Comida kosher y rezos a bordo. Una parte desconocida de la del transatlántico más tristemente célebre a 109 años de su hundimiento.

El final del siglo XIX y el comienzo del XX trajo consigo grandes movimientos migratorios. La gente huía del hambre, la violencia, las guerras, la pobreza y la falta de oportunidades en el “Viejo Continente” para probar suerte en el “Nuevo Mundo”.

Los judíos europeos vivían en carne propia todos estos sufrimientos y aparte sufrían de un flagelo aún peor: el antisemitismo. Desde los resabios del enrolamiento forzado cantonista, pasando por la segregación sistemática y llegando a las persecuciones y brutales masacres.

Esto explica porque una gran parte de los mismos optaron por escapar de la desgracia y “hacer la América”. Es así como en la lista de pasajeros del encontramos una gran cantidad de apellidos judíos. Prácticamente un tercio de los nombres eran hebreos. Y se estima que los judíos representaban un porcentaje aún mayor, ya que muchos fueron anotados con los nombres adulterados de los pasaportes falsos que se vieron obligados a conseguir para poder abandonar su Rusia natal.

Había judios en todas las clases del barco. Apellidos como: Cohen, Levy, Waller, Sirota, Dropkin, Meyer, Grinberg, Guershon, Birenbaum, y Rosembaum figuran entre ellos.

Un pequeño porcentaje eran adinerados y ocupaban cabinas de primera clase. Pero la gran mayoría eran inmigrantes sumidos en la pobreza que, con muchísimo esfuerzo, ahorraron lo necesario para costear los boletos.

Ellos ocupaban camarotes compartidos de tercera clase, mucho más cerca de las máquinas y lejos de la cubierta. Estos pasajeros fueron los que sufrieron el número mayor de bajas (totales y porcentuales) atribuidas, entre otras cosas, al laberíntico camino que debían recorrer para acceder a los escasos botes salvavidas.

La vida judía que hubo dentro de barco es sorprendente. La investigación de Eli Moskowitz que le otorgó su maestría y sirvió de base para su libro al respecto, nos permiten espiar una parte de dicho mundo. Aquí la tapa del original en hebreo: “Los judios del Titanic”:

El RMSTitanic, al igual que su barco gemelo el RMS Olympic, contaban con alimentos kosher. Al pie del menú de los platos ofrecidos en los transatlánticos de la WhiteStar se podía leer: “Opción kosher a disposición de los pasajeros”.

También contaban con vajilla diferenciada para comidas lácteas y de carne. Entre los tripulantes del barco encontramos a Charles Kennel que oficiaba como cocinero judío y rabino supervisor de alimentos. Lamentablemente, desapareció en la tragedia.

Ante la necesidad de acceder a cuartos compartidos, los judíos buscaban correligionarios, aunque desconocidos, para compartir la travesía. Si bien no contaban con un Sefer Torá a bordo, podían rezar juntos, compartir las comidas y hablar en idish.

Entre los pasajeros judíos de primera clase encontramos a Edith Rosenbaum, mujer de la moda que abordó el barco con 19 maletas cargadas de prendas con las que llenó camarotes enteros. Ella logró sobrevivir pero con ella solo se llevó las 19 llaves que abrían la valijas.

El pasajero judío más rico era Benjamín Guggenheim, magnate minero estadounidense. No quiso aceptar subir a uno de los botes y declaró: “Ninguna mujer se morirá por mi cobardía”. Ayudó a salvar a muchas personas y luego esperó su fin sentado en el barco. Su cuerpo no apareció.

Benjamín Guggenheim.

En el barco también viajaba el ex congresista y dueño de las tiendas Macys, Isidoro Strauss e Ida, su esposa. Ida optó por ceder su lugar en bote salvavidas a una mujer más joven y compartir el destino con su marido: “Vivimos juntos muchos años y así seguiremos, a donde vayas, yo voy”.

Natan Strauss, hermano de Isidoro, y su esposa, también debían abordar el barco pero, impactados por la pobreza y la piedad de los judíos de Palestina, decidieron quedarse un tiempo más ahí dedicados a la labor de beneficencia. Dicha acción salvó la vida de ambos.

Pocos fueron los cuerpos que se lograron rescatar, por lo que requirió de un intenso trabajo rabínico para lograr que los sobrevivientes de la sigan adelante. Es así como Tzivia Meisner y otras mujeres agunot (“encadenadas”) pudieron rehacer sus vidas.

Documento rabínico para las mujeres "agunot" del Titanic.

Entre los sobrevivientes de tercera clase encontramos a Abraham Iosef Heiman quién fue llevado a Nueva York y quedó profundamente sorprendido con las delicatessen (rotiserías) que ahí encontró. Al volver a Inglaterra abrió la propia y la llamó: “Titanics”.

Adolf Zelfeld era un perfumista rico y también logró sobrevivir pero al regresar a su Inglaterra natal, fue condenado al ostracismo por la sociedad por ser haberse salvado siendo hombre y de primera clase. Algunas de sus muestras de perfume fueron rescatadas del abismo del océano.

Otra pareja a bordo fueron los universitarios Sinaí y Miriam Kantor de Vitebsk que buscaban desarrollar sus carreras en América. Él falleció en la pero ella logró llegar a Nueva York. Días después del hundimiento, el barco CS Mackay-Bennett recuperó el cuerpo de Sinaí. Tras una batalla legal, Miriam logró recuperar las posesiones de su marido, incluido el reloj que estaba en el bolsillo del difunto. Ella rehízo su vida pero, hasta su fallecimiento, se preocupó de que todos los 15 de abril se lleven flores a la tumba de su primer marido.

La marcó a la comunidad judía y lo vemos, por ejemplo, en la prosa en idish del poeta Salomón Small: “Der Naser Kever” (La Tumba de Agua), y en la canción del jazán Iosele Rosentlatt “El Male Rajamim para el Titanic”, cuya recaudación donó a los familiares de las víctimas.


La adversidad existe ante todo proyecto. Siempre que alguien busca avanzar, surgen fuerzas que se oponen (prácticamente una versión filosófica de la Tercera Ley de Newton). Estás situaciones deben funcionar como potenciador.

Las trabas, las dificultades, hablan del impacto profundo que el proyecto va a dejar en el mundo. Cuánto más potente es el cambio que se quiere lograr, mayor es la oposición. También aplica a la inversa: más oposición, indica la mayor importancia del proyecto.

Cambiando nuestra forma de ver las dificultades, las mismas se convierten en un incentivo para continuar.

El pueblo judío es transversal a la de la humanidad por una sola razón: la misión de provocar un cambio en el mundo.

En honor de las víctimas del y de todos nuestros hermanos que se sacrificaron por sus sueños, levantemos este estandarte, convirtámonos nosotros también en generadores de cambio. Hagamos un mundo mejor, de nosotros depende.

Jonathan Berim (http://www.judaismoacademico.com/)
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