dios para ser creído” (CEC, 86. El subrayado es mío).

El Magisterio de la Iglesia es, pues, el ejercicio de la función de enseñar que los obispos deben realizar de cara a los fieles. Esta función de enseñar se realiza, como dijimos previamente, “en comunión con el Obispo de Roma”, es decir, el Papa; y, en efecto, es el Papa especialísimamente quien tiene encomendada esta función universal de enseñar.

En este momento me voy a permitir ser menos técnico, con el fin de ser lo más claro posible. Por ello, quiero dejar establecido que el Papa no gobierna por decreto. En el seno de la Iglesia Católica el Papa no es, en modo alguno, una especie de soberano que gobierna según su sentir a los millones de fieles católicos en el mundo. Al contrario, el Papa es un servidor. El Papa está al servicio del “depósito de la fe”, como hemos subrayado más arriba. Para los cristianos la Revelación de Dios se ha producido, sin lugar a dudas, en los maravillosos acontecimientos y palabras que constituyen el Tanaj. Del mismo modo, para los cristianos la existencia toda de Jesucristo (hechos y palabras) es fuente directa de la Revelación: es decir, de lo que Dios quiere comunicar a los hombres y de lo que Dios espera de los hombres. El Papa está al servicio, en todas las edades, de este depósito de la fe y uno de sus grandes deberes es enseñar, de manera precisa, clara y verdadera, cómo la Revelación ilumina el momento presente, con exigencias morales expresas y con un llamado al compromiso que nos remite a lo que Dios espera de los hombres. Quisiera dejar bien establecido que el Magisterio de la Iglesia, en su naturaleza propia, está orientado, por lo que hemos dicho hasta aquí, a aclarar a los fieles cristianos temas de fe y de moral.

Por ello, el Papa habla. Y si me permiten, diría que habla mucho. Pero es escuchado poco. Es leído poco. De este modo, debe aprovechar toda ocasión para hablar en favor del hombre, del respeto a su dignidad; en defensa de los no nacidos; en defensa de aquellos cuya vida está en riesgo; en favor de los que carecen de libertad, y un largo etcétera.

Ahora bien, ¿qué medios usa el Papa para enseñar –para ejercitar esta función eclesial? En este momento quiero referirme, entre otro tipo de documentos pontificios, concretamente a las encíclicas. La Carta encíclica es un medio privilegiado del cual dispone el Papa con el fin de aclarar temas relacionados con la fe y la moral, como hemos dicho. Usualmente es un documento que tiene una marcada actualidad y que se refiere a situaciones sobre las que es necesario que los cristianos estén conscientes, desde la doctrina revelada.

En los últimos siglos los Papas han utilizado la Carta encíclica como un medio privilegiado de comunicación con los obispos, los sacerdotes, los religiosos, los fieles e incluso algunas de ellas se dirigen también a las “personas de buena voluntad”. A la fecha suman varias decenas de encíclicas producidas por al menos 12 pontífices, incluyendo el actual.

En términos generales, la encíclica “ofrece una enseñanza que conduce a una mejor inteligencia de la Revelación en materia de fe y costumbres” (CEC, 892), como dijimos, respecto de una situación actual en particular.

Entrevista Exclusiva para DiarioJudio.com
Mtro. Carlos Lepe Pineda

III. Pío XI. La preocupación por la paz.

Achille Ratti, quien tomaría el nombre de Pío XI al asumir la Sede de Pedro, nació en 1857. Esto quiere decir que presencia la gran devastación de la Primera Guerra Mundial alrededor de sus sesenta años.

Después de la muerte de Benedicto XV, llamado “el Papa de la paz”, es electo en 1922 por el Cónclave y adopta entonces el nombre de Pío XI. Durante su pontificado contempla el ascenso de dos ideologías que, además debido a la forma política que adoptan, se convierten en programas antihumanos. Se trata del nacionalsocialismo alemán y del comunismo ruso.

