Diario Judío México -

BUENOS DÍAS

Con humildad, enorme cariño y gratitud recibo el honor que me confiere la Universidad Anáhuac al otorgarme la Medalla Liderazgo Anáhuac en Comunicación 2012. Agradezco esta deferencia especialmente al rector Jesús Quirce Andrés, al Dr. Carlos Gómez Palacios, director de la Escuela de Comunicación, y a Laura King, coordinadora de Radio y Periodismo de esta misma facultad.

Queridos alumnos, maestros, directivos universitarios, familia y amigos:

Me refiero a los alumnos en primer término porque desde el día que me sorprendieron con la noticia de que había sido agraciada con esta Medalla Anáhuac en Comunicación, no dejo de pensar en aquellos días en los que yo también, como ustedes, ocupé una de esas sillas, soñando con ser una profesionista destacada, ávida de aprender, inmersa en un remolino de dudas e incertidumbre.

Quiero contarles tres historias de mi vida, puntos que al ser hilvanados permiten entender, quizá, por qué estoy aquí, por qué tengo el privilegio de dirigirme a ustedes… En todas ellas, como leit motif de mi existencia ha estado vigente la terquedad para alcanzar, la pasión –mezcla de osadía, tenacidad e ingenuidad–, el deseo de aprender y compartir, la decisión de ser insumisa, de no aceptar las reglas del juego, de reinventarme luchando contra injusticias, fanatismos, confort y mentiras.

La primera historia tiene que ver con parir al periodismo, con hacer callo.

Sin mayor conciencia me fui preparando para llegar a los grandes medios. Mientras crecían mis hijos me volqué al Comité de Padres de su escuela, cursé una maestría y un diplomado, y dirigí en casa revistas en las que era yo la mil usos: escribía, diseñaba, vendía anuncios y sólo me faltaba salir a vocearlas. Daba pasos para incursionar en los medios de comunicación y en 1994 llegó el momento.

No conocía a nadie en los periódicos nacionales y hubo quien me desalentó arguyendo que, sin padrino, nunca llegaría a ver una sola línea publicada. El Reforma nacía entonces. Respondió a mi llamada René Delgado: “Sé que han contratado a las mejores plumas de . Yo no tengo experiencia, pero quiero ser periodista”. Su respuesta fue contundente: no hay espacio. Insistí. Me conformaba con que leyera y evaluara textos míos, editoriales con respecto al despertar zapatista en Chiapas, quería saber si iba por buen camino. Fue amable, pero contundente: “no hay lugar”. Hablé a La Jornada, a El Financiero, a Proceso, a todos… ni siquiera me tomaban las llamadas. No perdí la mira: sería periodista.

Preparaba entonces mi tesis de maestría en Sociología sobre el campo mexicano y las reformas al Artículo 27 constitucional. Por casualidad conocí a un hacendado invadido por los zapatistas. Escribí un artículo y lo mandé por fax al periódico El Financiero –no soy tan vieja, pero aún no había Internet. Unos días después, el 17 de octubre de 1994, “Chiapas, ¿justicia para quién?”, apareció publicado a plana completa. Casi me desmayo…

Sin embargo, ese no fue el principio. Parí la carrera del periodismo dos meses después. Me enteré que casi un ciento de pequeños y medianos propietarios que vivían en Ocosingo, Altamirano y las Margaritas, los tres municipios invadidos por los zapatistas, llegaban a la capital para ponerse en huelga de hambre como un reclamo al gobierno por su actitud pusilánime, su incapacidad para hacer válida la ley. Se decían “víctimas de los zapatistas”, sus predios estaban gobernados por guerrilleros que les arrebataron casa, tierra y cosechas.

Contrario a lo políticamente correcto –porque el subcomandante Marcos gozaba de credibilidad como un seductor Ché Guevara que al fin traería la igualdad al mundo, un idílico y guapo salvador con pasamontañas que despertaba pasiones a granel–, incité a los huelguistas a que me contaran cómo, cuándo y con qué métodos se fue armando el movimiento guerrillero. La incertidumbre con respecto al zapatismo era total, en aquel momento no sabíamos cuáles eran las verdaderas intenciones de aquellos encapuchados que nos tiraron de la cama cuando soñábamos con el primer mundo. Todo se basaba en rumores, fanatismos ideológicos, manipulaciones y especulación.

Durante varios días me eché ahí, en Paseo de la Reforma, en los plásticos de los huelguistas para platicar con ellos, para ganarme su confianza. Convencí a una decena de los líderes que respondiera a mis preguntas para intentar reconstruir los comprometedores detalles, los momentos precisos de la historia. Discutían, intentaban recordar, conectar los eslabones.

Las conclusiones resultaron devastadoras, la mano de todos los santones del poder estaba involucrada: el presidente Salinas de Gortari, el Ejército y los altos mandos de la Secretaría de la Defensa Nacional, inclusive la Iglesia.

Me regalaron las copias de los casettes con conversaciones que interceptaron a los guerrilleros. Los zapatistas contabilizaban chocolates, así les llamaban subrepticiamente a las armas que iban atesorando. En franca oposición al movimiento armado y a la guerra que se avecinaba, estos huelguistas me contaron que, impotentes y temerosos, primero informaron a los comandantes militares de la zona y luego, como nada pasó, como el desdén de las autoridades fue absolutamente proporcional al incremento de las armas, buscaron la forma de mandarles informes y copias de las cintas al Secretario de la Defensa y al propio Carlos Salinas de Gortari. Lo lograron casi un año antes de que irrumpiera la violencia, pero nada de peso sucedió porque estaba más preocupado por alcanzar el Tratado de Libre Comercio con sus vecinos del norte, que por la pobre realidad del sur olvidado. Chiapas, en su soledad e injusto abandono, fue el caldo de cultivo ideal para bajarnos de la nube. Y no fue sorpresa, como aseveré en el reportaje: lo sabían todos.

