Diario Judío México - En el Evangelio de Marcos, cap. I, v. IV, se lee: “paenitentiae in remissionem peccatorum”. Tal frase, interpretada epistemológica, filosóficamente, nos recuerda el luengo, perenne problema que plantea el justificar la aplicación de los conceptos a los objetos. Sólo la inteligencia divina, que es, dice Kant, “suprema”, es decir, la más amplia y alta y profunda, y “consumada”, esto es, no necesitante de datos, informaciones, noticias, y “originaria”, o sea, creadora de todo lo existente, lo existido y lo que existirá, y “perfecta”, o por mejor decir, ducha para conocer y pensar toda combinación situacional, capaz es de no errar, de predicar, o acusar, las esencias o notas esenciales de las cosas.

Planteemos literario ejemplo. En el “Quijote” (I, IV) el señor Quijana, enloquecido por el mucho leer libros caballerescos, exige a unos toledanos mercaderes que confiesen que “no hay en el mundo todo doncella más hermosa que la Emperatriz de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso”. Los mercaderes, que poco saben de estética, de noblezas, del “mundo todo” (como los del día), piden que la señora susodicha sea mostrada, retratada, para ellos poder predicar no falsedades, sino verdades, y salvar la conciencia de cargos, de pecados que luego causen doloridos arrepentimientos y remisiones. El señor Quijana, de jaez antepredicativo y dogmático amigo de la fe, responde: “La importancia está en que sin verla lo habéis de creer, confesar, afirmar, jurar y defender; donde no, conmigo sois en batalla, gente descomunal y soberbia”.

Dulcinea, nadie lo ignora, es fea labriega envuelta en bellezas por la fantasía de Quijana, que sin datos históricos (“mundo todo”), estéticos (“hermosa”) y políticos (“sin par”) afana que el prójimo sea dogmático, es decir, que fragüe conceptos sin correspondencia en la realidad. El dogmatismo, “mero conocimiento racional hecho de conceptos” (“Vernunfterkenntniss nach Begriffen”, B 760), desorienta el juicio. Juez, en asuntos jurídicos, de abogacía, es quien con conceptos enderezados hacia la idea de justicia arbitra quién es sin culpa, con culpa, sospechoso, no sospechoso, doloso, etc. Todo juez, para ser justo, humano, debe justificar críticamente (deducir) la relación entre, p. ej., los artículos constitucionales y los problemas nacidos en sociedad, como los mentados por los diez mandamientos bíblicos.

Sin justificaciones críticas, esto es, sin dudar de la veracidad de las palabras, sean escritas, como los testimonios literarios, u orales, como los discursos de los quejosos, y sin dudar de la universalidad de los hechos mostrados por los acusantes y los acusados, los jueces transforman las discordancias sociales en batallas entre descomunales (necios que porfían en lo experiencial) y soberbios (dogmáticos que sustancian las letras de los libros de leyes). Los jueces, para no ser dogmáticos ni escépticos, deben ser filósofos, hombres capaces de hilvanar todo lo humano no rapsódicamente (“Rhapsodie”, dice Kant), sino metódicamente, esto es, guiados por ideas. El filósofo, dice Kant, no es “artista de la razón”, “Vernunftkünstler” (no juega con el lenguaje para adaptar conceptos según sea conveniente), sino “legislador de la humana razón”, “Gesetzgeber der menschlichen Vernunft” (determina qué conceptos realmente aclaran lógica y materialmente las cosas).

La razón, que regula lo apodíctico (“Apodiktische”: lo evidente sensorial y lógicamente), con ideas rige las funciones lógicas del entendimiento (“Verstandes”: lo que conceptúa cosas ideales o reales y mediante conceptos reconoce cosas que a veces se muestran variadas), y tales funciones, que sirven para vislumbrar lo problemático (“Problematische”), lo posible (“Möglichkeit”), regulan la multiplicidad de lo empírico (“Mannigfaltigen”).

