En medio de toda la propaganda política, entre este aluvión de ofertas y promesas acumulándose un día y otro también, con los medios "haciendo su agosto" con lo diez mil – sí, 10,000 – millones de pesos asignados por el Instituto Federal Electoral entre otros para tal efecto, el escribidor no se limita a analizar los efectos ni el destino de esa increíble, desigual, fantástica suma de billetes.

Lo único que puede hacer es llegar a la conclusión que México es un país rico, tanto más cuanto que al revisar los presupuestos electorales de otros países, llega a explicarse porqué los sudamericanos, entre muchos otros, nos miran para arriba.

¿Qué nación del mundo eroga tanto dinero – que supuestamente proviene de su hacienda pública – en llevar a cabo la elección de sus más altos funcionarios?

¿En qué nación del mundo se utiliza tanto tiempo, tantos meses para las campañas políticas?

Recordemos que en nuestro país tenemos elecciones cada tres años para diputados federales, cada dos para presidentes municipales, etc., y que en los estados se eligen gobernadores por pequeños racimos constantemente, según van terminando sus correspondientes sexenios.

(A estas no se refieren los diez mil millones. Se cuecen por separado).

Olvidemos momentáneamente el costo de todos estos ejercicios democráticos.

Vayamos a la médula, al principio de la libertad del voto y preguntemos:

¿Para qué vamos a votar? ¿Sabemos cuál es el objeto del voto nuestro?

- Es que quiero que haya un cambio en el estado de cosas -, se me contesta.

- ¿Qué cambio quieres, a cuáles cosas? –

- Es que la situación está muy mal –

- ¿A qué te refieres con "la situación"?-

- Hay cincuenta y seis millones de pobres en México; no hay seguridad, el narco y los 50,000 muertos, el dinero no alcanza, la corrupción está a todo lo que da, los políticos son unas ratas, etc.-

- ¿Y tú crees que con tu voto las cosas cambien? –

- Sí, a lo mejor el que viene las puede arreglar –

Este es el tipo de diálogos que se escuchan en nuestro medio. Por supuesto que hay otros muy diversos pero, en el fondo, todos son similares.

En ellos notamos que se quiere que alguien llegue a resolver lo que otros no han podido o querido lograr.

Lo que el escribidor no ha escuchado decir es:"Quiero elegir a un mandatario, a un servidor público, a una o varias personas mexicanas que cumplan con sus obligaciones, aquellas que la Ley y nuestra voluntad imponen".

En mi México hemos confundido los conceptos, las figuras. Con nuestro voto hemos elevado a la calidad de semidioses a quienes ocupan puestos políticos, les justificamos – o los medios nos han ayudado a hacerlo – sus desmanes, prepotencia y autoridad. Los vemos en los mejores restaurantes, seguidos de un séquito temible de guardaespaldas y ayudantes, mas eso también se termina, eventualmente.

La evidencia es pública: ¿Qué presidente, gobernador, munícipe, etc., al terminar su gestión, se ha llevado aplausos, o mejor dicho, quién no ha sido vituperado o tachado de mil y un adjetivos de descalificación?

El escribidor únicamente recuerda al ex presidente Ruiz Cortínez pasear por la colonia Condesa, la calle Iztaccíhuatl, solo, vestido de traje y corbatín y blanco sombrero de ala ancha, recibiendo los saludos de los vecinos. Todos los subsecuentes salieron del país o se enclaustraron en sus torres de marfil. Lo mismo puede decirse de la enorme mayoría de los ex gobernadores, a menos que hubiesen logrado otros puestos dependientes del erario público.

Entonces, ¿Qué nos hace falta como ciudadanos? Conciencia cívica.

¿Para qué sirve nuestro voto?

Para lo que NO sirve es para elegir "tlatoanis". Para lo que NO sirve es para encumbrar ineptos. Para lo que NO sirve es para quedarnos callados, ni para aceptar arbitrariedades o malas decisiones.

Nuestro voto sirve para exigir cuentas, así como los propietarios y los directores de las empresas nos piden cuentas de nuestra actuación y comportamiento en nuestro puesto, de nuestra productividad y probidad en el desempeño de nuestro empleo.

Nuestra Constitución – y sobre todo, nuestra inveterada costumbre – nos obliga a soportar períodos presidenciales, senatoriales y gubernamentales de seis años, diputaciones por tres, pero no establece que no podamos protestar cívicamente, como tampoco dice que debamos de aceptar ciegamente las enormes fallas de quienes elegimos en las urnas.

Nuestro México ha avanzado notablemente en cuanto a las Libertades en los últimos años. Hemos sido testigos y lectores de hechos y publicaciones que el escribidor, en su años de juventud, no se imaginó.

¿Para qué voy a votar? Permítase cambiarlo por otro encabezado:

¿Para qué quiero votar?

Quiero votar para, de una vez por todas, convencerme que tengo razones positivas, deseos insatisfechos, carencias en mi México que sólo con presentar mi credencial de elector y cruzar unos cuadritos no se van a solucionar.

Quiero votar para que mi sufragio sea piedra de toque, el impulso hacia algo mejor de lo que tenemos. Quiero utilizar mi voto como un recurso de auto-ayuda y convencer a otros de que podemos mejorar, reclamar, protestar y cumplir con nosotros mismos.

Si algo faltara, quiero votar para que se sienta que gracias a nuestro voto, quien salga electo, al puesto que sea, sepa que tiene apoyo pero, más que eso, recibe y acepta su obligación para con todos nosotros.

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Nacido el 30 de Enero 30, 1939, se considera oriundo de Orizaba, Veracruz, donde residía su familia y fue llevado a los tres días de nacido.

Su Creación Literaria abarca grandes reconocimientos como: Primer Lugar en los Certámenes XVIII y XIX del C.D.I., Mención Honorífica en el Certamen XX del CDI.

Dentro de sus publicaciones podemos encontrar: MI AMIGO ISAAC, EL CORAZÓN NO ES UN PASAJERO (Editorial Libros para Todos, EDAMEX).

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