Diario Judío México - me sigue contando el cuento.

Hay discusión, pero los niños insisten y dice el papá: “Si se sacan el primer puesto en el colegio les regalo el bote de remos”. Y los niños, que han sido los últimos, sacan el primer puesto y entonces les dice el papá: “Muy bien, aquí está el bote de remos, el problema es que no cabe en el ascensor”. Pero lo suben, y en fin, en un cierto momento está en el piso 15 y entonces dice el papá: “Aquí está el bote de remos y ahora qué”, y dicen los niños: “No, nada. Lo que queríamos es tenerlo y ya”. Se van el papá y la mamá al cine y entonces los niños cierran bien las ventanas, rompen un foco y empieza a chorrear la luz.

Y llena el apartamento de luz hasta un metro. “La luz es como el agua”, fíjate. Rompen un foco y empieza a chorrear la luz y lo llena hasta un metro el apartamento y entonces tapan el foco, sacan el bote de remos y empiezan a remar en la luz por los dormitorios, por la cocina, por los baños, y los papás en el cine y cuando ya los papás regresan entonces los niños abren el cuarto de baño y empiezan a echar por la bañera la luz y aquí no ha pasado nada y queda todo perfectamente y ahí van perfeccionándolo y los papás se van a la fiesta y los niños se quedan, se compran lentes oscuros y equipo submarino…

—¿Eso fue la vez que viste al lampista o cuando fumaste mariguana?, —le pregunto a Gabriel.

—Te juro que fumando mariguana no se le ocurre a nadie nada, la mariguana embota. Entonces lo dejan ya no un metro sino un poco más alto y entonces hacen pesca submarina por debajo de las mesas, por debajo de las camas, es la gozadera total. Y una noche, dos, tres meses después, va pasando la gente por Insurgentes Sur y ve que del piso 15 está chorreando la luz y se está chorreando todo Insurgentes de luz, llaman a los bomberos y dicen: “Está chorreando la luz del piso 15, se está inundando Insurgentes”.

Ya los automóviles no pueden moverse porque están de luz hasta aquí y ya la gente tiene pánico y vienen los bomberos, suben al piso 15, se encuentran que a los niños les ha divertido tanto que se durmieron y ha quedado el bombillo abierto, la luz ha llegado hasta el techo y están ahogados. Están ahogados en la luz, están flotando. Porque un lampista me dijo: “La luz es como el agua”, y yo le dije no me cuente nada más y desde ese momento surgió todo, el cuento completo como te lo estoy contando. En cambio a una novela necesitas irle agregando cosas…, ahora si en ese momento no hubiera surgido redondo el cuento, no sirve, lo tiras. ¿Pero verdad que es muy bello?

—¿Y ya publicaste ese cuento?

—No, si no lo he escrito, sabes, dice: cincuenta y siete, “cuento de los niños que se ahogan en la luz”. Y fue así, esa noche, le pregunté “pero cómo es esto que se apaga la luz”, y me dijo: “la luz es como el agua”, yo le dije: “no me cuente nada más”, y en ese momento ya tenía el cuento tal como te lo he contado hoy.

Ahora, si en ese momento no se te ocurre todo completo ya el cuento no sirve, ya se te ocurrirá otro…

—¿Es distinta estructura el cuento que la novela?

— Sí ,sí, claro, completamente distinta, el cuento es integral, es completo. Creo que la mejor novela que se ha escrito jamás es “Guerra y paz”, de León Tolstoi, es decir, digamos como argumento. Como estructura el Edipo Rey de Sófocles, como estructura narrativa. Y como cuento, un pequeño cuento del folklore alemán que se llama “El flautista de Hamelin”, que lo conoce todo el mundo, no hay nada igual, todo lo demás que se trate de superar es cosa perdida.

El cuento de una plaga de ratas. ¿Cómo se acaba esto? Sacamos las ratas, ¿qué pasa con su flauta?, y se van las ratas; viene a cobrar, no le pagan, ¿qué pasa con la flauta?, y se lleva a los niños, eso es de una belleza tan simple que se puede contar, ¿en qué? en tres segundos y no lo puedes modificar, no le puedes quitar ni poner nada, es sensacional.

Cuando García Márquez me contaba este cuento todavía no escrito sentí que por segunda vez en mi vida descubría la literatura. La vez anterior había sido aquella mañana de domingo en la vieja Lagunilla cuando a cambio de un peso me dieron el pequeño libro usado, con los mejores cuentos de Leonidas Andreiev.

Volví a disfrutar esa emoción cuando me empezó a platicar su cuento no escrito aún sobre la mujer que quería ver al Papa.

Yo acababa de platicarle una frase que creo que le atribuyen a Miguel Ángel: hacer escultura es sencillamente quitarle a la piedra lo que le sobra.

“Eso no lo conocía”, me dijo Gabriel, “pero es bastante bueno. Es decir, escribir novelas es quitarle a la realidad lo que le sobra”, y siguió ligando su charla sin interrumpirla, continua, como un hilo de luz.

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