Resulta que tienes un tiempo libre, pues tu cita será a las 3 pm y apenas son las 2. En esa hora no puedes hacer mucho ni ir a otros lugares ya que te alejarías de la zona y es posible que luego llegues tarde a tu cita. Decides quedarte por la zona a esperar. Entras a una cafetería mientras esperas.

Llega el mesero con el menú que está muy bien diseñado en “Desayunos, Comidas, Cenas, Entradas, Entremés, Sopas, Sushis, Pastas, Carnes, Pescados, Bebidas, Extras…”
En cada columna están los nombres de los alimentos, sus descripciones, aclaraciones, y por supuesto los precios en moneda nacional. Y como si fuera un manual de tecnología moderna, también está en inglés, francés, alemán e italiano. Cada idioma según su moneda: peso, dólar, euro.
Es lógico que así sea pues no es una cafetería de barrio, sino más bien un restaurante de lujo, antiguo y tradicional, algo así como el Café Tortoni de Avenida de Mayo al 800.
Suena un tango seguido de una Jazz y unos valses con bluses. Todo en vivo con las melodías que se esparcen armoniosamente desde un piano de cola, dos violines, un bajo, dos guitarras, una trompeta, un saxo y hasta un arpa. No podían faltar las percusiones estilo cubano y a veces incluso la gaita.

Miras el menú y pides un café express ($48), un sándwich de jamón y queso sin aceitunas ($70) y un agua mineral ($35). En total van a ser $151 moneda nacional.
La propina no la calculas pues depende del servicio en general.
Pides que te traigan el periódico y lo vas leyendo en lo que disfrutas los alimentos.

El mesero ha sido muy amable ya que el café llegó caliente, no hizo falta que le pidas que te traiga azúcar o cucharita, había un platito en la mesa para dejar los sobres de azúcar ya vacíos, estaba bien la cantidad de servilletas que eran de buena calidad y no como esas que parecen de plástico. El cenicero te lo ha cambiado cada vez que apagaste un cigarro. El servicio fue excelente, la maravillosa, el volumen no era muy alto, el ambiente no apestaba a comida ni se oían ruidos de lozas por todos lados.

Decides dejarle una buena propina al mesero y cuando trae la cuenta le das un billete de $200 y le dices que te regrese solamente $15 de vuelto, lo demás es para él.

Miras tu reloj y ya son las 2:30. Ya no deseas oír la ni comer, solamente que te traigan el vuelto para irte y llegar a tu cita. Vuelves a ver el reloj y lo corroborar con el reloj del salón del restaurante. Como si ambos estuvieran sincronizados, en los dos marca las 2:31.

Vuelves a abrir el periódico a la espera del mesero con el cambio. Ya deseas irte lo antes posible. Tus piernas empiezan a moverse casi de manera inconsciente y te vuelves a acomodar el saco. Metes la mano a tu bolsa para corroborar que tengas los documentos que necesitas para la junta. Abres tu maletín y checas lo que estabas seguro que tenías, pero haces algo para no estar sin hacer nada. Piensas si prender otro cigarro o tal vez ya venga el mesero. Lo prendes y lo fumas con tranquilidad. El mesero no viene.
2:42, ya se tardó bastante. Miras a donde sea en busca del mesero y lo ves atendiendo con mucha amabilidad a unas mesas de distancia. Llevaba una charola en su mano con 4 platillos cubiertos, una botella de vino, 3 latas de refrescos y una jarra con hielos. Llamarle sería provocar un accidente, así que sigues esperando y desesperando al mismo tiempo.

Te levantas y te acercas a las cajas. Le explicas a la señorita que cobra que tú estabas sentado en esa mesa (le señalas la mesa) y le dices lo que pediste. Mientras la cajera hace como que te oye y le dice a alguien más “¡Te cierro la 23, dile a Brenda que la aliste”.

– Perdón, ¿qué me decía?

