En estos días que conocen oscuros altibajos algunas páginas escritas por José Saramago danzan en la memoria. Nos remiten al relato de un pueblo que hasta algún momento conoció y elevó ordinarias oraciones a la muerte y a los muertos. Final humano previsible, imparable, que obligó a construir cementerios, aprender oraciones, prolongar si es posible lo inevitable, y, al fin, aceptarlo.

Les pareció evidente: Dios no habitaría los cielos y gobernaría a la humana criatura si ésta considerara que el irrefrenable fin no es más que una metáfora que nos diría que tal vez envejecemos, pero el cierre absoluto de la vida no habrá de llegar.

Y en y por estas circunstancias se difundiría un festivo carnaval: danzas en las calles, cierre de iglesias y cementerios, desalojo de gobiernos y policías por innecesarios, y el jubiloso olvido de metafísicos interrogantes. Pero al final – y sin final- la ausencia de la muerte reduciría el ánimo, cerraría el instinto y la reflexión, y daría término al humano amor. No cabe olvidarla.

Escenarios bien construidos por Saramago que ganan actualidad en estos días cuando noticias y discursos sobre la muerte y los muertos se difunden y multiplican en el mundo. Hechos que revelan- si pruebas se necesitan- la humana fragilidad y acentúan la angustia existencial. Lamentablemente, no suelen interesar a algunos gobernantes y políticos – desde USA a China – cuando festejan en los días que corren lo que han hecho y hacen, coronando y compitiendo con el número de muertos en sus países como evidencias de sabia conducta.

Lamentablemente, ni lágrimas ni dilemas existenciales vislumbro en esas tribunas que hoy – también ayer – politizan la humana finitud.

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Invitado por la UNAM llegué a México desde Israel en 1968 para dictar clases en la entonces Escuela de Ciencias Políticas y Sociales ( hoy Facultad). Un año después me integré a la CEPAL con sede en México para consagrarme al estudio y orientación de asuntos latinoamericanos. En 1980 retorné a Israel para insertarme en las universidades Tel Aviv y Bar Ilán. En paralelo trabajé para la UNESCO en temas vinculados con el desarrollo científico y tecnológico de América Latina, y laboré como corresponsal de El Universal de México. En los años noventa laboré como investigador asociado en el Colegio de México. Para más amplia y actualizada información consultar Google y Wikipedia.