¿Para qué sirven las herramientas?

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Es más fácil realizar un cálculo matemático básico, compuesto por varias sumas, restas, multiplicaciones y divisiones, por medio de una calculadora. Eso es indiscutible. Así, casi no se pierde tiempo. Entonces el problema que resolvemos con la calculadora, más allá de la exactitud del resultado matemático, es el ehorro de tiempo. Y así, casi todos los aparatos eléctricos , electrónicos y hasta mecánicos, nos ahorran tiempo y fuerza física. Eso es de gran valor, por supuesto que sí. Pero de nada sirve tener una calculadora si esta no se usa al momento adecuado. O sea, no por tener una calculadora estarán resueltos esos problemas matemáticos, además hay que usarla. Y de nada serviría, siquiera, tener una calculadora si, por los motivos que sean, sabemos que no la usaremos. Es decir que, no por tener una herramienta que resuelve problemas, entonces los problemas estarán resueltos.
La llave de agua, la tarja, el jabón y la esponja no harán que los trastes estén limpios si estos no son utilizados.
Hace unos días le pregunté a un grandisísimo amigo mío si es feliz en su matrimonio, y no sin dudarlo unos instantes, mientras agachaba su mirada escondiéndose para que yo no me dé cuenta lo que sus ojos realmente decían, me contestó que sí. Su lenguaje corporal no decía lo mismo, y yo me quedé con la respuesta mayoritaria, dado que el 97,5% del mensaje que nos llega es el del lenguaje no verbal. Al ver esa escena le pregunté, muy a pesar de su respuesta verbal, por qué afirma no ser feliz en su matrimonio. Me respondió sentirse solo. Yo esperaba que me respondiera que él jamás me había dicho que no era feliz, pero ni siquiera se dio cuenta que dijo una cosa con sus gestos y otra con su voz, por lo que se convenció a sí mismo de haberme afirmado no ser feliz en su matrimonio.
Al poco tiempo de seguir la plática, entre algunos pormenores, a fin de no atormentarlo y desviándo un poco la atención, salimos a caminar en una noche maravillosa y fresca. Su semblante ya era un poco más relajado, pero aún apesadumbrado. Antes de despedirnos lo increpé de una manera ruda con una pregunta casi violenta e inesperada. Una pregunta que le detuvo el tiempo, los latidos, la respiración, sus movimientos, su mirada y su sudor. Le pregunté para qué se casó. Su mirada quedó fija en la nada, más fija que la de una estatua milenaria de duro alabastro. Su voz se entrecortó aun sin haber dicho nada. Su respiración se detuvo, sí, la misma que ya estaba detenida, se detuvo aún más. Su color de piel no era distinguible. No se podía saber dónde empezaba la parte blanca de sus ojos y dónde empezaba su cara.
Titubeando, primero en sus pensamientos y luego en su voz, respondió con total inseguridad que se casó para ser feliz.
Entonces le expliqué que las calculadoras no resuelven problemas, sino que hay que usarlas.
Si alguien cree que será feliz cuando haga tal o cual cosa, es porque al mismo tiempo afirma que de momento no lo es. Y si esto fuera real, que luego de tal actividad, entonces será feliz, es creer que por comprar una calculadora sus problemas estarán resueltos. O sea que el sólo hecho de casarse, firmar unos papeles, eso hará que toda infelicidad desaparezca y toda felicidad surja como por arte de magia, solamente por estar casado, por tener una “calculadora”. Pero las calculadoras no resuelven problemas, además hay que usarlas.
Tener un cuadro enorme con la foto de Albert Einstein en mi sala no hará que yo sepa la teoría de la relatividad.
Casarse no resuelve nada persé. El matrimonio es como una calculadora: debe ser utilizado para lograr las metas propuestas. Así nomás no resuelve nada. Es más, hasta crea más problemas, responsabilidades, gastos, compromisos y hasta falta de libertades en muchísimos aspectos. ¿Acaso eso, llamado matrimonio, puede ser utilizado como una herramienta para alcanzar la felicidad?
Depende. Si se sabe utilizar, por supuesto que sí. Una calculadora puede ser muy útil, pero si no se sabe utilizar, no servirá ni siquiera de adorno. Hasta será un estorbo sin saber dónde ubicarla. Si el matrimonio no se sabe utilizar, entonces cuál es la finalidad de matrimoniarse creyendo, casi convencidos, que por casarnos seremos felices.
