La última sinagoga en ha sido definitivamente abandonada. Tras meses de dudas, Zebulón Simintov finalmente decidió huir del país que había sido su hogar durante décadas, en el que aguantó incluso durante el primer Gobierno talibán. Su salida de se convirtió en una rocambolesca y agónica evacuación que se prolongó durante varias semanas y que incluyó un cruce de una frontera a pie, un grupo de presión estadounidense que se dedica a rescatar a “judíos en peligro”, un rabino en Turquía y un divorcio vía Skype. Un nuevo capítulo acorde a la propia vida del que ha sido conocido como el ‘último judío de Afganistán’.

“Ahora está en Estambul, a salvo, todavía no sabe adónde ir después, si Israel o Nueva York”, detalla el rabino Menachem Mendel Chitrik, director de la Alianza de Rabinos en Países Islámicos y uno de los artífices de la fuga de Simintov, en una entrevista telefónica desde Turquía con El Confidencial. Chitrik está en constante contacto con Simintov, a quien ha ayudado a encontrar alojamiento durante su estancia en Estambul. Este diario ha intentado contactar con el propio Simintov, quien ha declinado hacer declaraciones.

Simintov (62 años), judío nacido en la ciudad afgana de Herat, era especialmente conocido, incluso entre los taxistas de Kabul, que sabían hasta dónde vivía ‘el último judío de Afganistán’. Desde hacía décadas se encargaba de la vieja y casi ruinosa sinagoga junto a la que vivía en la capital afgana. Soportando décadas de guerra casi en soledad de una comunidad judía cada vez más famélica, mantenía el ‘kosher’ (alimentación judía) matando él mismo los animales, rezaba en hebreo y veía Afghan TV. Con el regreso de los talibanes al poder, pronto autoridades religiosas y asociaciones de judíos alrededor del mundo pusieron los ojos en la seguridad de Simintov, el último judío afgano del que se tenía constancia. Él, sin embargo, y como sostuvo en varias ocasiones durante los meses en los que los talibanes fueron reconquistando el país provincia a provincia, no quería abandonar lo que era su hogar, su calle, “su” sinagoga. “Conseguí proteger la sinagoga de como un león de los judíos aquí”, afirmó a ‘Arab News’.

“[Finalmente] tuvo que abandonar por la situación tras el regreso de los talibanes, teníamos que salvar su vida”, explica Chitrik. El propio Simintov relató ese punto de no retorno que lo forzó a tomar la decisión de salir del país: “Estaba en peligro cada día. Protegí la sinagoga durante años y ahora ya no tenía opción”, contó en una entrevista con el canal israelí Kan la semana pasada. No fue tanto los talibanes, asegura Chitrik, sino las amenazas de un más radical Estado Islámico local (ISIS-K) —responsable, por ejemplo, del atentado en el aeropuerto de y contra varias mezquitas chiíes en las últimas semanas—, el regreso de Al Qaeda y los ruegos de sus vecinos, que temían por su vida, lo que acabó persuadiendo a Simintov.

Simintov ya tenía, de hecho, experiencia con los talibanes durante su Gobierno anterior, de 1996 a la invasión estadounidense en 2001. En aquel entonces, Simintov y el único otro judío conocido en Kabul, Isaak Levi, cuidaban de la sinagoga, pese a que, en lo personal, se llevaban fatal. Según ha relatado Simintov en varias ocasiones a lo largo de los últimos años, Levi acusó a Simentov de robo y espionaje, mientras que Simentov contraatacó acusando a Levi de alquilar habitaciones a prostitutas o fabricar alcohol, un extremo que Levi negó que fuera cierto en una entrevista con el ‘New York Times’ en 2002. Los talibanes, que los acabaron conociendo bien, arrestaron a ambos, los golpearon, intentaron —sin éxito— convertirlos y confiscaron el rollo de Torá de la sinagoga, que nunca llegó a ser recuperado tras la caída del primer régimen talibán. Con la muerte de Levi en 2005, Simintov adquirió el sobrenombre de ‘el último judío de Afganistán’, al menos, del que se tenga constancia. En este nuevo régimen talibán, Simintov se mantuvo en sus trece hasta el último momento, semanas más tarde de que terminara la operación de evacuación de las tropas estadounidenses en el aeropuerto de Kabul. El 30 de agosto, el último avión despegó del aeródromo Hamid Karzai, obligando a Simintov a buscar otras vías más complejas. “Nuestra organización ayuda a judíos de países islámicos; cuando supimos que estaba en peligro y que quería salir, trabajamos para conseguir sacarlo [de Afganistán]. Lo convencí diciéndole que lo que [los que organizaban la evacuación] iban a hacer le salvaría la vida”, cuenta Chitrik.