Aunque sólo nos referiremos a la primera, Pío XI escribe una encíclica dedicada a cada uno de estos sistemas. En 1937 publica, el 14 de marzo la encíclica contra el . El 19 de marzo expide otra encíclica contra el comunismo (la cual lleva por título Divini Redemptoris).

Conviene recordar en este punto que las encíclicas llevan por nombre, debido a una antigua tradición eclesial, las primeras palabras del documento. Así, por ejemplo, Fides et Ratio de Juan Pablo II, no solamente es una encíclica sobre la fe y la razón, sino que estas son las dos primeras palabras en la versión latina, la versión oficial, del documento pontificio. Vale la pena retomar este último comentario. Además de que las primeras palabras del documento constituyen el nombre oficial de las encíclicas, también conviene destacar que la versión oficial y de referencia es la escrita en latín. Todas las encíclicas, menos una, de la historia del catolicismo, han sido escritas en latín. En efecto, la única encíclica cuya versión oficial no fue redactada en latín, sino en alemán fue Mit brennender Sorge (“Con viva preocupación”), la encíclica de Pío XI contra el .

No nos podemos detener demasiado en este documento, pero vale la pena recordar al menos tres pasajes de él. “Si la raza o el pueblo, si el Estado o una forma determinada del mismo, si los representantes del poder estatal u otros elementos fundamentales de la sociedad humana tienen en el orden natural un puesto esencial y digno de respeto, con todo, quien los arranca de esta escala de valores terrenales elevándolos a suprema norma de todo, aun de los valores religiosos, y, divinizándolos con culto idolátrico, pervierte y falsifica el orden creado e impuesto por Dios, está lejos de la verdadera fe y de una concepción de la vida conforme a esta” (12). Dios es el creador de todas las cosas, y en el sexto día creó al hombre. Es el hombre el que otorga a las cosas su nombre propio: el hombre da sentido a la creación. Todo en el mundo debe estar al servicio del hombre y del proyecto que Dios, su creador, tiene sobre él. Cuando el hombre se desvía del proyecto de Dios suceden catástrofes, no porque Dios las envíe, sino porque el hombre se vuelve contra el hombre, comenzando por Caín y Abel. Por ello, el Papa denuncia con fuerza que es inaceptable considerar “norma suprema de todo” a los conceptos de la raza, del pueblo y del Estado, tal y como los propone el Tercer Reich.

En esta misma tónica, más adelante señala el abuso sobre algunas palabras de orden religioso. Baste un ejemplo. “Revelación, en sentido cristiano, significa la palabra de Dios a los hombres. Usar este término para indicar las sugestiones que provienen de la sangre y de la raza o las irradiaciones de la historia de un pueblo es, en todo caso, causar desorientaciones. Estas monedas falsas no merecen pasar al tesoro lingüístico de un fiel cristiano” (27). En efecto, especialmente bajo el impulso del (entre comillas) “místico” nazi, Heinrich Himmler, se fue constituyendo un vocabulario religioso que fue vaciado de su referencia a Dios y se llenó del discurso totalitario y racista del Estado nazi.

Podemos cerrar esta sección con una última cita, en la cual el Papa señala que no podría haber dejado de hablar sobre estos temas: “Hemos pesado cada palabra de esta encíclica en la balanza de la verdad y, al mismo tiempo, del amor. No queríamos, con un silencio inoportuno, ser culpables de no haber aclarado la situación, ni de haber endurecido con un rigor excesivo el corazón de aquellos que, estando confiados a nuestra responsabilidad pastoral, no nos son menos amados porque caminen ahora por las vías del error y porque se hayan alejado de la Iglesia” (50. El subrayado es mío). Como queda claro, la encíclica es un llamado a los cristianos que están olvidando la verdadera jerarquía de valores y, con ello, se alejan de la fe cristiana, poniendo por delante el liderazgo del Führer, la pervivencia de la raza, el valor supremo del pueblo, la importancia trascendente del Estado. El Papa, lo dice explícitamente, no quiere guardar “un silencio inoportuno”. A poco más de dos años de la guerra, es esta una radiografía que el mundo, una vez más, escuchó poco y tuvo un trágico desenlace.