Quijana, verbigracia, exige fe, que es idea, y los toledanos mercaderes exigen experiencias, multiplicidad empírica. El primero, con puras ideas, que no son conceptos o referentes de cosas reales, no puede enjuiciar (enjuiciar es aplicar conceptos), pues las ideas son sólo funciones lógicas universales (“Allgemeine”) y necesarias (“Nothwendigkeit”) para fundamentar objetivamente los conocimientos, es decir, son demasiado grandes para ceñirse a los objetos singulares. Los segundos, con puras experiencias, que sólo urden descripciones, tampoco pueden enjuiciar verídicamente, pues toda descripción es singular (“Einzelne”) y contingente (“Züfalligkeit”), esto es, ilustra lingüísticamente cómo aparecen las cosas, mas no cómo podrían ser tales cosas. La desmesura de las ideas causa dogmatismo (como el de Leibniz), y la insuficiencia descriptiva causa escepticismo (como el de Hume).

El adunar insuficiencia empírica y desmesura proposicional llevó a Kant a decir que no conocemos los objetos, sino sólo representaciones (“Vorstellungen”, que en latín equivale, según el “Deutsches Wörterbuch”, a “demonstratio”, “ostentus”, “presentatione”) de objetos hechas de funciones lógicas y experiencias. Por ende, la de Kant fomenta la prudencia, la benevolencia (“in dubio pro reo”). Kant concluyó tales cosas escrutando o tratando de clarificar el mundo físico, que es mucho más simple, o menos complejo, que el mundo social. Los jurisconsultos, o jueces, no predican o juzgan objetos, sino sujetos siempre contextualizados, que son resultado de lo sociológico, histórico, económico, filosófico y político, que es hecho por intrincadas, casi infinitas cadenas causales. A tales intrincamientos llamaremos “situación”. De lo enunciado se puede inferir que casi todo quehacer jurisconsulto es harto dogmático, o por mejor decir, injusto (“in dubio contra reo”), y que lo sociológico, por no ser estático, matemático, no se conceptúa, sino meramente se expone (“Erörterung”, dice Kant) por ser dinámico.

Filosofemos, así, no conceptiva, sino expositivamente. Situación es disposición real de cosas, hemos dicho en otros artículos. Es real, y no distorsión ideal de las cosas. Pobreza, riqueza, felicidad, infelicidad, conveniencia, etc., por ejemplo, son términos o ideas que aplicados a cualquier situación distorsionan la realidad. Lo que es pobreza para el ambicioso, avaro, cuyas ideas son egoístas, es riqueza para el buen cristiano, p. ej. Lo que es conveniente para el acusante de ideas liberales, piénsese, es inconveniente para el acusado de ideas igualitarias.

La multiplicidad de ideas, nótese, causa relativismo y presenta metafísicamente cualquier situación. Metafísicamente significa: aquello que carece de datos sensoriales firmes (evidencias, testimonios), que parece ser sustentado por fuerzas invisibles (malicia, envidia, celo, odio), que puede ser expresado sólo mediante ciertos lenguajes (economicista, logicista, panteísta), y no mediante cualquier lenguaje, y que acata tal o cual teleología (cristiana, judía, taoísta, milenial, narcótica).

La mezcla de abigarramiento sensorial, de intencionalidad ambigua, de discursividad tendencial y de escatología, urde situaciones trágicas o cómicas. Muchas tragedias occidentales, como el nimio alimento, son comedias en Oriente, y muchas comedias orientales, como el egocentrismo infantil, son tragedias en Occidente. Sabedores de esto, los jueces o jurisconsultos debieran ser siempre sociólogos, y con epistemología sociológica debieran examinar lingüística y conductualmente las representaciones mentales de cada pueblo o ciudadano (tal la tesis, recuérdese, de Martha Nussbaum). Pero, es claro, tamaña labor es ingente, casi infactible. Pero no es misión nuestra dispensar soluciones técnicas. Nuestra misión es filosófica, es decir, el criticar los fundamentos lógicos y empíricos de todo enjuiciamiento abogacil.

