El alemán Gisbert Lippelt, hijo de magistrado y arquitecta, vive desde hace 40 años en una gruta de la isla de Filicudi, en Sicilia. Había sido oficial de marina en un transatlántico, ahora vive con lo que la naturaleza le regala. Siguiendo las enseñanzas de los viejos agricultores del lugar, recoge el agua de la lluvia, las hierbas y frutas en las que es generosa la isla. No tiene corriente eléctrica y de noche lee con la luz de una candela; para hacer fuego, utiliza un espejo que concentra el sol sobre un hornillo. Gisbert es uno de los ermitaños del anticonsumismo, protagonistas de las imágenes del fotógrafo Carlo Bevilacqua, en exposición en Milán y recogidas en el libro «Into the silence.

Eremiti del terzo millennio» («En el silencio. Eremitas del tercer milenio»). Bevilacqua ha recorrido medio mundo para descubrir estos modernos ermitaños que viven en las antípodas de nuestro fragoroso quehacer cotidiano. Desde Italia a Estados Unidos, desde Inglaterra a Georgia, pasando por Francia, India y Grecia estos misteriosos amantes del silencio viven al interno de grutas, en vehículos caravanas perdidos en el desierto, en casas rústicas aisladas y lejanas de toda civilización.

«Los hay que en su propio refugio conservan cientos de libros, quien vive en la cima de una roca a decenas de metros de altura, quien contempla diariamente las montañas del Himalaya o bien quien un día fue músico de rock y ahora es un monje benedictino», cuenta Carlo Bevilacqua. El fotógrafo declara a ABC que se quedó fascinado con el mundo de los eremitas al visitar en Grecia los Monasterios de Meteora, donde en el siglo X d.C. empezaron a instalarse en cuevas de las rocas y en chozas al pie de impresionantes peñascos. Después encontraría a Gisbert Lippelt y le surgió la idea de adentrarse en las vidas misteriosas de quienes «en su necesidad de soledad, esta vuelve a ser un valor cada vez más apreciado», afirma Bevilacqua.

Todos se asemejan en haber hecho una elección radical para su vida. Sue Woodcock era una policía. Tiene más de 60 años y desde hace 15 vive en su pequeña casa de piedra sin agua corriente ni energía eléctrica sobre una colina de Yorkshire Dales, en el norte de Inglaterra. Pasa el tiempo cuidando a sus animales –perros, gatos, cabras y ovejas–, leyendo y escribiendo.

El italiano Piero Bucciotti («Swami» Atmananda, título de «maestro» en Tamil, recibido en la India), de 66 años, tras tortuosos caminos vitales encontró su refugio al sur de Italia, en Calabria. «En 40 años de vida como eremita he renunciado a todo, solo me queda la libertad». A menudo lo frecuentan en su «ermita» peregrinos en busca de paz.

En Georgia, el monje Maxime, de 60 años, perteneciente a la iglesia ortodoxa, vive desde 1995 sobre el espolón de una roca, a 40 metros de altura, donde reza y baja para cultivar su pequeña huerta.

Estos hombres y mujeres son un poco como islas que viven rodeados del vasto y misterioso mar de la espiritualidad humana. Han elegido libremente vivir fuera del mundo, demostrando que otras existencias son posibles. Pero en esta época de crisis y angustias varias hay muchos «eremitas» metropolitanos, forzados a vivir en estaciones, bajo puentes o en chozas. Son también como anacoretas invisibles, porque han sido cancelados por la indiferencia humana. Pero esta es otra historia.