Pío XI muere el 10 de febrero de 1939, prácticamente la víspera de la guerra.

Video: ¿Qué sabemos de la Iglesia durante el Holocausto?


IV. Pío XII. El nuevo orden de la posguerra.

Le sucede en el pontificado Eugenio Pacelli, quien nació en 1876. Es electo Papa el 1 de marzo de 1939. Quiero destacar que apenas 48 horas después de su elección dirige un radiomensaje en el que afirma lo siguiente. “A este, nuestro paterno mensaje, deseamos añadirle un deseo y una invitación a la paz. De aquella paz, deseamos decir, que nuestro predecesor, de santa memoria, con tanta insistencia señalaba a los hombres, que invocaba con ardiente plegaria, y por la cual hizo a Dios un espontáneo ofrecimiento de su vida. Aquella paz, don sublime de Dios, que es deseo de todas las almas y fruto de la caridad y de la justicia. Invitamos a todos a la paz de la conciencia, tranquila en la amistad con Dios; a la paz de la familia, unida y en la armonía del santo amor de Jesucristo; a la paz entre las naciones, por medio de la mutua ayuda fraterna; a la paz, en fin, y a la concordia que debe instaurarse entre las naciones, para que los diversos pueblos, con amistosa colaboración y cordialidad intensa, puedan acceder a la felicidad de toda la gran familia humana, con el apoyo y la protección de Dios” (Radiomensaje del 3 de marzo de 1939).

A pesar de sus intensos esfuerzos y de sus múltiples llamados a la paz, la guerra estalla en septiembre de 1939.

No habría espacio en esta comunicación para referirme, siquiera de una manera general, a la actuación de Pío XII durante la guerra. De hecho, es esta una asignatura historiográfica pendiente, pues los archivos de este periodo apenas comienzan a ser desclasificados, de acuerdo con la tradición diplomática universal. En efecto, es costumbre en torno a este tipo de fondos que solamente cuando la generación que vivió aquellos acontecimientos ha muerto, entonces se pueda convertir en material de investigación. Ciertamente, podemos prever que en los próximos años y lustros habrá entonces un acceso directo a los documentos del periodo.

Ahora bien, para los fines de esta exposición conviene mencionar en este contexto, un pasaje del famoso Radiomensaje de Pío XII del 24 de diciembre de 1942. “¿Quieren tal vez los pueblos asistir impasibles a un avance tan desastroso? ¿No deben más bien, sobre las ruinas de un ordenamiento social que ha dado prueba tan trágica de su ineptitud para el bien del pueblo, reunirse los corazones de todos los hombres magnánimos y honrados en el voto solemne de no darse descanso hasta que en todos los pueblos y naciones de la tierra sea legión el número de los que, decididos a llevar de nuevo la sociedad al indefectible centro de gravedad de la ley divina, suspiran por servir a la persona y a su comunidad ennoblecida por Dios?” (39).

El Papa plantea un tema que retomaremos más adelante: el del orden de la posguerra. Visto que el ordenamiento social que ha llevado a la guerra es incapaz de hacer el verdadero bien al pueblo, es necesario convocar a los hombres honrados para que, afirma el Papa, se vuelva al verdadero centro de gravedad de la sociedad, que es la ley de Dios, la cual posibilita que la sociedad sirva verdaderamente a la persona y a la comunidad. Destaco el acento del servicio a la persona y de la centralidad de la persona. Antes que la comunidad, está la persona: individual, singular, creada directamente por Dios.

Por ello, el Papa dice un poco más adelante: “Este voto la humanidad lo debe a los cientos de millares de personas que, sin culpa propia alguna, a veces sólo por razones de nacionalidad o de raza, se ven destinados a la muerte o a un progresivo aniquilamiento” (43). Esta frase creo que ha sido ampliamente ignorada por los estudiosos de la Shoá. Es una referencia clara a la gran tragedia de la aniquilación. No podría restringirse a los civiles caídos en la guerra, sino que nos remite, con claridad, a aquellas personas que, repito como lo dice el Papa “se ven destinados a la muerte o a un progresivo aniquilamiento”. Como lo decía más arriba, solamente podremos ver lo que sucedía en el interior del Vaticano cuando los archivos de 1942 se abran. Estoy seguro de que esta historia no está, a este respecto, en absoluto, juzgada y cerrada.

