Como cada noche, de regreso a casa, algo cansado y con ganas de disfrutar los placeres que deja el trabajo. Y lo digo en plural pues un placer es el mismo trabajo, manteniendo la mente ocupada y el otro es llegar a casa sabiendo que fue un día productivo, en el que no sólo atendí a personas que deseaban algo y lo encontraron, sino que he aprendido mucho más de mis compañeros, pero principalmente de mis errores.

Me despido de mis compañeros que veré al otro día con más gusto, con más ánimo y con más fuerza, como si el paso del tiempo fuese una inyección de potencia.

Salgo a la calle, contento, alegre, feliz en dirección a recoger el fruto, pues no hay mejor cosecha que descansar después de haberse cansado limpiamente, honradamente, a sabiendas que al otro día será aún mejor.

Prendo un cigarro en lo que espero la pesera (sí, es pesera y no pecera. La pecera es para los peces. Se dice que se le llama pesera porque primitivamente costaba un peso, dicen…). Al fin llega la última que pasa, si no la abordo o salgo unos minutos más tarde del trabajo, tendré que regresarme caminando. No me molesta caminar, al contrario, me gusta. Nada más que en mi caso el recorrido a pie es de 40 minutos y de subida a las 11 de la noche. También eso me gusta, pero no es lo mismo salir a caminar que tener que caminar después de trabajar queriendo llegar a la casa.
Abordo la pesera, siempre saludando al chófer, que ya a esa hora tiene cara de cansado, ya ni siquiera tiene puesta la música y sé muy bien que ha trabajado mucho durante la jornada que está por culminar. Tuvo que “surfear” tráfico, atravesar laberintos, manifestaciones, claxonazos, y muchas cosas más. Lo menos que puedo hacer es saludarle mirándolo a los ojos y pagarle con cambio exacto. Y no existe excusa para no tener cambio si sé que abordaré la unidad a las 11 pm, tuve todo el día para conseguir $12 con cambio, es lo mínimo que se debe hacer cuando yo también trabajo, me canso y deseo llegar a casa a tomar un mate.

Para ser empático no es necesario haber hecho lo mismo que otra persona, ya que cada persona tiene una resistencia diferente, un motivo diferente para trabajar o para no estar en su casa o para llegar lo antes posible. Para ser empático es imperativo saber que existen millones de posibilidades en la mente de cada ser humano, abriendo la mente y comprendiendo que así como la araña cree tejer su propia tela, realmente cada telaraña une a una enorme sociedad. Y si alguien rompe aunque sea un pedacito mínimo de esa gran tela, toda la sociedad se viene abajo. Todos estamos unidos en una gran telaraña, entender eso es ser empático verdaderamente.

Pago mi pasaje y busco un lugar para sentarme en los 10 minutos que tardaré en llegar a casa. Lo bueno es que a esa hora sí hay lugares, al menos en esa ruta.

Como todos sabemos, la pesera a veces tiene una fila de dos asientos por lado y otra de un asiento por lado y a veces son dos asientos por lado. Muchos optan por sentarse del lado del pasillo cuando el asiento que está del lado de la ventanilla queda libre, por lo que se reduce el espacio, es decir que debes pedir permiso para sentarte.

Y es aquí donde quiero puntualizar el motivo de esta columna: hay quienes ponen caras de molestos cuando les pides permiso, como si estuvieras haciendo algo que les moleste. Y no hay más lugares que aquellos que están del lado de la ventanilla. Entiendo que sentarse del lado del pasillo es más cómodo para bajarse, ya que no se debe pedir permiso a quien se llegue a sentar del lado del pasillo, como si pedir permiso también fuera molesto.

La empatía, como dije anteriormente, es comprender que la sociedad es una telaraña en la que cada uno cree hacer la propia cuando realmente está creando (o destruyendo) de manera constante un puente social.

Sí esa persona se sentara en el lugar de la ventanilla mientras esté libre, no tendría que “molestarlo” pidiéndole permiso. Y si pensábamos así, tampoco sería molestia para esa persona pedir permiso para bajarse. Da la apariencia que para algunas situaciones, ser educado es una falta de respeto: no se debe pedir permiso y mucho menos no pedirlo. Se debe quedarse parado aun habiendo lugares disponibles, mientras el sentado se hace el que no ve.

P d: No olviden saludar al chófer al bajarse y decir “buenas noches, gracias”.

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Una vez…
No, me equivoqué, perdón. Comienzo nuevamente.

Muchas veces tuve la necesidad de pedir algo, lo que sea. Lógicamente, siempre anteponiendo o agregando un cariñoso “por favor”. Pues parece que las palabras por favor suenan golpeadas.

– ¡Marcos! Ya que estás ahí, ¿puedes bajarle a la estufa, por favor?

Cuando digo algo así creen que estoy enojado porque dije por favor. Por favor les suena golpeado, como si esa persona fuera mi “chalán” y yo estuviera comportándome como quien lo manda, estoy sobre esa persona y quiero aparentar superioridad frente a alguien inferior. Si no deseo que esa persona sienta eso debo decir “porfa” o “porfis”.

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“Voy atrás”

Y esta es, a mi parecer, la más terrible. Alguien va pa pasar por detrás de mi, tal vez por un reducido espacio en el que seguramente tendré que moverme o seré empujado. Claro, no hay opción a que pida permiso, que espere literalmente un segundo o menos para que yo me mueva y así pueda pasar. No, esa opción no es muy factible, tal como he dicho en la primera parte: pedir permiso es ser molesto y ser mal educado por tener que molestar la comodidad de otra persona que no tuvo empatía en la telaraña. Dicen “voy atrás” mientras ya están pasando, ya te están empujando. Esas personas no se detienen, cual trailer sin frenos en bajada con una carga de 32 T de dinamita en la que al final del camino le espera un muro de hormigón armado y perfiles de hierro de 5 metros de grosor con dos llantas ponchadas.

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Cuando vas caminando por la calle o por dónde sea, siempre habrá más personas, y eso es bueno, eso es la sana telaraña. La sociedad debe saber que cada individuo es parte de un todo, que hay más personas.

Muchas veces nos encontramos personas paradas o casi quietas, caminando a la menor velocidad posible en una vereda estrecha, o se quedan platicando entre dos o más o mirando el celular en una entrada o salida.

Ser empático es saber que esa telaraña existe, que las demás personas necesitan pasar. Nadie pide que corran, pero si que se corran, que no dejen el carrito del súper en cualquier lado estorbando; simplemente que sepan que la telaraña existe y las personas las usan de manera constante.

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Mi nombre es Gabriel Zaed y escribo bajo el seudónimo de Rob Dagán. Mi pasión por la escritura es una consecuencia del ensordecedor barullo existente en mis pensamientos. Ellos se amainan un poco cuando son expresados en tinta, en un escrito. Más importante es expresarse que ser escuchado o leído, ya que la libertad no radica en hablar, sino en ser libre para pensar, analizar.