La alemana Hanna Arendt, fiel a su pensamiento racionalista[1], expresa que Kafka describe en sus obras un modelo de sociedad donde las elites, hacen creer a los demás miembros que las leyes que ellos elaboran suponen mandamientos divinos que la voluntad humana no puede ni debe torcer. La maldad del mundo, de la que son víctimas los protagonistas de sus novelas, es precisamente su propia deificación, su arrogante pretensión de ser una necesidad divina. Kakfa se propone destruir ese mundo reflejando con brutal claridad su horrible estructura, confrontando a la realidad con sus propias pretensiones. El mundo de Kafka es sin duda un mundo temible, dice la pensadora. La absurda idea, tan generalizada en dicha época de que la misión del hombre es someterse a un proceso predeterminado por unas fuerzas, cualesquiera que éstas sean, no puede más que acelerar la decadencia natural, pues con esta idea el hombre pone su libertad al servicio de la naturaleza y de su tendencia a la decadencia. Las palabras que Kafka pone en boca del sacerdote en ” El Proceso” revelan un teología oculta y la fe más profunda de este funcionario como una fe en la pura necesidad y en última instancia, los funcionarios de la necesidad, como si ésta necesitase de ellos para poner en funcionamiento el ocaso y la ruina. La amarga ironía sobre la falsa necesidad y la necesaria falsedad, que juntas constituyen la naturaleza divina de este orden del mundo, constituye una ironía que es la verdadera trama de sus novelas.

Pero frente a las explicaciones racionalistas de la obra del venerado autor, existieron otras que dieron explicaciones de contenido místico judío. En la década del 30′, Gershom Scholem [2] le explicaba a sus alumnos, que si estos pretendían comprender la Cábala debían leer a Kafka y en particular a su obra ” El proceso”. A su amigo, el malogrado filósofo judío Walter Benjamín, le comentó que para comenzar cualquier investigación sobre el intrincado autor nacido en Praga, se debía partir del libro bíblico de Job y es el juicio de d-os, a su modo el tema principal de la producción literaria de este autor. ” Sería para mí incomprensible que tú te aplicases a la tarea de hablar sobre el universo de este hombre sin poner en el centro la doctrina de aquello que Kafka denomina la Ley”.

Barilko[3] explica que es aquello que Kafka llama ” la Ley”. Aunque no sepamos exactamente en qué consiste, existe y es el fundamento del sentido de nuestro ser en el universo. Estamos ante la ley porque estamos ante el qué y el porqué y el para qué. Estamos ante una necesidad de legislar el significado de esta vida no elegida y que consiste toda ella en sucesivas elecciones. La ley es la ansiedad, la fidelidad al camino a pesar de los obstáculos. El sentido del ser en el mundo es recuperar la luz perdida, oculta, enmudecida, reprimida bajo las apariencia de materia. Retornemos al texto de Kafka, notamos que la Ley está hecha de tal manera que postula la lucha del hombre contra los guardianes ( en el mito luriano las cáscaras ). En Luria y la Cábala, el tema es moral: consiste en quitar las cáscaras que representan al mal para instaurar la divinidad en todo ser, máxima expresión del bien.

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En el capítulo IX de “El Proceso”, el Sr. K se hallaba en la Catedral hablando con el abate preguntándose acerca de la justicia. Este le quiso aclarar el concepto a través de un relato de un centinela apostado ante la puerta donde se ilumina la Ley. Un hombre viene un día a verle y le pide permiso para entrar. Pero el centinela le dice que no puede dejarle entrar en aquel momento. El hombre reflexiona y pregunta entonces si podrá entrar más tarde. ” Es posible- dice el centinela- pero no ahora”. ” Si tienes tantos deseos, trata de entrar a pesar de mi prohibición. Pero soy poderoso y no soy más que el último de los centinelas. A la entrada de cada sala encontrarás centinelas cada vez más poderosos; desde la tercera, ni siquiera yo puedo soportar su vista”. El hombre no había esperado tantas dificultades, había pensado que la ley debía ser accesible a todo el mundo, se decidió a esperar por lo menos hasta que se le permita entrar. Permanece allí durante largos años. Multiplica las tentativas para que se le permita entrar y fatiga al centinela con sus ruegos. Durante sus largos años de espera, el hombre no deja casi nunca de observar al centinela. Olvida a los otros guardianes, le parece que el primero es el único que le impide entrar en la Ley. Finalmente, su vista se debilita y no sabe si la noche se hace verdaderamente a su alrededor o si le engañan sus ojos. Pero ahora discierne en la sombra el resplandor de una luz que brilla a través de la puerta de la ley. Ya no le queda mucho tiempo de vida. Antes de su muerte, todos los recuerdos vienen a agolparse en su memoria para plantearle una pregunta que no ha hecho todavía. Y, no pudiendo erguir su cuerpo endurecido, hace señas al guardián para que se le acerque.¿Que quieres saber todavía? – le pregunta el guardián. Eres insaciable. Si todo el mundo procura conocer la Ley- dice el hombre- ¿ como es que desde hace tanto tiempo nadie más que yo te ha rogado que le dejes entrar? El guardián que ve el hombre está seguro de su fin, y para alcanzar a su tímpano muerto, le ruge al oído: ” Nadie más que tú tenía el derecho a entrar aquí pues esta entrada sólo está hecha para ti, ahora me marcho y cierro”.


[1] Arendt, Hanna, La Tradición Oculta, Paidos, año 2004

[2] Scholem Gershom: Walter Benjamín, Historia de una Amistad.

[3] Barilko, Jaime, Cábala de la Luz.

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Nací en Montevideo en 1967. Egresé de la Universidad de la República en 1992 con el título de Doctor en Derecho y Ciencias Sociales.Soy docente universitario en la cátedra de derecho comercial en la Universidad Católica y en la Universidad de la República, en las carreras de contador público y administración de empresas.Desde el 2008 soy columnista de Mensuario Identidad.