Hemos mencionado que estas ideologías antihumanas, que la brutalidad de la guerra y la necesidad de plantear cómo será el mundo luego del periodo bélico, llevan al Papa a avanzar en su reflexión, desde la moral y desde la fe, sobre estos temas. Por ejemplo, en el radiomensaje de la Navidad de 1941, Pío XII deja claramente establecida su visión de la posguerra. Afirma que será una oportunidad privilegiada de instaurar “un orden internacional que, asegurando a todos los pueblos una paz justa y duradera, sea fecundo en bienestar y prosperidad” (18) e inmediatamente enumera: “1º) En el campo de un nuevo orden fundado sobre los principios morales no hay lugar para la lesión de la libertad, de la integridad y de la seguridad de otras naciones, cualquiera que sea su extensión territorial o su capacidad defensiva” (19); “. 2º) En el campo de un nuevo orden fundado sobre principios morales no hay lugar para la opresión abierta o encubierta de las peculiaridades culturales y lingüísticas de las minorías nacionales, para la obstaculización o reducción de su propia capacidad económica, para la limitación o abolición de su natural fecundidad. Cuanto más a conciencia respete la autoridad competente del Estado los derechos de las minorías, tanto más segura y eficazmente podrá exigir de sus miembros el leal cumplimiento de los deberes civiles comunes a los demás ciudadanos” (20).

Solamente reproduzco estos dos elementos, aunque hay otros más. El Papa menciona, por un lado, que un “nuevo orden fundado sobre los principios morales” excluye el nacionalismo agresivo y el riesgo de que una nación atente contra otra. Del mismo modo, y no menos importante, señala que en un “nuevo orden fundado sobre principios morales” no hay lugar para la opresión abierta o encubierta … de las minorías nacionales, para la reducción de su … capacidad económica (ni) para la limitación o abolición de su natural fecundidad”. Es claro que el Papa tiene claridad, ya en 1941, incluso antes de la emisión de la llamada “Solución Final”, que hay minorías que están siendo hostigadas mediante una opresión. Que se está obstaculizando su capacidad económica. Que se está limitando o aboliendo su natural fecundidad: evidentemente, mediante la esterilización forzada; acaso, mediante la violencia contra las nuevas generaciones. La afirmación está allí, abierta a la investigación.

En este momento, quiero enfocar esta última parte de mi exposición a algunos comunicados públicos de Pío XII después de la guerra. Nuevamente, no es una exposición exhaustiva, pero considero que es posible reproducir en sus líneas generales el mensaje conductor que Pío XII quería hacer llegar al mundo, luego de contemplar los horrores de la guerra y en coherencia con todo lo que hemos dicho hasta aquí.

El día 9 de mayo de 1945 dirige un radiomensaje con motivo del fin de la guerra en . En él señala con claridad que: “La guerra ha acumulado todo un caos de ruinas, ruinas materiales y ruinas morales, como nunca el género humano ha conocido en el transcurso de toda su historia. Ahora se trata de reedificar el mundo. Como primer elemento de esta restauración, anhelamos ver, tras una espera tan larga, el regreso pronto y rápido, en tanto las circunstancias lo permitan, de los prisioneros, de los internados, combatientes y civiles, a sus hogares, con sus cónyuges, con sus hijos, a sus nobles trabajos de paz”.

En esta cita está clara la idea rectora que señalábamos más arriba. Pío XII mira a la posguerra como una oportunidad de “reedificar el mundo”. Piensa en él como un momento privilegiado de reinstaurar una civilización a la altura de lo humano.

