Diario Judío México - Los seres humanos, los reyes del Planeta Tierra, nos hemos dotado de algunas organizaciones de alcance multinacional, para arbitrar conflictos y solucionar problemas globales a través de la negociación, sin llegar al uso de la violencia y las armas. La mas conocida es la ONU, fundada en 1945 y cuyo propósito principal es mantener la paz y la seguridad internacionales. Junto a ella conviven organizaciones menos universales que tratan de defender intereses menos planetarios y más particulares, como la OTAN (Defensa de los países occidentales), OPEP (mantener altos los ingresos del petróleo, a costa del resto del mundo), o la Organización Mundial del Comercio.

Por increíble que parezca,  aunque más de la mitad de las especies de la Tierra son agentes patógenos o parasitarios de la otra mitad, y han realizado devastadores ataques en el pasado contra la Humanidad, la única organización que tenemos los humanos para hacer frente a esta amenaza sistémica, con políticas de prevención,  es la Organización Mundial de la , que en 2019 tuvo un presupuesto ridículo de 3400 millones de dólares, cantidad que apenas es el doble que la capitalización bursátil de Mediaset, la empresa de entretenimiento con la que italianos y españoles disfrutan y se embrutecen en  las horas de confinamiento debidas a la pandemia del Covid-19.

La lucha de la Humanidad contra los patógenos y los parásitos ha sido, por increíble que parezca, siempre defensiva. Desde que nos hicimos sedentarios hace más de 11.000 años, hemos sufrido los sucesivos asaltos de la viruela, el sarampión, la peste bubónica, el colera, la gripe española de 1918, la gripe asiática (H2N2) en 1957, la gripe de Hong Kong (H3N2) en 1968, el VIH a partir de 1981, la gripe aviar (H5N1), o el , Ébola, y a la altura del año 2020, lo único que tenemos para hacer frente a estos ataques son los sistemas de nacionales de los distintos países, mas o menos dotados , dependiendo de los recursos económicos de cada uno. Hemos descargado, como animales que somos, nuestras esperanzas de vencer a los patógenos en nuestro costoso sistema inmunológico, y hemos dedicado nuestras capacidades tecnológicas y militares propias de las Guerras de las Galaxias a otros menesteres más cortoplacistas.

Los humanos hemos sido los protagonistas de grandes exterminios sistemáticos de especies a lo largo y ancho del Globo Terráqueo, sin más propósito que seguir vivos y bien alimentados. En Australia, cuando llegaron los antecesores de la población indígena, incendiaron progresivamente y gradualmente todo el continente, para acabar con los enormes marsupiales e ir comiéndoselos, cocidos en su propia piel, hasta que acabaron con todos. Así, eliminaron cualquier candidato a la domesticación posterior, y quemaron para siempre sus oportunidades de construir una civilización basada en la agricultura. De igual manera, cuando llego el homo sapiens a América, la cultura Clovis, inicio una carrera de exterminio de norte a sur eliminando sistemáticamente a todos los grandes mamíferos con el propósito de comer carne con el menor esfuerzo posible. Quince mil años después los microbios de la viruela que acompañaron a los conquistadores españoles exterminaron al 95% de los descendientes de los Clovis (Aztecas, Incas y demás pueblos amerindios).

Los parásitos y los patógenos han sido grandes actores en el escenario político y social de la historia de la humanidad, y, a menudo, guerreros sin escrúpulos como los  Yamnayas (4.500 aC), Atila (434 dC), Gengis Kahn (1.162 dC), Tamerlan (1.336 dC) o Hernán Cortes (1.485 dC) no dudaron en aliarse con los virus para vencer y sobreponerse a sus enemigos humanos del momento. Cuando la peste golpeo con dureza el Imperio Romano, el cristianismo y el islam se lanzaron sobre sus despojos, apoderándose del mundo clásico greco latino con la estafa de la resurrección de los muertos, sepultando a la humanidad en la Edad Media y demorando más de doce siglos la llegada de la Revolución Industrial y las libertades democráticas.

Aunque en un centímetro cubico de tejido cerebral hay tantas conexiones sinápticas, como estrellas en la Vía Láctea, los científicos de los mejores laboratorios de la Tierra no han sido capaces, desde 1981, de inventar una vacuna para el VIH. ¿Cómo es posible tanta ineficacia global, tanto fracaso de la inteligencia humana frente a un desafío que nos plantea un organismo tan primitivo y tan descerebrado como un virus? Sera verdad que, como dice Nicholas Nassim Taleb, que la mayoría de los científicos académicos pretenden innovar partiendo de una situación de comodidad, seguridad y previsibilidad, en lugar de aceptar que para innovar primero hay que meterse en problemas. Es decir, que la mayoría de las innovaciones proceden de descubrimientos fortuitos, mas que de la ciencia académica que tenemos en nómina.

El Covid-19 como sus primos, el resfriado, la tosferina y la gripe, solo aspira a vivir cómodamente entre nosotros (a nuestra costa) e ira dulcificando su virulencia, hasta que lo aceptemos como un incordio más de nuestra cotidianeidad. No obstante, esta sería una buena ocasión para la Humanidad, de crear una agencia dentro de la ONU, que centralizara los recursos ofensivos, militares y científicos, que nos protegieran de los patógenos, que en la zona ecuatorial de África y en China están preparando los sucesivos y futuros asaltos a la raza humana, que es el bocado más apetitoso, abundante y longevo con el que puede soñar cualquier patógeno terrestre. Urge la creación de este organismo ofensivo internacional, que profesionalice la lucha contra los patógenos y que dote a las naciones de todo el mundo de un liderazgo militar y científico profesionalizado, con unos procedimientos de combate unificados, que evitaran en el futuro los tristes casos de Italia y España lideradas en su lucha contra la pandemia por charlatanes elegidos democráticamente.

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