En el año 2001, el periodista Yves Charles Zarka le preguntó al ex Canciller e historiador Israelí Shlomo Ben Ami ¿Por que Europa ve con tan buenos ojos la causa palestina y con malos las acciones y políticas israelíes respecto a estos y sus vecinos? a lo cual este le contestó que Occidente tiene una imagen estereotipada respecto a los actores de ambos bandos y en base a ella forma su opinión:

… “El comportamiento de Israel en su enfrentamiento con los palestinos representa un papel terapéutico para la conciencia culpable occidental con relación al pueblo judío. Para Occidente, los palestinos, los árabes, los musulmanes representan el noble salvaje, en el sentido romántico del término. Se representa al oriental con los rasgos de un hombre dotado de cierta belleza, pero salvaje, por consiguiente, no puede ser juzgado de la misma manera que los demás…La conciencia occidental dice: Aunque nosotros hemos perseguido a los judíos, no somos malos por naturaleza. Durante dos mil años los judíos han vivido entre nosotros con una especie de superioridad moral debido a las persecuciones. Y en efecto, le hemos perseguido, hemos ejercido todas las formas de hasta ese punto culminante que fue el exterminio. Pero a partir del momento en que el pueblo judío abandonó la diáspora y se convirtió en un pueblo normal, ya no tiene ninguna superioridad moral sobre nosotros, su conducta es prueba de ello.
Llevando su razonamiento al límite, dice Shlomo Ben Ami, algunos medios de comunicación y algunos intelectuales europeos han llegado a aplicar el término genocidio a las guerras que Israel ha librado contra los palestinos y libaneses(1).”

En su libro, La Opinión Pública, Walter Lippmann (1889-1974) expresa que en el fondo de toda información hay una representación de la naturaleza humana, un mapa del universo y una versión de la historia. Esta emerge de un ámbito prejuicioso ya que las visiones neutrales no existen. La calidad de los pensamientos dependerán de si esos prejuicios son favorables o no a determinadas gentes o ideas.
Del gran caos del mundo se elige lo que la cultura ya ha definido, es decir se percibe de forma estereotipada. Cuando ese sistema está bien asentado, nuestra atención es atraída por aquellos hechos que sostienen nuestros preconceptos, a la vez que ignoramos los que la contradicen. El estereotipo no sólo ahorra tiempo en una vida atareada y defiende nuestra posición en la sociedad, sino que tiende amresguardarnos de los desconcertantes efectos de querer ver mundo estable, cuando no lo es y en su totalidad, cuando ello es imposible.

Un relato es en definitiva una combinación de realidad y percepción. El papel del observador es siempre selectivo y generalmente creador. La imagen que la agencia de noticias presenta es aquella que desea que el público vea. Los medios de comunicación exhiben los hechos de manera abreviada. Al llegar al lector, por ejemplo, todo periódico es el resultado de una serie de selecciones sobre los puntos que han de ser impresos, la ubicación que se les dará, el espacio que ocupará cada uno y el énfasis que tendrá. El informante, en general debe sortear la dificultad de expresar un mundo complicado mediante un vocabulario reducido ya que son menos las palabras que dominan los hombres que las ideas que tienen que  expresar.

Como dijo Jean Paul, el lenguaje es un diccionario de metáforas descoloridas. Por otro lado, las palabras no evocan la misma idea en la mente del lector que en la del periodista.

Pero además, el espectador realiza un esfuerzo estéril entre tratar de comprender la naturaleza limitada de las informaciones que recibe frente a la ilimitada complejidad de las cosas. Cada uno de nosotros vive y trabaja en un pequeño sector de la superficie terrestre, se mueve dentro de un círculo reducido de relaciones y además emplea un tiempo relativamente reducido para informarse, pero sin embargo, los hechos que nos llegan, despiertan en nosotros una imagen mental. En la mayoría de los casos, no vemos primero para luego definir, sino que definimos primero y luego miramos. ¿Que mejor criterio para el hombre sentado a la mesa del desayuno, que la versión del periódico concuerde con su propia opinión? En definitiva, señala Walter Lippmann, si suponemos que las noticias y la verdad son dos palabras que dicen la misma cosa, creo que no llegaremos a ningún lado.

(1) ¿Cual es el futuro de Israel?, Ediciones B, año 2002, pág. 167 y ss.

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Nací en Montevideo en 1967. Egresé de la Universidad de la República en 1992 con el título de Doctor en Derecho y Ciencias Sociales.Soy docente universitario en la cátedra de derecho comercial en la Universidad Católica y en la Universidad de la República, en las carreras de contador público y administración de empresas.Desde el 2008 soy columnista de Mensuario Identidad.