Sin embargo, si bien mira hacia el presente y el futuro, Pío XII no puede dejar de hacer un recuento de todo lo sucedido en los últimos años. En el discurso del 2 de junio de 1945, dirigido al Colegio Cardenalicio con motivo de la fiesta de San Eugenio, señala que la publicación de Mit brennender Sorge fue “como toque de trompeta que da la alarma, el documento pontificio, vigoroso —demasiado vigoroso, pensaba ya entonces más de uno—, hizo estremecer a los espíritus y a los corazones” (17). En efecto, ¿no se excedía la Iglesia al escribir una encíclica en alemán, denunciando los fundamentos del estado totalitario nacionalsocialista? ¿No era una imprudencia que en 1937, cuando el poder de Hitler ya conocía los cuatro años como hombre-Estado, censurar el núcleo de su discurso? ¿No era al menos muy riesgoso para la Iglesia dejar por escrito esto en un documento cuya validez se propone como mucho más permanente que otros? También es cierto que este tema es una asignatura aún pendiente para los historiadores del periodo.

Ahora bien, en el mismo discurso, Pío XII se pregunta: “¿Habría sido tal vez posible entonces, con oportunas y tempestivas providencias políticas, frenar de una vez para siempre el desencadenamiento de la violencia brutal y colocar al pueblo alemán en condiciones de liberarse de los tentáculos que lo estrechaban? ¿Habría sido posible ahorrar de este modo a y al mundo la invasión de esta inmensa marea de sangre? Nadie osaría dar una respuesta segura. Pero, de todos modos, nadie podría acusar a la Iglesia de no haber denunciado y señalado a tiempo el verdadero carácter del movimiento nacionalsocialista y el peligro al cual éste exponía la civilización cristiana” (20). ¿Podría haber hecho más la Iglesia, podrían haber hecho más las naciones europeas? En cualquiera de los casos, dice el Papa, “nadie podría acusar a la Iglesia de no haber denunciado y señalado a tiempo el verdadero carácter del movimiento nacionalsocialista”, fuesen cuales fuesen los riesgos de ello.

En este punto quiero recordar lo que he afirmado previamente: Pío XII no se siente obligado a repetir y a respaldar las afirmaciones de Pío XI (aunque lo hace en diversos lugares) sino que las da por supuestas. El Magisterio de la Iglesia supone una continuidad tal, que lo dicho previamente por otro pontífice vale para el momento presente (en tanto sea aplicable) tanto como si hubiese sido expresado hoy día. Por ello Pío XII rechaza que por parte de la Santa Sede haya habido un silencio en torno al peligro del nacionalsocialismo.

Quiero ofrecer un último dato, que proviene de discurso del 24 de diciembre de 1945. Señala que el totalitarismo ha mostrado su verdadero rostro en esta guerra. Pone en guardia contra el nacionalismo, el cual es un fermento que pone en riesgo la paz. Dirige un recuerdo a los prisioneros, a los detenidos por motivos políticos y a los deportados. Y también señala, y quiero subrayar esto, que no puede dejar de mencionar que “se ha negado con métodos inhumanos el tratamiento debido también a los perdedores”. La moral es un rasero crítico que no debe dejar de aplicarse también a la actuación de los vencedores. Una vez más, un mundo sin cotas morales, se convierte en antihumano, no importa quien detente el poder.

V. Conclusiones

A manera de conclusión, enumero las siguientes tres ideas:

1. El Magisterio de la Iglesia no constituye un programa político, social o económico, sino que ofrece valoraciones morales, desde la fe cristiana, sobre lo que es aceptable o no hacer en estos terrenos. Por ello, esta valoración moral supone también una autocrítica sobre la actuación de los cristianos y, a la vez, una crítica al propio sistema de los gobernantes y, en el caso de la guerra, de los vencedores, en lo que tuviese de contrario al bien integral de la persona humana y a la constitución de una genuina comunidad.

2. Pío XII visualiza, en una etapa tan temprana como 1941, que la destrucción en será tal, que el periodo de posguerra representaría, en cierta circunstancia, una oportunidad de reconstruir el orden europeo nuevamente sobre bases morales que pongan a la persona al centro y que propicie un orden social, político y económico más justo. En referencia a este ideal, no deja de señalar la violencia contra los inocentes e incluso las iniciativas sistemáticas para oprimir a las minorías y negarles el derecho a un futuro, incluso mediante la reducción de su fecundidad.