– Le decía que estuve sentado en esa mesa, sí es justamente la 23, la que estuve sentado yo. Le di al mesero un billete de $200 y me tenía que regresar $15 de vuelto ya incluida la propina. Me tengo que ir, se me hace tarde.

– “Óscar, abre la 23 y acomoda a la pareja que está esperando, gracias”.

– Perdón, ¿me está oyendo?

– ¡Claro que sí, señor! Le pido de favor no levante la voz, le estamos atendiendo y usted no es el único cliente. Con gusto le asignaremos una mesa apenas tengamos disponibilidad. Si gusta mientras, puede esperar en esa sala donde se le dará un café de cortesía…

– ¡SEÑORITA, LO QUE LE ESTOY DICIENDO HACE 5 MINUTOS ES QUE QUIERO QUE ME REGRESEN MI CAMBIO. YA COMÍ, YA PAGUÉ, YA DEJÉ LA PROPINA Y AHORA ME ESTÁN DEBIENDO MI CAMBIO! ¿ME ESTÁ ESCUCHANDO O NO?

– Señor, le voy a pedir a Seguridad que lo saquen. En este lugar no nos manejamos a los gritos.
Con permiso.

Y sigue la señorita atendiendo sin voltear a verlo.

– ¿DE QUÉ GRITOS ME HABLA, SI LE ESTOY HABLANDO HACE RATO Y NI SIQUIERA SABE LO QUE LE DIJE? ¿ME PUEDE DAR MI CAMBIO POR FAVOR?

Dos personas se te acercan, te toman de los brazos y te acompañan a la calle. Cierran las puertas del restaurante para asegurar que no vuelvas a entrar y llaman a la policía.

Llega la policía y te detienen estando golpeando por fuera las puertas del restaurante haciendo mucho escándalo.

Los policías te dicen que te subas a la patrulla por la buenas. Que has sido detenido por causar escándalos en la vía pública y que mantengas silencio ya que todo lo que digas podrá ser usado en tu contra.

Llegas esposado a la comisaría y después de 4 horas te hacen pasar con el comisario para que expliques los hechos, pero el comisario te dice que has sido detenido por varios cargos. Has cometido actos violentos en un restaurante, has estado involucrado en violencia de género por levantarle la voz a una dama, intento de robo por decir que habías estado en una mesa que estaba vacía y pretendías que te den el vuelto de lo que había pagado la persona que comió en esa mesa, etc. Lo bueno es que tienes derecho a un abogado. Lo malo es que el abogado lo designan ellos mismos. Lo otro malo es que mientras lo designan y en lo que llega estarás detenido por actos violentos. No se te permite hacer ni una llamada y debes estar esposado con dos guardias de seguridad que mientras están fumando marihuana en un cuartito cerrado.

Ya no sabes ni qué hora es, pero aproximadamente son las 10 pm cuando llega un muchacho de traje viejo y brilloso color vino tinto de tres botones, todos ellos abrochados, camisa arrugada blanca abrochada hasta el cuello y sin corbata, barba de tres días, sudado y despeinado.
Te extiende la mano y te dice que es tu abogado penal.

– Buenas noches. Mi nombre es licenciado Farías, abogado penalista.

– A ver Farías, tu nombre no es “licenciado” ni Farías. Farías es un apellido y licenciado no es nombre. Preséntate como corresponde si deseas credibilidad. De por sí, como vas vestido, no creo ni siquiera que sepas escribir más de tres renglones a mano sin errores ortográficos.
Además, ¡qué penalista ni que nada! ¿Cómo pueden enviarme un abogado penalista si ni siquiera conocen el caso?

– Mire señor, no es mi obligación estar aquí. Si usted desea ser liberado lo antes posible, le pido de favor que colabore con respeto.

– ¿Respeto? ¿Tú me hablas de respeto cuando no siquiera sabes cuál es tu nombre, ni siquiera sabes el mio, ni siquiera sabes vestirte ni planchar camisas para presentarte ante un cliente? El botón de abajo no se abrocha, se nota que nunca te pusiste un saco ni para recibir un premio. Y el botón del cuello no se abrocha si no llevas corbata. A mi no me vengas que eres abogado porque…

– Licenciado, no abogado.