¿Cómo “reconstruir” (término usual en sociología) o constituir (término zubiriano) cada problema legal sin padecer dogmatismos o empirismos? Sugerimos el siguiente método: 1) captar lo real, lo biológico, lo económico real (lo empírico), como dice Enrique Dussel en “20 tesis de ”, y 2) después captar las imágenes (las representaciones) dimanadas de tales realidades a través de la , como dice Nussbaum en “Justicia poética”, y 3) luego registrar las expresiones (representaciones dogmatizadas) en que se manifiestan esas imágenes a través del análisis de rituales, mitos, magia, como enseña Lévi-Strauss en “La pensée sauvage”, y 4) finalmente averiguar qué ideas rigen tales expresiones e imágenes (distinguir lo rapsódico de lo metódico) analizando el modo en que las primeras regulan los conceptos de cada sociedad, como enseña Kant en la “Crítica de la razón práctica”.

Planteemos paradoxales ejemplos. Todo acto o decir humano occidental, hoy, es forjado por eso que llamo “archiatomización social”. Nótese en las calles y en las redes sociales el social diasporismo con cariz tribal que causa que la gente afane distinguirse del prójimo (he aquí algo real, verificable) esgrimiendo argumentos fisiológicos, biológicos, psicológicos, es decir, arquetípicos (imágenes de superioridad masculina, femenina, etc.).

Tales distingos provocan el afán de desemejanza, y que con discursos locos (expresiones exóticas) se resemanticen las palabras. Esa resemantización se conforma mediante la constante dialectización, es decir, con el uso frecuente de jergas sólo inteligibles dentro de ciertos ambientes. El uso sistematizado de cualquier dialecto transforma las palabras en sistema metafórico. Y se sabe que todo sistema metafórico, por ser taxonomía mundana, se vuelve cultura, folclore, cosmología (ideas). El folclore, que es un hecho metafísico, después es hipostasiado, y tan solemne hipóstasis es raíz de nacionalismos, elitismos, clasismos, racismos, etc. (hoy los “ismos” son digitales). Lo mentado, en suma, será llamado “provincianismo”.

Y todo “provincianismo” distorsiona la realidad, es metafísico, o sea, es dogmático. ¿Cómo adecuar los conceptos dogmáticos del jurisconsulto, nacidos del romano provincianismo, a los conceptos del nuevo provincianismo? Todo provincianismo urde utopías, imaginerías sobre posibles mundos perfectos.  Hoy, merced a la tecnocracia, las utopías son “técnicamente factibles” (“technically feasible”), según dice cristiano escritor citado por G. Orwell. La tecnificación, y sobre todo la tecnificación informática, acarrea lenguajes racionalistas, y el racionalismo, siendo entreverado entre gentes más amigas del placer que de la felicidad y más amigas de la felicidad que del menester moral, configuró la racionalizada, hedonista sociedad actual (“rationalised hedonistic society”).

El hedonismo, dice Orwell, siempre es efecto de factores físicos (“physical conditions”), sean favorables o desfavorables. Todo se piensa, comenta, en términos contrastivos (“terms of contrast”). Donde hay hambre, nos explica, la gente imagina paraísos endoculinarios. Donde hay suciedad, luego, la gente fragua mentales paraísos asépticos. Donde hay gente provinciana padeciendo soledades, por ende, la gente cree que lo paradisíaco es lo cosmopolimultitudinario. ¿Posible es conciliar, piénsese, el concepto de “propiedad privada” con el concepto colectivista de “sectarismo” que hoy impera? Variopintos abogados me han dicho que los clientes que atienden (sobre todo clientes jóvenes y empobrecidos) son incapaces de distinguir las abstracciones lógicas de los términos “propiedad” y “usufructo”. ¿Cómo armonizar los filosóficos conceptos de la abogacía con el pensamiento denotativo, concreto y estático de las masas?

