Diario Judío México - Callan las cuerdas
De los instrumentos
El telón ha bajado…

El Olam Haze

En el existió siempre la idea de muerte, de que el hombre no es inmortal:”De la tierra vienes y a la tierra retornarás”. Existen prácticas y costumbres específicas para la observancia del duelo. La práctica de guardar luto nos lleva a tiempos de los patriarcas al libro del Génesis (Bereshit XXIV), que nos relata cómo Abraham se levantó de su duelo al morir su esposa Sara y fue a ocuparse de conseguir un lugar donde enterrarla. Fue a ver a Efrón Tzohar Hajiti para que le vendiera una cueva en la ciudad de Hebrón (donde, según la tradición, están enterrados los patriarcas y sus esposas,). Así, el primer patriarca del pueblo judío señaló a sus descendientes la forma de actuar.

Cuando los judíos se establecieron en la Diáspora, una de sus primeras preocupaciones fue la organización de una institución comunitaria para preservar el modo y las costumbres judías relativas a los difuntos. Así nació la «Jevrá Kedushá», que tiene como misión una partida digna del mundo para el ser humano.

Una característica de los entierros judíos es la ley que establece la «tahará», purificación del cuerpo, mediante el lavado. Se realiza la preparación del cuerpo, el cual debe estar perfectamente limpio y ser tratado como una Torá, ya que el ritual dice que D-os nos prestó el cuerpo y hay que regresárselo como nos lo dio. Por ello, las mujeres no pueden llevar maquillaje.

Se le efectúan siete lavados y no hay que abrirlo ni lastimarlo jamás: la sangre no se puede derramar, por ser parte de la persona.

Cuando el cuerpo ya está limpio, se le viste con un sudario de siete prendas. El siete es un número cabalístico, común en rituales judíos.

Una vez efectuado el entierro, la familia vuelve a casa para guardar el duelo. La Torá relata el duelo de Jacob cuando creyó que su amado hijo Yosef (José) fue despedazado, o el duelo de todo el pueblo cuando murieron Aarón y Moisés en el desierto, rumbo a la tierra prometida. El doliente se rasgaba las vestiduras, se sentaba en el suelo y ponía ceniza sobre su cabeza. Muchos no se calzaban en el período de la “Shivá”(los siete primeros días de duelo).

La plegaria especial de recordación a los fallecidos es el “Kadish”, que marca la aceptación del doliente de los designios divinos, pues termina diciendo “El que hace la paz en las alturas nos dará la paz a nosotros”. Esta plegaria, escrita en arameo, es recitada por los familiares directos, aceptando así lo que Job nos enseña: «D-os dio y D-os quitó, bendito sea su nombre».

Las cajas o ataúdes donde se entierran a los muertos son completamente austeros; están hechos solamente de madera, sin ningún tipo de adorno, pintura, ni clavos. Se les quitan las astillas.

A pesar del trance doloroso, los judíos que sufren por la muerte de un ser querido sienten la presencia del Dios omnipotente, la cual los reconforta. “El que hace la paz en las alturas nos dará la paz a nosotros”.

Concepto del Olam HaBá

Según la tradición judía, este mundo (Olam Hazé) es un mundo de apariencias, muy real para nosotros que en él vivimos, pero no es la realidad última.

Como enseñaran los jajamim en el Talmud estamos en un pasillo, o en la antesala, rumbo al recinto principal del palacio, que podríamos denominar como Mundo Venidero, Más Allá, Olam Habá.

En nuestra limitada percepción de las cosas no podemos describir exactamente esa dimensión extraña (para nuestros conceptos) que es el Mundo Venidero.

El Olam Habá permite una forma de vida superior (en calidad de “vida”) que todo lo que podamos gozar en éste. Nuestros rabinos nos enseñan que “más vale una hora de dicha en el Mundo Venidero que toda la vida en este Mundo” (Abot 4:17).

Esa dicha es descrita por los sabios como adherirnos al Eterno, por lo cual cualquier recompensa en este mundo es despreciable, en comparación con la recompensa de adherirnos al Eterno en el Olam Habá.

Es posible ya decir que nuestra existencia esta compuesta de dos formas de vida. Una es la que nosotros conocemos con nuestros sentidos, con nuestro raciocinio, que es esta vida; pero existe una Vida que es diferente, inefable, que se hace en el Más Allá.

En el idioma hebreo así como para el pensamiento judío la palabra Nefesh, que es traducido como “alma”, significa también persona. ¿Qué aprendemos de esto? Pues, que la persona en esta vida es cuerpo y alma sin distinguir una de otra, es la persona y sin divisiones. En tanto que al momento de morir para Esta Vida, lo que provino de la materia regresa a ella (cuerpo), mientras que lo que vino de D—s, a Él vuelve (espíritu).

También el afirma que, en algún punto de la historia de Este Mundo, los muertos resucitarán, que D-os devolverá a la vida material a aquellos que han fallecido.

¿Cómo lo hará? ¿Qué será? No podemos decirlo, es otro de los enigmas que permanece sumido en el secreto para la mentalidad humana.

En definitiva, el Olam Habá es una dimensión indescriptible, que permite al alma humana integrarse a la Eternidad.

La renuencia natural para aceptar la muerte se expresa en la convicción de que los verdaderamente justos realmente no mueren sino que “parten” o “suben” a un plano diferente. Así, Maimónides escribe de Moshé: “Con él ocurrió lo que en otra gente se llama muerte”. Se dice que “los justos viven incluso en la muerte, mientras que los malvados ya están muertos mientras viven”.

El enfoque judío respecto de la muerte es que se trata de un problema que debe ser resuelto para los vivientes. La muerte, la preparación para la muerte, y el luto, están todos unidos en la vida cotidiana. La esencia del luto no es pesar por los difuntos, sino más bien compasión hacia los sobrevivientes en su soledad.

La confrontación personal con la muerte es la prueba más dura para un individuo y para una cultura, y es por supuesto frecuentemente mencionada en la erudición judía. Las muchas variantes de este tema presentan un aspecto en común, el encuentro con la muerte es observado como un momento trascendental de la vida, al que hay que llegar siendo meritorio. A diferencia de muchas otras culturas, el no acepta que la muerte sea gloriosa. Incluso en los tiempos bíblicos, la muerte de un héroe no era un logro glorioso; el ideal era que el hombre “duerma con sus padres” y que transmita la riqueza de su vida y fortaleza a aquellos que vienen tras él.

Con una única excepción: la “santificación del Nombre de D-os”, acto público realizado en medio de la santa comunidad, en el que la inmolación imparte un sentido adicional de santidad a los vivos. Cuando es martirizado de esta manera, el judío abraza la muerte, en aras de su dedicación al modo de vida judío.

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