Anteayer sorprendió el anuncio de que en un operativo militar estadunidense en el norte de , se había terminado con la vida del máximo líder del Estado Islámico o , de nombre Abu Ibrahim al-Hashimi al-Qurayshi. Según la versión dada por el presidente Biden, el susodicho jefe islamista, ante la inminencia de su captura, detonó una poderosa carga explosiva que voló el piso donde vivía, matándolo a él junto con 12 personas más, todos ellos miembros de su familia, niños incluidos.

Si bien el Califato Islámico establecido por en amplias porciones contiguas de Irak y había dejado de existir en 2019, tras la guerra emprendida contra él por una coalición global, aún existen células dispersas que controlan ciertas áreas y coordinan ataques como los ejercidos hace un mes para sitiar a una prisión siria, a fin de liberar a sus militantes. Miles de ellos están presos en cárceles en Irak y Siria, y la preocupación es que en vista de que las tropas estadunidenses se retiraron totalmente de e Irak en septiembre pasado, poco a poco el pueda reconstituirse potenciando el alcance de los actos terroristas que lo caracterizan.

Sin embargo, la peligrosidad de no es el único factor que llevó a la administración Biden a tomar la decisión de realizar el operativo que culminó con la muerte de Al-Qurayshi. Se puede especular que hay objetivos adicionales que tienen que ver con la necesidad de de cobrar relevancia de nuevo en el Oriente Medio, sobre todo tras la salida de las tropas de de Afganistán hace unos meses, salida que constituyó un fiasco en la manera como se desarrolló. Y es que desde 2009, tras tres décadas de un amplio involucramiento en la región, el público estadunidense empezó a manifestar su malestar porque consideraba que se estaba pagando un alto costo por dicha presencia que de poco servía para solucionar los complejos problemas de aquel vecindario.

Además, al haberse convertido en un gigantesco productor de petróleo y gas, resultaba mucho menos necesario invertir en asegurar el abasto energético que tradicionalmente provenía del  . La atención tenía que concentrarse más en China y el sureste asiático, de tal suerte que el interés en permanecer como actor relevante en el escenario mesoriental disminuyó notablemente.

Los cuatro años de la cadencia de Donald Trump mantuvieron esa tendencia, aunque asociándose con los regímenes sunnitas del golfo Pérsico como Arabia Saudita y los Emiratos Árabes, menospreciando con ello temas como el del respeto a derechos humanos y las prácticas democráticas. El abandono del acuerdo nuclear con Irán también significó un cambio de consecuencias trascendentes. Por otro lado, su aproximación al conflicto í-palestino, al privilegiar de forma desproporcionada al régimen de Netanyahu, echó por tierra el papel de mediador relativamente imparcial entre israelíes y palestinos que durante décadas habían mantenido las administraciones de Washington. No consiguió Trump su “acuerdo del siglo” entre esos dos rivales, pero sí gestionó los llamados Acuerdos Abraham, que normalizaron relaciones entre Israel, por un lado, y Emiratos, Bahréin, Sudán y Marruecos, por el otro. Las aspiraciones palestinas de independencia y establecimiento de su propio Estado quedaron así marginadas de manera ostensible.

Mientras tanto, otro poder se hizo de posiciones fuertes en la región. Rusia, largamente excluida de ahí, cobró un papel cada vez más preponderante en la última década. Tanto por su involucramiento en la guerra civil de Siria, en la que asumió el papel de protector del dictador Assad, como en su calidad de interlocutor activo con el régimen iraní de los ayatolas, Moscú pasó a ocupar muchos de los vacíos dejados por el retiro de los estadunidenses.

Es así que el reciente operativo en el que se descabezó nuevamente al ISIS, envía la señal de que Washington bajo las órdenes de Biden intenta recuperar presencia en el Oriente Medio y demostrar su músculo. No sólo por cumplir con su agenda antiterrorista, sino también para mandar el mensaje a su ciudadanía de que la administración actual es capaz de operar de manera contundente para proteger sus intereses nacionales, no sólo en la arena diplomática como lo hace actualmente en las negociaciones en Viena con los iraníes, a fin de restaurar el acuerdo nuclear, sino también en el campo de la guerra.

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Licenciada en Sociología egresada de la UNAM (1980), con estudios de maestría en Sociología en la UNAM y con especialización en Estudios Judaicos en la Universidad Iberoamericana. (1982-1985) Fue docente en la ENEP Acatlán, UNAM durante 10 años (1984-1994). Actualmente es profesora en diversas instituciones educativas privadas, judías y no judías.De 1983 a 1986 fue colaboradora semanal del periódico "El Nacional" tratando asuntos del Oriente Medio.Desde 1986 hasta la fecha es editorialista semanal en el periódico Excélsior donde trata asuntos internacionales.Es comentarista sobre asuntos del Medio Oriente en medios de comunicación electrónica.Publicaciones:"Los orígenes del sindicalismo ferrocarrilero". Ediciones El Caballito S.A., México, 1982.En coautoría con Golde Cukier, "Panorama del Medio Oriente Contemporáneo". Editorial Nugali, México, 1988.Formó parte del equipo de investigación y redacción del libro documental "Imágenes de un encuentro. La presencia judía en México en la primera mitad del siglo XX" publicado por la UNAM, Tribuna Israelita y Multibanco Mercantil, México, 1992.Coautora de "Humanismo y cultura judía". Editado por UNAM y Tribuna Israelita. José Gordon, coordinador. México, 1999.Coordinadora editorial de El rostro de la verdad. Testimonios de sobrevivientes del Holocausto en México. Ed. Memoria y Tolerancia, México, 2002.Redactora de la entrada sobre "Antisemitismo en México" en Antisemitism: A Historical Encyclopedia of Prejudice and Persecution". Ed. ABC CLIO, Chicago University, 2005."Presencia judía en Iberoamérica", en El judaísmo en Iberoamérica. Edición de Reyes Mate y Ricardo Forster. EIR 06 Enciclopedia Iberoamericana de Religiones. Editorial Trotta. , Madrid, 2007.Artículos diversos en revistas de circulación nacional e internacional.