3. Debido a la naturaleza del Magisterio de la Iglesia, Pío XII da por supuesto, a lo largo de la Segunda Guerra Mundial y de todo su pontificado, lo afirmado por Pío XI en la encíclica Mit brennender Sorge en contra del nacionalsocialismo y el estado totalitario. En este sentido, hace suyo, por lógica eclesial, todo lo dicho por su predecesor y considera vigentes las condenas y denuncias que aquel documento contienen. Por ello, su palabra personal de denuncia y de anuncio parte de aquella base durante la guerra. Y en el periodo inmediato de la posguerra recuerda que la Iglesia insistirá en que el nuevo orden internacional se funde sobre bases morales que eviten, no sólo el peligro de una nueva guerra, sino la opresión del hombre por el hombre. Lamentablemente, aún estamos lejos de hacer realidad esta intención y las consecuencias están a la vista.

Referencias

CEC. Catechismus Ecclesiae Catholicae. Catecismo de la Iglesia católica. : Coeditores católicos de , 2012.

Pío XI. Mit brennender Sorge. Recuperado en diciembre de 2012 de:
http://www.vatican.va/holy_father/pius_xi/encyclicals/documents/
hf_p-xi_enc_14031937_mit-brennender-sorge_sp.html

Pío XII. Radiomensaje del 3 de marzo de 1939. Recuperado en diciembre de 2012 de:
http://www.vatican.va/holy_father/pius_xii/speeches/1939/documents/
hf_p-xii_spe_19390303_dum-gravissimum_it.html

Pío XII. Radiomensaje del 24 de diciembre de 1942. Recuperado en diciembre de 2012 de:
http://www.vatican.va/holy_father/pius_xii/speeches/1942/documents/
hf_p-xii_spe_19421224_radiomessage-christmas_sp.html

Pío XII. Radiomensaje del 24 de diciembre de 1941. Recuperado en diciembre de 2012 de:
http://www.vatican.va/holy_father/pius_xii/speeches/1941/documents/
hf_p-xii_spe_19411224_radiomessage-peace_sp.html

Pío XII. Radiomensaje del 9 de mayo de 1945. Recuperado en diciembre de 2012 de:
http://www.vatican.va/holy_father/pius_xii/speeches/documents/
hf_p-xii_spe_19450509_radiomessage-war_it.html

Pío XII. Discurso del 2 de julio de 1945. Recuperado en diciembre de 2012 de:
http://www.vatican.va/holy_father/pius_xii/speeches/1945/documents/
hf_p-xii_spe_19450602_accogliere_sp.html

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El Mtro. Carlos Lepe Pineda es licenciado en filosofía por la UNAM, graduado con mención honorífica. Fue becario en dos proyectos de investigación acerca de la filosofía mexicana de los siglos XVIII al XX. Publicó diversas obras bibliográficas y estudios especializados sobre el tema, en calidad de coautor, con el apoyo de la UNAM. Participó en reuniones nacionales e internacionales, como ponente, sobre filosofía novohispana, mexicana e iberoamericana. Es maestro en humanidades por la Universidad Anáhuac. Desde 1997 hasta 2012 colaboró con esta universidad como coordinador de área académica, director de humanidades y desde 2009 hasta 2012, como vicerrector académico. En este periodo centró sus estudios en la filosofía de la religión y las ciencias religiosas. Es uno de los compiladores de la obra “Textos para el diálogo judeocristiano” publicada por la Universidad Anáhuac y Tribuna Israelita, órgano de comunicación del Comité Central de la comunidad judía de México. Tiene un Diplomado en Teología por la Universidad de Salamanca, España y el Diplomado en Docencia Universitaria por la Universidad Anáhuac. Ha impartido cursos de Sagrada Escritura y Cristología; antropología filosófica, valores y ética, así como de Holocausto, entre otros. Actualmente es Director Académico y de Formación Integral de la Red de Universidades Anáhuac.