“No son ángeles”. Esa fue la caracterización que hizo el presidente Trump de los hace un par de semanas. Tiene razón, por supuesto, pero ¿qué nación es angelical? Me gustaría visitarla.

También es cierto que los ángeles no son buenos soldados. Los sí lo son y, con adiestramiento, asistencia, consejo y apoyo aéreo norteamericano, se alistaron para luchar contra el Estado Islámico, también conocido como ISIS, un bárbaro enemigo de los estadounidenses, de los y de otras naciones civilizadas. Esa alianza despojó al sedicente califato de los territorios que había conquistado, eliminando de paso a miles de terroristas, asesinos múltiples, violadores en serie y cazadores de esclavas.

Las Fuerzas Democráticas Sirias (SDF), comandadas por los kurdos, sufrieron más de 11.000 bajas. También se perdieron ocho vidas estadounidenses desde 2015, y cada una de ellas fue una tragedia. En términos militares fue un logro extraordinario, un modelo para conflictos prolongados de baja intensidad.

Ya saben lo que sucedió después, más o menos. El relato dominante en los medios dice que, en una conversación telefónica con el presidente Erdogan, el presidente Trump dio luz verde a la invasión turca del noreste de Siria pensada para expulsar a los kurdos. Otros sostienen que Erdogan no pidió permiso, sino que simplemente advirtió a Trump de que se quitara de en medio. “Turquía nos notificó una inminente operación militar”, declaró en rueda de prensa el secretario de Defensa, Mark Esper.

¿Cuál debería haber sido la respuesta de Trump? ¿Qué tal algo del tipo: “Tayyip, querido amigo, nuestros socios no os han hecho ningún daño. ¡No lo habríamos permitido! No obstante, has dicho que quieres una “zona segura” en tu frontera, y la tendrás. Y, lo que es más importante, sé que valoras nuestra alianza y jamás pondrías en peligro a las fuerzas estadounidenses. Ven a verme a la Casa Blanca. ¡Juntos lo resolveremos todo!”?

En su lugar, me temo que Trump no dijo gran cosa; como esperaba Erdogan. Consciente de lo ansioso que estaba el presidente estadounidense por retirar el pequeño contingente de operadores especiales que aún quedaban en el noreste de Siria, ¿qué posibilidades había de que incurriera en riesgo alguno de mantenerlos allí?

Las fuerzas turcas iniciaron enseguida las hostilidades contra los , abandonados y superados en armas. Unos días después, el vicepresidente, Mike Pence, y el secretario de Estado, Mike Pompeo, se apresuraron a ir a Turquía para intentar detener la hemorragia, en sentido literal y figurado.

Nuestros adversarios –especialmente Corea del Norte, la República Islámica de Irán, Rusia y China– habrán tomado nota. Cabe esperar repercusiones desagradables.

En cuanto a los aliados de y a los que nos gustaría incluir en esa categoría, ahora dudan de nuestra fiabilidad. Eso perjudica nuestros intereses. Por otro lado,  es una nación ideológica, lo que implica que también tiene valores. Creo que no traicionar a los compañeros de armas es uno de ellos.

Dicho esto, es justo recordar que Trump se vio en tal situación gracias a la debilidad, la vacilación y el mal juicio de la anterior Administración.

El Estado Islámico surgió tras la prematura retirada de las fuerzas estadounidenses de Irak en 2011, ordenada por el presidente Obama. Al principio, Obama quitó importancia a los sedicentes yihadistas diciendo que eran un equipo de segunda. Lo que sucedió, en cambio, fue que enseguida se hizo evidente de que se trataba de la versión 2.0 de Al Qaeda.

Tarde y con cierta desesperación, Obama decidió utilizar a los sirios para combatir al Estado Islámico. No había nadie más –desde luego, no Erdogan– a quien se le pudiera confiar ese trabajo.

Pero era una solución cargada de problemas, porque muchos de esos eran miembros de una organización (las YPG) vinculada a un grupo kurdo de extrema izquierda turco (el PKK) designado como organización terrorista por EEUU.

Puede que fuera esto lo que tenía en mente Trump cuando dijo que los no son ángeles. Pero los kurdos, como los estadounidenses, son variados, término que, bien entendido, significa algo más que ropa colorida y gastronomía exótica.

Cuando el Imperio Otomano y el Califato colapsaron tras la Primera Guerra Mundial, las tierras en que los llevan viviendo más de un milenio fueron divididas entre Turquía (donde suponen aproximadamente el 20% de la población), Irak (donde fueron víctimas de un genocidio bajo Sadam Husein, pero ahora gozan de una considerable autonomía), Irán (donde son férreamente oprimidos) y Siria.

Hoy, los 30 millones de de Oriente Medio son la nación más grande del mundo sin un Estado propio. Estoy convencido de que la mayoría de los no tiene mayor prioridad que preservar su cultura única, hablar su propio idioma (en realidad, tienen más de uno) y vivir libres de la opresión extranjera.

Les contaré una que quizá les ayude a convencerse. Hace unos años, cuando viajaba por el iraquí, me invitaron a cenar con Hero Talabani, matriarca de una distinguida familia kurda y reconocida patriota kurda. Al final del suntuoso ágape, planteé una pregunta impertinente.

Observé que Saladino, el gran conquistador musulmán del siglo XII, es honrado en buena parte de Oriente Medio. Saladino no era árabe ni turco. Era kurdo. Entonces –y ya formulé mi impertinencia–, ¿por qué no es considerado un gran héroe aquí?

La señora Talabani miró al suelo con los ojos entrecerrados y dio varias caladas a su cigarrillo antes de responder: “Kleeford, por favor, dime: Saladino… ¿qué hizo por los kurdos?”.

Entre las numerosas naciones musulmanas que hay en el mundo, los estadounidenses no tienen mejores amigos que los . Como nosotros, sienten aversión hacia los constructores de imperios, sobre todo hacia aquellos que afirman estar librando una yihad contra los no creyentes, los herejes y los apóstatas.

America First no debería significar America Alone, ha dicho Donald Trump. Sin embargo, EEUU está ahora más solo que hace unas semanas por un error que cometió el propio presidente; error que debería intentar mitigar con denuedo.

© Versión original (en inglés): FDD

FuenteRevista El Medio

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