Varias circunstancias convergen en Israel otorgando al covid significado e implicaciones más políticas que médicas. En primer lugar, la proximidad del torneo electoral que tendrá lugar el próximo 23 de marzo. La estrategia de todos los partidos es dictada hoy más por el imperativo de acumular apoyo con prescindencia del costo al público que por la necesidad de frenar la expansión renovada del bacilo.

Gravita en segundo término la parálisis total de todas las instituciones – parlamentarias y judiciales – encargadas de impedir y frenar acciones arbitrarias del gobierno, hoy impulsadas más por cálculos personales y partidarios que por colectivos y públicos. Y gravita, en fin, la situación personal de Benjamín Netanyahu ante el juicio que por presuntos delitos públicos y personales dará inicio dos semanas después del resultado electoral.

Un inquieto escenario que da lugar a decisiones arbitrarias. Una de ellas es la tácita autorización y franca tolerancia a las multitudinarias manifestaciones callejeras por Purim. No sólo los sectores ortodoxos organizan amplias manifestaciones en los templos y en las calles sin tomar cuidado alguno contra el covid. También muchedumbres juveniles se exhiben con disfraces y pancartas sin tropezar con alguna intervención policial. Los efectos de esta pública indisciplina se conocerán en los próximos días.

Otra más es la decisión casi personal del Primer ministro en prolongar el año escolar sin el conocimiento o apoyo del sindicato de maestros y del público en general. Netanyahu saca partido de la ausencia en la práctica de un gabinete ministerial, incluyendo la pasividad de las instancias que deben cubrir financieramente este gasto adicional.

Y como si estas circunstancias no fueran suficientes para gravitar negativamente en la salud pública, el Primer ministro y sus ayudantes inmediatos tienden a abrir sin restricciones el aeropuerto para facilitar la llegada de ciudadanos interesados en emitir el voto. Medida razonable en si misma; sin embargo, no se apega a las particulares circunstancias dictadas por el renovado despertar del covid ni fluye de un amplio consenso gubernamental y público.

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Llegué a México desde Israel en 1968 invitado por Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. A partir de 1969 me integré a la CEPAL, Naciones Unidas. Fui investigador en El Colegio de México en los años noventa, asesor de UNESCO, y en la actualidad catedrático en la Universidad Bar Ilán de Israel.