En principio eso es afirmar que no somos felices. Luego, eso es arraigarse al desconocimiento del manejo adecuado de una herramienta creyendo, sólo porque sí, que eso nos hará felices aún sin saberla utilizar.
Por lo tanto, antes de adquirir un artículo debemos estar seguros que lo necesitamos. Y para estar seguros de su necesidad es imperante saber para qué sirve. Y no alcanza con eso, sino que además debe saber utilizarse. Pero además, saber que el problema que debemos resolver, si es que esa es la herramienta adecuada, y si es que sabemos utilizarla, algún día ese problema será resuelto. ¿Y luego qué haremos con la herramienta adquirida? Algunas cosas son muy baratas, fáciles de conseguir, y casi desechables. Otras cosas son muy costosas, muy difíciles de conseguir y quedan con nosotros para toda la vida. La única manera de deshacernos de algo así es tirando esa herramienta o alejarnos nosotros de la herramienta adquirida. Y eso no garantiza nada, ya que nadie nos quita lo bailado.
Entonces viene la pregunta, previa afirmación: la afirmación es que somos infelices y que el matrimonio nos hará felices.
(¿Nos hará felices o me hará feliz? Y si me hará feliz a mi, ¿acaso lograré la felicidad a sabiendas que para lograrlo tuve que aniquilar las oportunidades en presente y a futuro de alguien más?).
Todavía no pretendo responder, dado que aquí hay dos personas involucradas, y antes necesitamos saber si ambos están en el mismo canal, en el mismo dilema. Si ambos pretenden buscar la felicidad reconociéndose infelices y si creen que lo serán sólo por estar casados, y si saben o no utilizar la herramienta del matrimonio. Pero principalmente si están seguros que no es solamente el matrimonio aquello que los hará felices, sino especificame esa persona. Y si saben que una vez resuelto sus problemas, saben qué harán cuando ya sean felices. ¿De qué les servirá el matrimonio después de lograr lo que tanto anhelaron y ya lo han obtenido? Y peor aún, ¿sabrán que tal vez esa no sea la herramienta necesaria y que si la adquieren, después no sabrán qué hacer con ella en vista que no es lo que requerían para ser felices, o que no saben cómo funciona?
Muchas veces hacemos las cosas porque, en la sociedad que vivimos, nos han hecho creer que así debe ser, así tiene que ser a cierta edad. Viajamos a estudiar a otro país a cierta edad porque esa es la edad que se debe viajar a estudiar a otro país. Nos casamos a cierta edad porque creemos que esa debe ser la edad para casarse. Entonces, antes de viajar nos convencemos que necesitamos viajar, porque de otro modo no tendría sentido ni justificación el viaje. O sea que nos convencemos que eso que vamos a estudiar debe ser a esa edad, es algo que no lo sabremos nunca si no lo estudiamos, es algo que necesitamos saber, es algo que únicamente aprenderemos a esa edad y es algo que unicamente aprenderemos en ese lugar y por determinado tiempo de estadía. ¿No se esconderá nada, ninguna excusa personal, atrás de todo eso, como por ejemplo querer estar un poco a solas, fuera de la sociedad habitual por un tiempo, conocer otros lugares, ser un poco más libre, creyendo que así será, cuando realmente no siempre es así, pero nos convencemos que así será para no sentir culpa de la decisión tomada? También puede ser por no querer trabajar y así posponer unos años más las responsabilidades de la vida. Hay muchísima gente que va a la universidad, después al posgrado, el doctorado y aún por más. Y se la pasan estudiando sólo para no trabajar.
¡Que los hay, los hay!
¿Puede pensarse lo mismo de muchas personas que ven el matrimonio de la misma manera, que es una forma “elegante” de apartarse del presente?
Yo no creo que a mucha gente le guste escuchar música a todo volumen, pero lo hacen para que sus cerebros no puedan estar ocupados pensando en algo que los responsabilice. La música a todo volumen cubre los pensamientos.
¿Será que creen que el matrimonio es una salida a la realidad, a la libertad, a la felicidad, al mismo tiempo que, por sus edades y vivencias aún ni siquiera saben lo que significan esos conceptos y aun así los desean?
Antes de comprar una calculadora se debe saber que existe un problema, que la calculadora lo va a resolver, y que se sabe utilizar ¿no es así?
¿Quién te convenció que eres infeliz?
¿Quién te convenció que el matrimonio es felicidad?
¿Quién te convenció que sabes usar esa herramienta?
¿Quién te convenció que la necesitarás para siempre y que no la deshecharás una vez “resuelto tu problema”?