– Lo que sea, me importa un carajo. Un abogado no se viste así.

– Por lo visto usted no está cooperando. Tendré que dar instrucciones.

Se sale el muchacho y en 30 segundos llega un oficial que da señas a los guardias marihuanos.
Te toman del brazo y te llevan tras las rejas sin siquiera darte explicaciones.

Esta historia puede continuar mucho más, porque no es una más, aislada, contada, algo que no sepas, sino algo que sucede a diario, constantemente. Me refiero a las autoridades corruptas.

Cuando debes hablar con alguien y ese alguien es peor de corrupto, entonces buscas a su jefe y te das cuenta que es la corrupción y la maldad personificada. Entonces acudes al jefe delegacional y ni el mismo Satanás se atreve a tanto. Disfrute por el sometimiento y sufrimiento ajeno.

Y lo peor es que la mayoría de los seres humanos somos esos que estamos siendo juzgados por una minoría corrupta, satánica, que disfrutan con el sometimiento y sufrimiento ajeno, que no tienen poder sino que se lo atribuyeron, se lo expropiaron con dinero, imponiendo miedo.

Hay una sola cosa que puede salvarte que no te detengan ni aunque hagas algo malo, y si te detienen te van a retribuir y ofrecerte disculpas por sus equivocaciones aunque hayas hecho lo peor. Y esa cosa es el dinero y nada más.

Cuando deseas hacer un negocio con alguien, le invitas a tomar un café para dialogar. Lo que menos te importa es el café, sino el negocio. El café es una excusa para tener un punto de encuentro.
Así son muchas, casi todas, las instituciones, ya sean de gobierno o privadas, incluso religiosas. Usan a las instituciones como al café. Lo que menos les importa son las instituciones y su gente, el bienestar y la justicia. Lo que les importa es los jugosos negocios que pueden aprovechar siendo quienes son.

Y lo peor: ¡No hay con quién hablar!

•Porque realmente nadie sabe nada.

•Porque realmente no hay nadie con quien hablar, pues no existe una persona encargada.

•Porque todos están adoctrinados a la corrupción. Adoctrinados no quiere decir que hacen lo que les digan, sino que están convencidos que hacen el bien con esas maldades.

La realidad duele.

SIN COMENTARIOS

Deja tu Comentario

A excepción de tu nombre y tu correo electrónico tus datos personales no serán visibles y son opcionales, pero nos ayudan a conocer mejor a nuestro público lector

A fin de garantizar un intercambio de opiniones respetuoso e interesante, DiarioJudio.com se reserva el derecho a eliminar todos aquellos comentarios que puedan ser considerados difamatorios, vejatorios, insultantes, injuriantes o contrarios a las leyes a estas condiciones. Los comentarios no reflejan la opinión de DiarioJudio.com, sino la de los internautas, y son ellos los únicos responsables de las opiniones vertidas. No se admitirán comentarios con contenido racista, sexista, homófobo, discriminatorio por identidad de género o que insulten a las personas por su nacionalidad, sexo, religión, edad o cualquier tipo de discapacidad física o mental.
Artículo anteriorInteligencia alemana: Irán aumentó sus esfuerzos para obtener tecnología ilícita de misiles nucleares
Artículo siguienteEmpresa israelí desarrolla una prueba instantánea de Covid que compite con la PCR en cuanto a precisión
Mi nombre es Gabriel Zaed y escribo bajo el seudónimo de Rob Dagán. Mi pasión por la escritura es una consecuencia del ensordecedor barullo existente en mis pensamientos. Ellos se amainan un poco cuando son expresados en tinta, en un escrito. Más importante es expresarse que ser escuchado o leído, ya que la libertad no radica en hablar, sino en ser libre para pensar, analizar.