Sus padres se llamaban Carola y Jacobo. Él era sastre y también se había recibido de rabino. En Polonia, Sara iba a una escuela judía y además estudiaba violín. Llevó una vida tranquila y sin mayores sobresaltos hasta que en 1939 el ejército alemán entró en Lodz.

La familia debió abandonar la casa donde vivían y mudarse a una habitación en un edificio del gueto judío en Lodz. En 1942 comenzaron las selecciones: los soldados alemanes elegían a grupos de personas que eran hacinados en vagones hacia los campos de concentración, la antesala de las cámaras de gas.

El trabajo en el gueto era obligatorio. El que no trabajaba, no comía. A Sara y a su madre las mandaron a una fábrica de sombreros. Carola estaba débil y no podía cumplir con las obligaciones impuestas por los nazis. Su hija, que tenía catorce años, se llevaba trabajo a su casa, preparaba una producción extra y la entregaba en nombre de su madre para que no le quitaran la carta de alimentación.

Su madre tuvo un niño en 1940. Sin embargo, el bebé vivió muy pocos meses. Carola estaba enferma (tenía tifus) y no podía alimentarlo. La familia no conseguía como alimentarlo. Casi al año su madre quedó otra vez embarazada, tuvo otro varón, que fue asesinado en el hospital, en una de las llamadas evacuaciones.

El gueto era dirigido por el Judenrat, es decir el gobierno judío que debía obedecer a los nazis. Al frente estaba el profesor Runcovsky, un maestro que había dirigido un orfanato, educando a los jóvenes y dándoles una salida laboral. Uno de los jóvenes que habían estudiado en el orfanato era Bernardo Rus, un hombre de 26 años que vivía a pocos metros de la casa de Sara. Jacobo solía conversar con él en la calle porque le parecía “un muchacho muy interesante, que daba gusto conversar con él”, y un domingo lo invitó a comer a su casa. Después, la madre le reprocharía haber traído a un hombre a quien la niña Sara miraba demasiado.

El enamoramiento fue mutuo e inmediato, pese a que ella solo tenía 14 años de edad. Empezaron a verse, y en una oportunidad él le contó que también había leído mucho sobre Argentina, donde estaban los parientes de Sara, y le dijo que cuando terminara la guerra podrían ir a vivir allí. Poco tiempo después, Sara y sus padres fueron arrancados del gueto.

En Birkenau les hicieron una nueva selección. A los hombres directamente los sacaron. Nunca más vio a su padre.

Sara y su madre fueron seleccionadas para trabajar en una fábrica en Alemania. Después de dos meses en Auschwitz, las ubicaron en una fábrica de aviones Fraia, en Freiberg (Alemania). En un turno nocturno, no vio los rieles que estaban en el piso y se cayó para atrás. Casi se corta en dos. En la enfermería, una médica rusa la trató como si hubiera sido una enemiga de guerra.

Después del accidente la mandaron a trabajar a la cocina como pelapapas. A veces podía comerse una papa cruda y también traficaba (en el forro de su abrigo) cáscaras y pedazos de papas para sus compañeras.

Un día de abril de 1945, ante la inminencia de la invasión estadounidense, se realizó el traslado (otra vez hacinados, en tren) de todos los trabajadores prisioneros hacia el campo de concentración de Mauthausen. Al llegar a la estación de trenes, los hicieron formar para iniciar una marcha de la muerte de varios kilómetros hacia el campo.
Cuando los nazis perdieron la guerra pesaba apenas 26 kilos. Su madre, 28. No podían caminar ni tenerse en pie. Sara estuvo tres meses prostrada, sin poder caminar, alimentada por suero debido a un reumatismo infeccioso.

Tras recuperarse, encontró a quien sería su esposo. Un rabino los casó y se fueron a vivir a Alemania, donde residieron entre 1946 y 1948 en un campo de refugiados del ejército de Estados Unidos.

En 1948, el matrimonio y Carola viajaron a Paraguay, ya que en Argentina no los aceptaron. Entraron ilegalmente al país a través de Formosa y, luego de muchos problemas de por medio, llegaron a Buenos Aires, donde se encontraron con el resto de la familia.

Sara tuvo a su hijo Daniel en 1950 y en 1955, a Natalia. Su hijo, que era físico nuclear, fue secuestrado por la dictadura militar el 15 de julio de 1977 junto con sus colegas Gerardo Strejilevich y Nélida Barroca en la puerta de la CNEA, donde trabajaba. Otros veinte físicos empleados de ese organismo serían detenidos ilegalmente durante la dictadura. A Daniel lo subieron a una camioneta. Esa fue la última vez que alguien lo vio. No hay testimonios que lo ubiquen en algún centro clandestino de detención.

Pidiendo por su hijo, Sara se incorporó a Madres de Plaza de Mayo. Desde 1978 concurrió todos los jueves a la Plaza de Mayo para marchar.

Actualmente, da charlas a niños y jóvenes sobre la Shoa y la Dictadura Militar.

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