¿Quién te convenció que tu pareja piensa lo mismo que tú?
¿No sería mejor hablarlo antes entre ambos, a ver si están en el mismo canal?
Ahora supongamos que ambos están en el mismo canal: ambos están seguros que son infelices; ambos están seguros que el matrimonio los hará felices; ambos están seguros que es una herramienta que necesitarán por siempre, o sea que nunca conseguirán la felicidad, sino que aseguran que la felicidad es la tarea de estar en busca de la felicidad y no de haberla encontrado. O sea que afirman que serán felices buscando y no encontrando. ¿Y quién les dijo que para buscar la felicidad se necesita una pareja y debe ser esa persona y no otra?
Ahora supongamos que también están seguros que es imposible buscar la felicidad sin una pareja y que la pareja perfecta y única debe ser, para ambos, la persona que están eligiendo. O sea que todo cuadra a la perfección (en la supuesta suposición).
Pero la suposición más difícil de suponer es que sabrán utilizar una herramienta para tal fin, la mera búsqueda de la felicidad solamente, sin tener la experiencia de su complejidad.
¿Acaso es válido suponer eso? Para todo existe una primera vez y el que no arriesga no gana ¿verdad? (O sea que sí es un riesgo en el que nada ni nadie asegura el triunfo, pero en fin…).
Ahora vamos a suponer también que sí saben utilizar esa herramienta llamada matrimonio para ser felices ambos, juntos y/o separados.
Son expertos sin experiencia.
Entonces les preguntamos, los entrevistamos para que nos den esa fórmula, que nos digan y confiesen cómo se utiliza el matrimonio para ser felices. Y esto es lo que nos responden:
– “En principio, antes de ir al supermercado a realizar las compras, lo primero que se debe checar es la despensa, la alacena de la casa, para saber qué nos hace falta, de qué carecemos, qué tenemos demás que ya no nos sirva. Saber si lo que creemos necesitar es realmente lo que necesitamos o simplemente llenaremos un hueco. Y si eso que creemos necesitar lo utilizaremos de manera inmediata o sólo es por reserva. Y saber si lo que deseamos comprar lo sabemos usar o no, si nos va a gustar o no.
Cuando vamos a matrimoniarnos debemos saber qué estamos buscando en esa otra persona, pero eso es imposible si no sabemos de qué carecemos. Y una vez que sepamos nuestras carencias, estar seguros que esa persona tiene aquello que nos falta. Al mismo tiempo debe esa persona haber hecho el mismo planteamiento y saber de qué carece, estar segura que únicamente yo se lo pueda otorgar. De esa manera, el matrimonio se convierte en una fuente de aprendizaje, admiración y complementación. Y, de ser así, eso nunca tendrá fecha de vencimiento. Jamás podrá decirse ‘ya aprendí al 100% a ser eso que no era, que me faltaba’, dado que, gracias a esa admiración voy aprendiendo más y más a cada instante.
Entonces, en principio, el matrimonio es conocerse y reconocer cada uno sus carencias, aceptar que me caso para complementarme aprendiendo de mi pareja. Todo lo demás son condimentos de amor.
Entonces si te casas para ser feliz, que sepas que eso no es una carencia, sino una creencia, dado que la felicidad no depende de nada ni de nadie. La felicidad es el resultado de tus logros. La felicidad es ponerse metas e intentar, con todo el esfuerzo y constancia, alcanzarlas. La felicidad no depende ni siquiera de tus hijos, ni de tus hermanos, ni de tus padres. Esos son momentos de alegría, de mucha alegría, pero eso no es felicidad. Así que si buscas la felicidad en un lugar donde no existe, lógicamente no la encontrarás. Si buscas felicidad, la encontrarás en ti mismo, en tus metas, tus logros, tus esfuerzos, tu constancia, tus aprendizajes y tu experiencia. No confundas la alegría con la felicidad, y no busques un objeto sin saber si te hace falta o no. Y menos si lo buscas donde es imposible encontrarlo”.

Acerca de Rob Dagán

Mi nombre es Gabriel Zaed y escribo bajo el seudónimo de Rob Dagán. Mi pasión por la escritura es una consecuencia del ensordecedor barullo existente en mis pensamientos. Ellos se amainan un poco cuando son expresados en tinta, en un escrito. Más importante es expresarse que ser escuchado o leído, ya que la libertad no radica en hablar, sino en ser libre para pensar, analizar.

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