“Vi ancianos cuyas barbas fueron arrancadas; uno de ellos levantó su camiseta para mostrarnos dos sangrantes costillas que salían de la piel como dos agujas. He visto obreros judíos con ambas piernas rotas en astillas, rotas a patadas contra el cordón. Y todo esto hecho por pistoleros llevando la bandera ”, escribía en la revista Popular el reconocido periodista Juan José de Soiza Reilly, cuando todavía seguía sin poder borrar de su retina lo que había visto en las calles de Buenos Aires.

La semana del 7 al 14 de enero de 1919 las había recorrido para contar de primera mano la huelga de los Talleres Vasena y la sangrienta represión comandada por el general Luis Dellepiane, obedeciendo órdenes del gobierno radical de Hipólito Yrigoyen. En eso estaba cuando se topó con un fenómeno particular dentro del desastre general: la salvaje persecución de judíos desatada por las fuerzas policiales y grupos de civiles armados.

A principios de 1919, la victoriosa revolución bolchevique ocurrida hacía menos de dos años en Rusia se había transformado en un fantasma que recorría y atemorizaba a los gobiernos de buena parte del mundo. Temían que se expandiera como la peste. La no era la excepción. La incipiente clase obrera, compuesta en buena parte por inmigrantes europeos, se agitaba y reclamaba por sus derechos –principalmente por una jornada laboral de 8 horas– impulsada por dirigentes anarquistas y comunistas.

Para los principales diarios argentinos, la posibilidad de una revolución bolchevique en estas tierras parecía estar a la vuelta de la esquina:

-En ese momento se produjo un cambio de perspectiva. En noviembre de 1918 La Naciónconfiaba en que el maximalismo no se expandiría más allá de las fronteras rusas y consideraba que sólo unos pocos países europeos enfrentarían en los meses sucesivos al peligro maximalista. Sin embargo, a partir de diciembre La Nación, La Razón y La Prensaalertaban en sus editoriales contra la divulgación de las ideas maximalistas y consideraba la posibilidad de que, como en Europa, también en se desencadenasen huelgas revolucionarias – dice a Infobae el historiador Daniel Lvovich, investigador del Conicet especializado en la historia política y social del Siglo XX.

Los “rusos” y el “soviet argentino”

En 1919, la ciudad de Buenos Aires albergaba a más de un millón y medio de habitantes, con un alto porcentaje de inmigrantes europeos, de los cuales entre 70.000 y 100.000 eran judíos. Por entonces -aún en mayor medida que hoy– las simplificaciones para identificar a los extranjeros eran moneda corriente: todo español era un “gallego”, todo árabe era “turco”, y los judíos eran sencillamente “rusos”.

Esta última generalización -que no era sólo patrimonio del común de la gente sino de las fuerzas policiales y de buena parte de la clase política – produjo, en medio de la agitación obrera y el temor que despertaba la Revolución Rusa, una ecuación de sentido común que derivó en sangre durante la Semana Trágica.

Diario Judío México - Los Talleres Vasena

Los Talleres Vasena

Cuando se desató la huelga de los talleres Vasena se empezó a hablar de la existencia de un “soviet argentino y, como el único soviet conocido y temido era el ruso, “los rusos” se transformaron de inmediato en blanco privilegiado de la represión.

El propio jefe de Policía, comisario Justino Toranzo, denunciaba una “intensa agitación anarquista provocada por numerosos sujetos de la colectividad ruso-israelita y la propaganda que hacen en ruso y hebreo”, según consta en el Archivo General del Ministerio del Interior.

Eso desató lo que pronto se llamaría “el pogrom de Buenos Aires”, utilizando el término con que se denominaban los ataques a las poblaciones judía en el Imperio Ruso y otros países del Este europeo.

Pinie Wald, el “jefe del soviet”

La policía no tardó en “identificar” al líder del supuesto soviet argentino: Pedro Pinie Wald, un judío polaco nacionalizado argentino que había sido obrero hojalatero en su tierra pero que en Buenos Aires se había transformado en periodista y escribía en la publicación en idish Avangard y en el diario Die Presse. Fue uno de los primeros detenidos y así lo relató:

“Nos dirigimos al Avangard, en la calle Ecuador. En la calle, cerca de las ventanas, todavía estaba el montón de ceniza negra, restos de los objetos y enseres quemados. No quedaba allí otra cosa que las paredes desnudas. (…) Al salir, no advertimos ninguna presencia sospechosa. Íbamos por Corrientes cuando oímos la orden: ‘¡Caminen derecho!’. Era un oficial del ejército, que avanzaba desde atrás y estaba a dos pasos de nosotros: ‘Están arrestados’,  nos informó”.