Un autobús lleno de niños y cruzar a pie

Entre los que se interesaron por la evacuación del ‘último judío de Afganistán’ estuvo el rabino ultraortodoxo Moshe Margaretten, en Estados Unidos, quien dirige una organización llamada Tzedek Asociation, cuyo ‘motto’ es ayudar judíos en peligro alrededor del mundo. Margaretten se puso en contacto con Chitrik, quien detalla que ha estado trabajando con él y otros voluntarios durante varios meses para poder sacar a Simintov de Afganistán. Paralelamente, la organización de Margaretten actuó también a través de Moti Kahana, un empresario israelo-estadounidense que dirige una firma privada que ya se había encargado de evacuar judíos por ejemplo en Siria.

“Al final la evacuación no tuvo nada que ver con el Ejército de EEUU”, detalla Chitrik. Simintov y un grupo de mujeres y niños que iban a ser evacuados con él tuvieron que tomar un autobús durante más de cinco días para cruzar un desolado y los ‘check points’ de los talibanes. En un fragmento de vídeo del trayecto que los ‘evacuadores’ hicieron público a la cadena israelí Kan, se puede ver a Simintov rodeado de niños en el autobús atravesando un paisaje árido. De fondo, se puede escuchar las voces de los responsables del operativo de extracción advirtiendo que están cruzando un área especialmente peligrosa. El autobús los dejó en un lugar indeterminado de Afganistán —Chitrik no da más detalles— y tuvieron que cruzar la frontera hacia Pakistán a pie. Una vez ya en Pakistán, Simintov vivió “tranquilamente” durante unas semanas, antes de tomar el 17 de octubre un vuelo a Estambul, donde lo recibió Chitrik.

Pero todavía quedaba un cabo suelto. La Ley del Retorno israelí ofrece la nacionalidad a cualquier judío que quiera instalarse en el país, aunque sea extranjero, por lo que parecía la opción más sencilla para que Simintov encontrara una nueva vida. Sin embargo, una vez allí, Simintov podría enfrentarse a problemas con las fuerzas del orden por su negativa durante más de 20 años a conceder el divorcio a su mujer, que abandonó en 1998 y vive ahora en Israel con sus hijas.

Israel carece de tribunales de familia civiles, y todos los matrimonios se hacen en función de la ley religiosa, que, en el caso de la judía, prohíbe a la mujer volverse a casar si no tiene un ‘get’, el permiso de su marido para conceder el divorcio. A las mujeres separadas, pero cuyos maridos niegan el ‘get’, se las denomina ‘agunot’, o mujeres encadenadas en hebreo. En un intento de compensar una ley religiosa discriminatoria con las mujeres, la ley israelí presiona a los maridos para que concedan el ‘get’ de manera voluntaria. Tras 23 años y presionado por sus ‘evacuadores’, finalmente, Simintov concedió el ‘get’ a su exmujer en una ceremonia celebrada por Skype y oficiada por un rabino australiano del Beth Din de Sídney, una de las más importantes cortes rabínicas del mundo. La agencia AP fue testigo de parte del procedimiento.

No es la única “excentricidad” conocida de Simintov, “un hombre de mente muy independiente”, lo describe con tacto Chitrik, quien lo conoce desde hace años. Según testimonios de otros periodistas que lo entrevistaron durante los últimos años, era habitual que Simintov negociara un precio por la entrevista, a veces de un par de cientos de dólares, o que pidiera alcohol (muy difícil de conseguir en si no es por el mercado negro) como ‘regalo’.

Con la salida de Simintov de Afganistán, se cierra la historia de la comunidad judía en el país que, según detalla Chitrik, se remonta a hace miles de años. Manuscritos hebreos encontrados en cuevas del norte de confirman la presencia de una comunidad judía afgana al menos hace 1.000 años. A finales del siglo XIX, al menos 40.000 judíos vivían en Afganistán, muchos de ellos de origen persa huidos de Irán, donde eran forzados a la conversión. Como en otros muchos países de la región, la creación de Israel en 1948, que llamó a “los judíos del mundo” a instalarse en esas tierras, y el terremoto político generado —muchas comunidades de judíos en países árabes eran acusados de quintacolumnismo— generó un éxodo que diezmó las comunidades judías locales. En el caso de Afganistán, la invasión soviética en 1979 y el caos que le siguió terminó por sellar la extinción de los judíos afganos. La mayoría emigraron a Israel o a Estados Unidos. Nueva York cuenta hoy día con una comunidad de unas 200 familias judías-afganas.

En Egipto, por ejemplo, la próspera y floreciente comunidad de judíos egipcios es hoy día apenas unas seis ancianas. En Líbano, apenas dos centenares, en Siria, tras el estallido de la guerra, menos de una decena. En la zona, la comunidad más numerosa de judíos es la de Irán, unos 8.500 según el censo de 2021, y la Constitución iraní reconoce su derecho al culto y les destina un escaño en el Parlamento. Le sigue Azerbaiyán con 7.500 o Uzbekistán con 3.000. “Si hay paz, volveré a Afganistán”, ha afirmado Simintov en una de sus últimas entrevistas, antes de volver a sumirse en el silencio. Cuando vuelva a Kabul, confía, la última sinagoga seguirá en pie.