Los caminos de Sefarad

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Una memoria recuperada con rigor y con cariño. Así se puede se puede resumir el trabajo realizado para que la tradición judía en Aragón siga presente en nuestros días. Un buen ejemplo es la judería de Tarazona, que gracias a la labor de la Diputación Provincial de Zaragoza, la comarca del Moncayo, la fundación Tarazona Monumental y el consistorio de la localidad, puede presumir de ser la única aragonesa dentro de la prestigiosa Red de Juderías Españolas. Un trabajo lento, minucioso y preciso que ha recibido la admiración de los descendientes sefardíes de las personas que en ella vivieron. “Los judíos actuales valoran mucho la memoria y no quieren que los barrios en los que vivían sus antepasados se conviertan en un juguete para el intercambio turístico”, señala el profesor de la universidad San Jorge y especialista en la historia de los judíos, Miguel Ángel Motis.

La presencia de población judía en Tarazona se suele fechar en el periodo visigodo, pero debió de existir un núcleo hebreo ya en época romana. La importancia y poder de esta comunidad se afianzaron en la etapa musulmana aunque los tiempos de bonanza para la judería de la ciudad terminaron a mediados del siglo XIV, en una etapa crítica marcada por circunstancias adversas como la peste negra, las malas cosechas o el saqueo de la ciudad por los castellanos.

 


Vivir el pasado

Según indica Motis, en la actualidad la memoria de este pueblo se mantiene en una población que se siente orgullosa de su pasado. “La multiculturalidad que se vivió en estas calles hace que los vecinos actuales se sientan más íntegros”, asegura. Este es uno de los motivos por el que la recuperación de su legado se haya realizado con acierto. “Si la sociedad que las alberga no se cree el proyecto, las juderías son solo museos”, precisa. El trabajo de recuperación de estas calles que nos acercan a la memoria de la mítica Sefarad se ha concretado en la creación de guías –tanto audiovisuales como escritas–, en la restauración de monumentos y vestigios, en la instalación de una señalética con códigos QR y audioguías que permite a turistas y peregrinos descubrir todos los secretos de lugares como la Rúa Alta como de la Rúa Baja, los nombres que recibieron algunos de los enclaves tras la expulsión. Además, gracias al impulso turístico y a los talleres de empleo que han intervenido en las distintas fases de las restauraciones se ha promovido la creación de puestos de trabajo. Según destacan desde el municipio, este ha sido el segundo gran proyecto de restauración, después de la catedral.

A finales del XV el clima de tolerancia comenzó a sufrir altibajos, debido sobre todo a la presencia del Tribunal de la Inquisición en el Palacio Episcopal. Con la orden de expulsión de los judíos en 1492, las comunidades se dispersaron por el ámbito mediterráneo, aunque aproximadamente el 60% se convirtió al cristianismo para no dejar su tierra. “Los judíos creen que hay tres formas de desaparecer de la tierra: la física, que es la muerte, el olvido, y la invención. Para evitar que se produzca esta última en Tarazona se ha intentado que todos las actividades están avaladas por la documentación y las evidencias científicas”, reflexiona Motis. Esto se ha concretado en la publicación de varias monografías.

La religión judía siempre ha impregnado de su cosmovisión las vidas de las personas que la practican, de una forma más intensa que los cristianos. Así, pese a la expulsión o su conversión, sus tradiciones pervivieron durante varias generaciones hasta que acabó diluida y entremezclada con el resto de la población y formando parte del corazón de Tarazona. No en vano, nunca hubo diferencias evidentes. “Los judíos siempre han sido aragoneses con otras creencias”, concluye Motis.

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