Un auto volcado durante la semana trágica

Un auto volcado durante la semana trágica

Pinie Wald fue trasladado a la Comisaría Séptima, donde lo sometieron a tormentos para que confesara que era el líder del “soviet argentino” y revelara cuáles eran los planes de la supuesta conspiración que encabezaba.

Le salvó la vida el abogado y dirigente del Partido Socialista Federico Pinedo quién, avisado de la detención, se presentó rápidamente en la comisaría y evitó que lo siguieran torturando.

Muchos años después, Wald -que murió en Buenos Aires en la década de los ’60– dejó testimonio del pogrom y de su propio calvario en una novela escrita en idish, Koschmar(Pesadilla), que hoy es inhallable.

Relatos de un pogrom

La represión de la Semana Trágica, centrada en un principio en los obreros de Talleres Vasena y en las movilizaciones proletarias que apoyaban sus reclamos, no demoró de ampliarse hacia los barrios de Once y Villa Crespo, epicentro comercial y habitacional de “los rusos”.

La policía y comandos integrados por civiles –mayormente por militantes radicales y católicos antisemitas– se centraron allí en atacar salvajemente a todo aquel que fuera o pareciera judío, sin importar sexo, edad u ocupación. La mayoría de ellos no eran obreros ni tenían actividad política ni sindical.

El incendio en Talleres Metalúrgicos Vasena

El incendio en Talleres Metalúrgicos Vasena

Un anónimo cronista del diario La Crítica describió así los hechos: “Hombres, mujeres y niños fueron maltratados brutalmente, cual si existiera el propósito de extirpar a esa raza atormentada. Los rusos eran atormentados con saña feroz por los ebrios polizontes, y no pocos fueron ultimados a palos y bayonetazos. Se puede decir que ni un solo ruso salió ileso de las garras policiales. Por los pasillos del Departamento de Policía desfilaban los flagelados y ensangrentados. En el departamento central de Policía, cincuenta hombres, ante el cansancio de azotar, se alternaban para cada judío. Con fósforos quemaban las rodillas de los judíos mientras atravesaban con alfileres sus heridas abiertasEn la comisaría 7a les orinan en la boca“.

La participación de grupos de civiles -algunos de los cuales pocos días después constituirían la Liga Patriótica– en el pogrom quedó documentada por, entre otros, el periodista y escritor Arturo Cancela en sus Tres relatos porteños: “Jóvenes con brazaletes, armados de palos y carabinas, detienen a todos los individuos que llevaban barba; los de las carabinas les pinchan el vientre o se cuelgan de las barbas -escribió-. Otros apedrean los vidrios de las casas de comercio cuyos propietarios abundan en consonantes”.

Los féretros de los obreros muertos en la semana trágica de 1919

Los féretros de los obreros muertos en la semana trágica de 1919

Otro testigo que relató en detalle los ataques a “los rusos” fue el escritor Juan Carulla. “En medio de la calle ardían pilas con libros y trastos viejos, entre los cuales podían reconocerse sillas, mesas y otros enseres domésticos, y las llamas iluminaban tétricamente la noche, destacando con rojizo resplandor los rostros de una multitud gesticulante y estremecida. Se luchaba dentro y fuera de los edificios; vi allí dentro a un comerciante judío. El cruel castigo se hacía extensivo a otros hogares hebreos. El ruido de los muebles y cajones violentamente arrojados a la calle se mezclaba con gritos de ‘mueran los judíos’. Cada tanto pasaban a mi vera viejos barbudos y mujeres desgreñadas”, contó.

Conmovido por lo que veía, también dejó testimonio de sus propias emociones. “Nunca olvidaré el rostro cárdeno y la mirada suplicante de uno de ellos, al que arrastraban un par de mozalbetes, así como el de un niño sollozante que se aferraba a la vieja levita negra, ya desgarrada”, escribió.

La prédica incendiaria de monseñor Napal

-En los años previos a la Semana Trágica formaba parte del sentido común de una parte de la opinión católica la creencia en la existencia de una asociación natural entre y socialismo, movidos en una conjura común destinada a combatir a la Iglesia y obtener el predominio israelita sobre la y el mundo. Sin atender a esta forma, ya tradicional y naturalizada, de atribución de sentido, resulta imposible comprender los eventos antisemitas de la Semana Trágica – dice un siglo después a Infobae el historiador Daniel Lvovich.

