NUEVA «flotilla» de la sentimental gente de la farándula española en apoyo a los
islamistas de Hamas. La anterior se saldó con nueve muertos.
Por propia iniciativa y sin contrapartida, Israel entregó en 1994 a la autoridad
palestina los territorios de Gaza y Cisjordania. Habían sido ocupados en el
curso de la guerra que sus vecinos de la liga formada por Egipto, Jordania, Iraq
y Siria, le declararon —y al cabo de seis días perdieron— en junio de 1967. Con
la devolución de esos territorios palestinos, se buscaba abrir el camino hacia
un acuerdo sobre el principio de «paz por tierra», a la manera de aquel que fijó
la línea de frontera con Egipto tras los acuerdos del año 1978, a consecuencia
de los cuales fue asesinado el presidente Anwar el Sadat, tres años más tarde,
por un grupo de militares de la Yihad Islámica Egipcia.
Puede que fuera ese precedente el que llevó a un sujeto fundamentalmente tan
regido por el principio de supervivencia como Yassir Arafat a sabotear cualquier
atisbo de acuerdo definitivo de paz y fronteras estables entre Israel y el
germinal Estado palestino. Las memorias de Clinton dan razón desoladora de aquel
disparate. Con los documentos ya redactados, con más del 85 por ciento del
territorio que reivindicaba la OLP ya devuelto, Arafat se negó a firmar.
Destituyó incluso a aquellos de sus lugartenientes que le animaban a hacerlo. El
fantasma de Sadat lo atenazaba. La única habilidad de un jefe que no supo jamás
llevar a sus hombres a otra cosa que no fuera derrota, miseria y muerte, era la
de poner siempre a salvo su vida. Y su fortuna, por la cual corrieron las
cuchilladas tras su muerte.
Desaparecido el Rais, poco esfuerzo tuvieron que hacer los islamistas de Hamas
para tomar el control en Gaza y liquidar a sus competidores menos píos de la
OLP. Tal había sido la corrupción desplegada por Arafat y su entorno, que la
llegada de los clérigos fue vista como un alivio. Y el territorio palestino
quedó dividido bajo dos caudillajes, ninguno de los cuales pondría un solo
reparo en aniquilar al otro. En Gaza, el yihadismo hizo lo único para lo cual
existe: terrorismo sin límite. Sin distinción entre población civil y militar.
Los suicidas infiltrados a través de la entonces muy porosa frontera sembraron
de muertos mercados y paradas de autobuses, mediante un procedimiento que los
asesinos del 11M en Madrid se limitarían a copiar. Las baterías de proyectiles
acosaron las viviendas judías del otro lado. No hubo más alternativa que alzar
un parapeto de hormigón. Con función doble: impedir las infiltraciones y hacer
de escudo para los edificios. Irán y Siria siguieron abasteciendo militarmente a
los terroristas, por vía marítima. La marina israelí hubo de hacerse cargo del
control de ese tráfico.
Los «artistas» que hablan en su sentimental vídeo ahora de un «bloqueo
humanitario» mienten. Todas y cada una de las mercancías no militares que deseen
enviar a Gaza pueden hacerlo a través de la frontera israelí y previo control
—estricto, como corresponde a una situación de guerra— de su contenido. El
objeto de la anterior «flotilla» no fue donar nada. Fue buscar un choque que
produjera muertos. El objeto de la nueva flotilla no puede sino ser el mismo.
Cortesia: Jorge Cohen.
Difusion: www.porisrael.org

FuenteABC.es

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