La abogacía debe arrostrar no únicamente el provincianismo, sino también el egoísmo fomentado por la archiatomización supradicha. Las masas, dice Raquel Seco, sufren “depresión” y “ansiedad”, que son enfermedades (lo real). Refiere que 20,000 filmes populares, luego de ser escrutados con beatos ojos, fueron inculpados por promover que los mentalmente enfermos son locos, violentos, etc. (imágenes). Los psicólogos del día, comenta, han resemantizado la palabra “enfermedad” con las palabras “mundo interior” (expresión), por lo que la insania es tenida hoy por nota primordial de la personalidad, del alma (idea antiquísima). Se dice por doquier que la personalidad propia, cual enigma, debe ser por los demás leída, interpretada. El malhumoramiento causado por el hermetismo, así, es moda, por lo que todo jurisconsulto, antes de enjuiciar, deberá recordar que el mental estado que enseñorea a millones de metropolitanos es el “blasée”.

Provincianismo y “blasée”, así, siendo las notas fundamentales de la moderna sociedad, invitan a la irresponsabilidad . En las redes sociales, nadie lo negará, se fomenta la misología, la estulticia (nota real), y todo se debate, resuelve o arbitra no con conceptos y raciocinios deliberativos, dialécticos o demostrativos, sino con íconos (imágenes). Iconizar el pensamiento, y no exponerlo con lógica y estética claridad, mimetiza cualquier pensar, y lo fija y paraliza (expresiones miméticas). Por eso Umberto Eco dice que toda iconografía procedente de los masivos medios de comunicación ostenta una como “fissitá emblemática”.

Cualquier fruidor desavisado, viendo filmes, p. ej., de superhéroes, notará que son no personajes literarios, sino meros maquinales arquetipos mediocremente animizados. Son, a decir del semiólogo italiano, “la somma di determinate aspirazioni colletive”. Las masas, así, además de provincianas y apáticas, son políticamente irresponsables, por lo que el jurisconsulto, antes de aplicar concepto alguno, deberá recordar que las “mayorías” (permítaseme usar el viejo término izquierdista) actúan teledirigidas, según término de Sartori. Que filósofos avezados mediten cuán libre es el albedrío de la gente moderna, y que nos digan si Kant, que dice que todo acto humano es orientado por la libre razón, esto es, que siempre es responsable de sus hechos, dijo verdades o falsedades.

Al provincianismo, al “blasée” y a la irresponsabilidad se adhiere la irracionalidad. El mundo, saben los que estudian achaques de poliquitería, es conformado por instituciones, y las que hoy dictaminan los gustos, las creencias, etc., son las empresas, que con propaganda disfrazada de publicidad mercantilista celebran no el bregar por fines, sino la antiteleología, ni el tesón, sino la laxitud corporal, y dicen que toda inclinación egoísta puede ser paliada no con sabiduría, bondad y valor, sino con astucia, y para demostrarlo se entrometen en las vidas privadas.

Resumamos lo meditado diciendo que el jurisconsulto, para dispensar justicia, debe ser “legislador de la humana razón”, es decir, debe atender sin sensiblería la realidad dogmática de eso que risiblemente llaman “modernidad”, y agudizar los conceptos que usa. Por ello debe recordar que la “masa irredenta” (el término es de Fidel Castro) ya no batalla por libertades, sino por ignorar la realidad, y que lo hace merced al ensimismamiento provinciano (el nacionalismo de Trump, p. ej., o el feminismo radicalizado, p. ej.), al normalizar los vicios (es moda, se dice en las redes sociales, ser gentes “tóxicas”, dañinas), al transferir responsabilidades (el obrero mexicano, p. ej., que es impuntual, no tecnificado, inconsciente políticamente, pero hábil al administrar acusaciones económicas), al oportunismo cínico (múltiples alumnos, p. ej., me han dicho que en el conocimiento vale menos que el amiguismo).  

Todo jurisconsulto debe ser sociólogo, y todo sociólogo debe ser etnólogo, y todo etnólogo es psicólogo, y todo psicólogo, por estudiar la mente humana, es filósofo, es decir, humanista.-

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Edvard Zeind Palafox   es Redactor Publicitario – Planner, Licenciado en Mercadotecnia y Publicidad (UNIMEX), con una Maestría en Mercadotecnia (con Mención Honorífica en UPAEP). Es Catedrático de tiempo completo, ha participado en congresos como expositor a nivel nacional.