En enero de 1919 el fuego de esa creencia fue ferozmente avivado por la prédica del vicario general de la Armada, monseñor Dionisio Napal. En un discurso pronunciado ante una multitud en la esquina de Junín y Corrientes -en pleno barrio de Once– el hombre acusó a los judíos de traidores y chupasangres, y caracterizó al socialismo como “una enfermedad judía”.

En su libro Nacionalismo y antisemitismo en , Lvovich recupera una crónica de esos días publicada en Di Idische Tzáitung. “Los curas comenzaron en Corrientes y Junín. Prosiguieron luego sus sermones contra los socialistas y los judíos, con la ayuda de la Policía, por todo Buenos Aires y los suburbios. El domingo organizaron una conferencia similar en la Avenida Sáenz y Esquiú, rodeados por policías y escoltados por bandidos locales que estaban armados con bastones de acero. Después del mitin partió una manifestación. En Caseros y Rioja pronunció el cura Napal un tenebroso y agresivo discurso”, relata.

La mano de obra en el pogrom

Además de la participación de las “fuerzas legales” –la policía y el Ejército– en la represión de las Semana Trágica en general y en el pogrom en particular, los testimonios de la época dan cuenta del accionar de diferentes grupos integrados por civiles.

La UCR en el gobierno, presionada por la derecha conservadora y temerosa del fantasmagórico “soviet argentino” se vio en riesgo y, además de ordenar las acciones de la policía y el Ejército, convocó a través del Comité Capital, a cargo de Pío Zaldúa, a más dedos millares de militantes para que salieran a las calles a defender a Yrigoyen.

En su editorial del 10 de enero, el diario oficialista La Época decía: “Conviene establecer con toda precisión lo que ocurre para disipar malosentendidos (sic) emanados de falsas informaciones. Se trata de una tentativa absurda, provocada y dirigida por elementos anarquistas, ajenos a toda disciplina social y extraños también a verdaderas organizaciones de los trabajadores… Jamás el Presidente de los argentinos cederá a la sugestión amenazante de las turbas desorbitadas”.

Pero las radicales no fueron las únicas patotas parapoliciales que se lanzaron a reprimir por fuera de la legalidad. A ellas se sumaron los grupos conocidos como “Orden Social” y“Guardia Blanca” -un grupo de jóvenes católicos organizado bajo un nombre evocador de la Rusia zarista-, que pocos días después de la Semana Trágica constituirían, junto a oficiales de la Armada y el Ejército, la Liga Patriótica Argentina bajo las órdenes de Manuel Carlés.

Víctimas y olvido

A un siglo de la Semana Trágica y el pogrom contra “los rusos” no se ha podido establecer el número exacto de víctimas, aunque todas las fuentes señalan que hubo alrededor de mil muertos y un número muy superior de heridos. Un informe de la Embajada de dice -con pretensión de ser preciso– que lo muertos fueron 1356, en tanto que la Embajada francesa contabilizaba alrededor de 800 víctimas fatales y más de 4 mil heridos.

El pogrom judío de enero de 1919 quedó oculto en el interior de los sucesos de la Semana Trágica

El pogrom judío de enero de 1919 quedó oculto en el interior de los sucesos de la Semana Trágica

En cuanto al pogrom, la única denuncia que se conoce es la del Comité de la Colectividad Israelita ante el Ministerio del Interior, donde se precisan “71 casos de ciudadanos israelitas heridos, golpeados y torturados por los uniformados en la calle o en las comisarías”Se estima que hubo alrededor de 180 muertos en la comunidad.

Durante muchos años, como si se tratara de una pequeña mamushka dentro de otra, el pogrom judío de enero de 1919 quedó oculto en el interior de los sucesos de la Semana Trágica que, a su vez, se fue transformando en un hecho cada vez más borroso de la historia argentina del Siglo XX.

Para Lvovich hay razones para que haya sido así:

-Me parece que no hubo el desarrollo de una política sistemática de memoria sobre los sucesos de enero de 1919, creo que debido a dos razones. En el campo del movimiento obrero, la marcada discontinuidad que implicó la crisis que llevó al anarquismo a su casi extinción y la muy posterior emergencia del peronismo, que provocó que no existieran portadores de una memoria obrera específica sobre la Semana Trágica. Tampoco hubo en el seno de la comunidad judías actores mayoritarios que desarrollaran iniciativas memoriales sobre los eventos específicamente antisemitas de 1919 – dice a Infobae.

FuenteInfobae
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