Diario Judío México - Pudiera ser, que, como dice Nicholas Humphrey, los seres humanos seamos objetos para todos los demás y sujetos dotados de conciencia, solo para nosotros mismos. Lo que está dentro de la mente de cada uno está fuera de la mente de los demás, y solo nos comunicamos por estrechas pasarelas.

La evolución ha instalado algunos puentes privilegiados como la empatía, que apuntalan la vida en común. El cerebro, una vez alcanzado un avanzado estadio evolutivo creo el lenguaje, que es un gigantesco sistema de poner etiquetas a los objetos del mundo que nos rodea, con mayor o menor fortuna. Hay palabras muy precisas como ganar o perder y otras menos eficaces como inflación o corrupción. En la isla de Bali todavía se conserva un sistema muy primitivo para el etiquetado de los hijos, que, en vez de un nombre escogido, se denominan según el orden de nacimiento.

El lenguaje evolucionó, permitiendo hablar que cosas lejanas en el tiempo, hacia el pasado o hacia el futuro. Un paso evolutivo adicional consistió en la aparición de la ficción que nos permitió crear historias, cuentos y mitos compartidos y en consecuencia colaborar con grandes masas de desconocidos, fans del mismo mito (Yuval Noah Harari). Una ocasión de colaboración en torno a un mito compartido fue la final de la Champions League (Real Madrid-Atlético de Madrid) que se celebro en Milán (Italia) en 2016 y que vieron en España 11.642.000 espectadores, evidentemente desconocidos entre sí.

Además de permitirnos disfrutar del futbol, el desarrollo del neocórtex cerebral también ha dado lugar a algo, que en general nos disgusta y nos fatiga, como es el pensamiento abstracto,  producto del cual, es la civilización tecnológica, que contemplamos todos los días en nuestros cerebros individuales

Dado que cada uno de nosotros es un sujeto para sí mismo y un objeto para todos los demás, hay un estado somático de soledad que subyace en nosotros a lo largo de nuestra existencia. Así nos lo desvela Orhan Pamuk en El Museo de la Inocencia;” Así fue como descubrimos de manera instintiva que, para sentir más profundamente el placer que habría de unirnos, debíamos vivirlo cada uno por sí mismo; mientras por un lado nos abrazábamos con fuerza, sin compasión, incluso con ansia, por otro empezamos a usarnos el uno al otro para nuestro propio placer”.

El cerebro de cada uno de nosotros lleva un minucioso y detallado plan contable, en el que hay abiertas cuentas individualizadas para cada uno de los objetos con los que interaccionamos. Un plan contable estándar suele tener, a modo de ejemplo, una cuenta para cada uno de los progenitores, el cónyuge, para cada uno de los hijos, el jefe, los compañeros de trabajo, la suegra, los cuñados, el presidente del gobierno, y probablemente también los animales de compañía. Así hasta un máximo de 150 cuentas que parece ser el límite de contactos individuales que podemos controlar en el nivel tecnológico actual.

Al final del día el estado de ánimo con el que cada sujeto se va a la cama dependerá de la suma ponderada de los saldos positivos o negativos, que haya tenido con cada uno de los objetos que ha interactuado. Un saldo positivo (recibir más que dar) propicia un buen estado de ánimo y un saldo negativo nos lleva a la cama llenos de amargura.  Comportarse como un ladrón, como un estafador, como un violador, o superan el exceso de velocidad en carretera, o cobrar el paro sin tener derecho a ello, produce al final de la jornada un agradable sentimiento, al haber acabado el día, con un buen saldo positivo en la contabilidad gano/pierdo. Una multa de tráfico suele tener el efecto contrario.

Debido a la presión evolutiva, la contabilidad de los humanos tiene un importante sesgo asimétrico. Las perdidas pesan más que las ganancias. Los organismos que respondieron más reactivamente ante la amenaza de perder, que, ante la oportunidad de ganar, son los que han sobrevivido (Daniel Kahneman). Entre ellos nosotros, los seres humanos. Este sesgo determina que, en cualquier relación a largo plazo (matrimonio, hijos, hermanos, socios, amigos), el saldo contable acumulado sea tendencialmente negativo para todos los participantes.

Un hipotético auditor externo que llevara una contabilidad exhaustiva de las pérdidas y ganancias de un matrimonio a lo largo de una vida, y que llegara a la conclusión de que el resultado había sido equilibrado para cada uno de los cónyuges, se llevaría la sorpresa de comprobar, que, en las contabilidades individuales de cada cónyuge, el resultado era de perdida en ambos casos. Debido a la valoración distinta de las perdidas (mayor valor) que de las ganancias (menor valor). Este sesgo cognitivo, que nos hace acumular amargura y rencor, es probable que haya tenido, sin embargo, importantes ventajas para coronarnos como reyes del planeta tierra.

Penny Skipins, Catedrática de Arqueología de los Orígenes Humanos de la Universidad de York, formula una sugerente hipótesis sobre la inexplicada rapidez con que los humanos colonizaron el globo terráqueo a partir de un determinado momento que comenzó hace 100.000 años. Según Skipins, a partir de este momento, la evolución de la mente humana alcanzo un elevado nivel de desarrollo para identificar y castigar a los que hacen trampas en el grupo. Como consecuencia de estas nuevas habilidades, el nivel de colaboración de los grupos tribales aumento. Pero lo que determino la rapidez de la colonización de nuevas tierras vacías, fue la incapacidad de mantener pactos a largo plazo en el seno de los cazadores recolectores, haciéndose común la traición dentro de los pequeños grupos humanos de aquel entonces. Ante la incapacidad de solucionar conflictos internos, la alternativa fue la emigración y colonización de nuevas tierras. Nos disgusta perder mucho mas que nos gusta ganar, y actuamos movidos por el impacto emocional inmediato de las ganancias o perdidas, sin tener en cuenta las consecuencias a medio y largo plazo.

Por eso, en la hipótesis de Skipins se deduce, que tendencialmente los grupos de cazadores recolectores estaban abocados al conflicto, y que al igual que sucede hoy en día, las relaciones a largo plazo, de cualquier naturaleza tienden a ser una quimera, frente al corto plazo. Hoy en día, en los países occidentales con democracias consolidadas, las tasas de divorcio superan el 60%. Al fin y al cabo, nuestro ADN, que ha fabricado nuestro cerebro, sigue pensando que vivimos en la sabana y somos cazadores recolectores. Algo bueno tendrá en términos evolutivos el que no nos soportemos los unos a los otros, algo que nuestros genes (nuestros amos) nos van desvelando por capítulos. Una de las advertencias más elegantes formuladas por nuestros genes, tuvo como portavoz a la señorita Blance DuBois; “quien quiera que seas, siempre he confiado en la bondad de los extraños”

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