Diario Judío México -

Si el número de personas con demencia habrá de duplicarse en sólo tres décadas, según un estudio publicado la semana pasada en The New England Journal of Medicine, donde se advierte sobre el inminente desbordamiento de las economías por el costo de la demencia en la salud pública nacional –por encima de cáncer y cardiopatías-, valdría la pena ponernos a hacer cuentas, pero sobre todo a reflexionar acerca del gasto emocional que esta terrible enfermedad provoca en quienes viven cercanos a la persona afectada.

Cuando las regiones del cerebro que sirven para percibir, pensar y actuar (áreas de asociación) se dañan y dejan de funcionar normalmente, por la causa que sea, entonces aparecen los síntomas de la demencia. Se afecta el lenguaje, la movilidad voluntaria, la capacidad para reconocer e identificar objetos y personas.

Llega el momento en que no puede organizarse el pensamiento para realizar cualquier cosa, en particular algo que implique cierto nivel de abstracción. La memoria, en las distintas variedades de demencia, tiende a diluirse – a veces de forma gradual, otras no tanto – hasta que la persona demenciada termina siendo incapaz de recordar nada acerca de sí misma, ni de la gente a su alrededor.

El desconocimiento involuntario por parte del paciente de sus familiares y amistades marca el punto de inflexión de mayor sufrimiento emocional.

Es casi imposible pensar que una persona “normal” pueda resignarse fácilmente a quedar reducida a un ente ajeno e indiferenciado frente a la mirada perdida de su enfermo. No importa cuánta información médica esté disponible, el trauma psicológico es inevitable y devastador para quienes se perciben como testigos impotentes.

Las causas más comunes de la demencia tienen que ver con la afectación neurológica de la estructuras cerebrales y de los vasos sanguíneos. En ocasiones, este daño es progresivo e irreversible, otras veces puede detenerse y revertirse.

Aún cuando la demencia se presenta en distintas edades, lo más común es que se asocie con el inexorable envejecimiento, particularmente después de los 75 años. Aunque no está por demás enfatizar que vejez NO es sinónimo de demencia.

Debido a que la pérdida cognitiva va dificultando hasta las actividades más simples, los pacientes tienden a aislarse sintiéndose desorientados.

Hay quienes no se dan cuenta de lo que les está ocurriendo y llegan a tener alucinaciones, delirios persecutorios y conductas extrañas.

Frente a este panorama resulta inquietante saber que el financiamiento destinado por la poderosa industria farmacéutica mundial al desarrollo de nuevos medicamentos está en picada a pesar de los promisorios avances en genética. Durante los tres años previos casi se han suspendido inversiones para nuevos tratamientos en depresión, trastorno bipolar, esquizofrenia y otras enfermedades psiquiátricas -incluyendo demencia.

En el entorno actual, donde Big Pharma se rige sólo por las ganancias económicas, el crear sociedades donde participen gobierno, academia e industria con el fin de reducir y compartir riesgos y costos, tal vez sea la única manera para poder prevenir o disminuir la demencia, antes de que olvidemos el verdadero sentido de nuestras vidas.

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