A propósito del Museo del Holocausto de Jerusalén, tema de este espacio ayer, viene a la memoria una historia del escritor polaco-estadunidense Isaac Bashevis Singer. Su novela El esclavo (Plaza y Janés, 1984) se desarrolla en la Polonia del siglo XVII, cuando cosacos ucranianos destruyeron muchas comunidades judías y Jacob, un sobreviviente, es detenido por bandoleros y vendido a un granjero en las montañas.

Cuando es rescatado por otros judíos acaba separado de Wanda, la hija cristiana de su amo, de quien se enamora y a quien rebautiza como Sara, haciéndola pasar por muda para que se crea que es judía dada su poca habilidad con el yiddish. ¿Cuándo vuelve a Pilitz ya anciano en su búsqueda se entera de que ella ha muerto veinte años atrás y está enterrada fuera del cementerio judío. En ese mismo viaje, días después, perece también Jacob.

Cuenta Bashevis Singer: “Cuando el enterrador comenzó a cavar la tumba de Jacob, la azada tropezó con huesos. El hombre removió con cuidado y no tardó en aparecer un cuerpo que aún no se había descompuesto del todo, quizá porque el terreno era ahí hermoso y seco. Por el esqueleto y los trozos de tela, las mujeres de la sociedad de entierros dedujeron que se trataba de una mujer. Cabellos rubios cubrían todavía el cráneo, y muy pronto se hizo evidente que aquella era la tumba de Sara, que había sido enterrada sin sudario, cubierta con su propio vestido. La comunidad la había enterrado fuera, pero los muertos se habían acercado hasta donde ella estaba y la había acogido entre ellos. El mismo cementerio lo había dispuesto: Sara pertenecía al pueblo judío y era un cuerpo santificado. Pilitz estaba en conmoción”.

Siempre he pensado a esa Sara como una flor amarilla sobre la obra de Bashevis Singer, quien ha sido objeto de omisión en el Museo del Holocausto, que dedica un espacio a sus grandes hombres de las ciencias y las artes, como Freud, Marx, Kafka, Zweig y Einstein, entre una decena más, pero se ha olvidado del novelista, premio Nobel de 1978.