Diario Judío México - En primer lugar, pido una disculpa al lector por no mantener el título previsto para esta entrega. Este artículo es la segunda parte de un análisis de la Declaración Nostra Aetate del Concilio Vaticano II (cfr. http://diariojudio.com/opinion/nostra-aetate-la-declaracion-fundamental-1ra-parte/53129/). Esta Declaración representa un parteaguas en la relación de la Iglesia Católica con las religiones no cristianas y, por supuesto, en las relaciones judeocristianas. Opto, sin embargo, por esta modificación de título para resaltar una parte central de la Declaración, en la cual se refiere a la responsabilidad colectiva del pueblo judío sobre la muerte de Jesús. A este tema nos referiremos más adelante.

Por el momento, volvamos al hilo de nuestro análisis. La Declaración Nostra Aetate continúa señalando que, a pesar de que la visión cristiana consiste en afirmar que Jesús es el Mesías prometido, sin embargo también es cierto que “los Judíos son todavía muy amados de Dios a causa de sus Padres, porque Dios no se arrepiente de su dones y de su vocación”. Es en este contexto en el que debe leerse la afirmación del Beato Juan Pablo II en la Sinagoga de Roma, cuando llamó al pueblo judío “nuestros hermanos mayores en la fe” y también cuando se refirió a “la Alianza nunca derogada”. En efecto, el cristianismo considera, sin lugar a dudas, que la Alianza tiene su fuente en Dios, en la iniciativa de Dios que se elige un pueblo y que, de este modo, se hace particularmente presente en la historia del hombre. Esta Alianza de Dios con el pueblo judío es eterna, pues las decisiones y los dones de Dios son eternos como él. Se trata de una “Alianza nunca derogada” y sería un error, para los cristianos, afirmar que la esta Alianza carece de contenido, de sentido y de vigencia. Al contrario, la fidelidad del pueblo judío a la Alianza debe ser vista como un signo impresionante de la relación estrecha entre Dios y su pueblo. Porque Dios está allí, su pueblo permanece fiel a lo largo de los milenios. Sin lugar a dudas que son “muy amados de Dios”.

La Declaración señala a continuación que “este Sagrado Concilio quiere fomentar y recomendar el mutuo conocimiento y aprecio entre ellos (judíos y cristianos), que se consigue sobre todo por medio de los estudios bíblicos y teológicos y con el diálogo fraterno”. En este pasaje se muestran algunos medios concretos para promover las relaciones judeocristianas. Hay que decir que, en unas ocasiones con mayor y en otras con menor fortuna, sin embargo en las últimas décadas estos medios han sido puestos en acción y han permitido un mayor acercamiento entre las dos comunidades. De hecho, el objetivo no es ni siquiera el diálogo, muchos menos la polémica. El objetivo es “el mutuo aprecio”. Ojalá pudiésemos escuchar esto con atención. El objetivo es el mutuo aprecio. Personalmente puedo decir cuán difícil es este diálogo, pero también puedo dar fe de cuán rico puede ser cuando se logra este mutuo aprecio, cuando se gana en confianza, cuando se gana, no sólo en respeto, sino en sincero afecto, el cual muchas veces toma el carácter de fraterno.

Es en este momento cuando la Declaración señala que “aunque las autoridades de los judíos con sus seguidores reclamaron la muerte de Cristo, sin embargo, lo que en su Pasión se hizo, no puede ser imputado ni indistintamente a todos los judíos que entonces vivían, ni a los judíos de hoy”. Habría que releer estas palabras una y otra vez. Habría que publicarlas con frecuencia. Habría que hablar acerca de ellas en todos los lugares, porque estoy consciente de que muchos cristianos creen exactamente lo contrario: creen que la responsabilidad por la muerte de Jesús es de los judíos, de todos los judíos de todos los tiempos. Y hay que decir, con claridad, que esto no es doctrina cristiana. Al contrario, el Concilio Vaticano II ha dicho que esto no se puede afirmar como una tesis cristiana. Y aún continúa: “no se ha de señalar a los judíos como reprobados de Dios ni malditos, como si esto se dedujera de las Sagradas Escrituras. Por consiguiente, procuren todos no enseñar nada que no esté conforme con la verdad evangélica y el espíritu de Cristo, ni en la catequesis ni en la predicación de la Palabra de Dios”.

Vale la pena recordar en este lugar una frase de San Francisco de Asís, cuando dice “y los demonios no son los que le han crucificado; eres tú quien con ellos lo has crucificado y lo sigues crucificando todavía, deleitándote en los vicios y pecados”(Admonitio. 5,3). En efecto, para los cristianos la muerte de Cristo tiene como causa el pecado. De este modo, un cristiano que se deleita en el pecado es, de manera consciente y voluntaria, causa directa del sufrimiento de Cristo. La muerte de Cristo, para los cristianos, no es un hecho del pasado que pudiese ser tratado meramente con categorías históricas, sino que supone una contemporaneidad que implica la responsabilidad personal y actual.

Concluyamos recordando otro pasaje de la Declaración Nostra Aetate. En ella los padres conciliares señalan que: “la Iglesia, que reprueba cualquier persecución contra los hombres, consciente del patrimonio común con los judíos, e impulsada no por razones políticas, sino por la religiosa caridad evangélica, deplora los odios, persecuciones y manifestaciones de antisemitismo de cualquier tiempo y persona contra los judíos”. Es necesario recordar que esta afirmación ha sido repetida por los Papas posteriores al Concilio Vaticano II y que cada uno de ellos, desde Pablo VI y todavía más con Juan Pablo II, han intentado mostrar con hechos, gestos y palabras, cómo las relaciones judeocristianas son necesarias, no sólo como un testimonio para el mundo, sino también como un signo de aquel mundo prometido, en el que los pueblos invocarán al Señor con una sola voz y “le servirán como un solo hombre” (Sofonías 3,9).

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El Mtro. Carlos Lepe Pineda es licenciado en filosofía por la UNAM, graduado con mención honorífica. Fue becario en dos proyectos de investigación acerca de la filosofía mexicana de los siglos XVIII al XX. Publicó diversas obras bibliográficas y estudios especializados sobre el tema, en calidad de coautor, con el apoyo de la UNAM. Participó en reuniones nacionales e internacionales, como ponente, sobre filosofía novohispana, mexicana e iberoamericana. Es maestro en humanidades por la Universidad Anáhuac. Desde 1997 hasta 2012 colaboró con esta universidad como coordinador de área académica, director de humanidades y desde 2009 hasta 2012, como vicerrector académico. En este periodo centró sus estudios en la filosofía de la religión y las ciencias religiosas. Es uno de los compiladores de la obra “Textos para el diálogo judeocristiano” publicada por la Universidad Anáhuac y Tribuna Israelita, órgano de comunicación del Comité Central de la comunidad judía de México. Tiene un Diplomado en Teología por la Universidad de Salamanca, España y el Diplomado en Docencia Universitaria por la Universidad Anáhuac. Ha impartido cursos de Sagrada Escritura y Cristología; antropología filosófica, valores y ética, así como de Holocausto, entre otros. Actualmente es Director Académico y de Formación Integral de la Red de Universidades Anáhuac.