Documenté también los mecanismos que usaban algunos párrocos afines a la Teología de la Liberación en su afán de hacer proselitismo por la causa guerrillera. La historia es increíble: llegaban a los pueblos, pedían que los indígenas hicieran pirámides humanas, los dejaban un largo rato soportando el peso de sus compañeros para incitarlos a reconocer que el cansancio de los de abajo obedecía necesariamente a “cargar sobre sus hombros a los de arriba”. Eran arengas demoledoras: “Si movemos la pirámide, tumbaremos a los que están arriba”.

Para mí, y creo que luego para los lectores, fueron espeluznantes revelaciones. Me sirvieron además, años después, para cimbrar al obispo Samuel Ruiz, quien más que dejarse entrevistar parecía empeñado en darme un sermón y, sólo con la provocación, logré sacarlo de su zona de confort para develar su esencia.

Escribí el texto sin saber si alguien se animaría a publicármelo y lo mandé por fax a cuanto medio vino a mi mente. Un par de horas después, René Delgado, el mismo que me había dicho que en Reforma no había lugar para mí, me llamó interesadísimo, me citó el lunes con el diskette. “No se lo ofrezcas a nadie más, es mío”, puntualizó. Era viernes en la tarde, corrí de una redacción a otra, convenciendo a los vigilantes para acceder al fax arguyendo que, “por error”, unas páginas mías habían llegado a sus oficinas.

Gozosa, ese fin de semana le di a leer el texto a un querido amigo, un hombre informado y gran lector. Me desanimó porque el de entonces era otro: “¿Qué no sabes en qué país vives? Con ese texto te van a mandar a matar”, me sentenció. Al fin lo había logrado: me habían abierto la puerta en el periódico y ahora resultaba que publicar ponía en peligro mi vida y la de mi familia.

Después de meses de absoluto deseo de llegar a las grandes ligas, ¿cómo podía decir que por miedosa no lo publicaría? Frente a René Delgado apelé a una salida “digna”. Mentí. Dije que la identidad de los entrevistados era dudosa, señalé que sus teléfonos de contacto no correspondían por lo que temía que la historia pudiera ser falsa.

René Delgado respondió: “Entonces suspenderé la portada”. ¿La qué? Cuando oí “la portada”, me fui de espaldas. Ignorante del espacio que ocuparía mi reportaje, pensé que, si acaso, me darían un fragmento en el último rincón del periódico. Se trataba del reportaje principal del “Enfoque”, con una entrada en la primera plana del periódico.

Me amaché y le confesé la verdad: era yo presa del más corrosivo miedo. René, empático y comprensivo, dijo que seguramente no me iba a pasar nada, pero reconocía que el reportaje era duro, abría la caja de Pandora. Me dio una semana para pensarlo. “Quizá sea la primera y última primera plana de tu vida”, señaló. Añadió una verdad contundente: “Los periodistas vamos haciendo callo con la experiencia. Tú eres novata y así, sin protección, te vas a dar un encontronazo contra la pared”.

Sufrí, lloré, cavilé, me armé de valor y regresé a la semana siguiente. El domingo 13 de noviembre de 1994, fecha en que se publicó “Chiapas, la otra versión: ‘Lo sabíamos todo'”, desde la madrugada esperé el Reforma sentadita en el garaje de mi casa. Al ver mi nombre en letras gigantes, o así las vi yo, quedé paralizada. Ahora sí me van a matar, pensé. El pánico fue tal, que imaginé que con sólo asomarme a la puerta me acribillarían. Nada pasó. La única consecuencia fue que el periódico recibió cartas aclaratorias, cartas de queja, cartas de apoyo. Respuestas civilizadas a un buen escándalo.

Así, reflexioné, se abrirían para mí las puertas del periodismo de grandes ligas. No fue cierto, tuve que seguir luchando. Y aún hoy, free lance por decisión, vivo buscando que mis trabajos sean publicados; soporto con estoicismo desafíos, agravios y desaires de entrevistados y editores, padezco miedo a raudales. No obstante, ello no es freno. Es motor.

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La segunda historia tiene que ver con aquello que llaman vocación. ¿Decidí ser periodista? No lo creo. Desde niña soy terca, curiosa, preguntona, ávida de aprender, pero no leía suficiente y no sabía escribir. Eso tendría que aprenderlo en el camino.

Estudié Comunicación por error. Hoy digo que quizá fue por suerte. Eran tiempos en que las Humanidades eran desdeñadas. Si eras bueno para Matemáticas, Química o Física era absurdo “desperdiciarse” queriendo estudiar alguna Ciencia Social, eran rollos para tontos. De hecho, muchos de los que llegaban a estas aulas era porque al consultar los programas de estudio, detectaban que no tendrían que volver a enfrentarse más a números.

En mi caso, al salir de prepa, incapaz de decidirme, estaba aceptada en casi todas las universidades del Distrito Federal, públicas y privadas, para estudiar desde Biología y Nutrición, hasta Literatura, Psicología e Historia del Arte. Había estudiado el área de Química-Biológicas en tercero de prepa, la más difícil, para evitar que se me cerraran puertas y, sobre todo, motivada por mis maestros que me incitaban a abocarme a lo único que verdaderamente era trascendente: las ciencias duras.

Una noche, platicando con un querido tío, con argumentos insulsos fue él descartando todas las carreras que había en mi mente. No podía ser psicóloga porque me involucraba demasiado en los problemas de otros. Como bióloga pasaría la vida en un aburrido laboratorio. De literata no había futuro, menos aún como historiadora del arte. Sugirió que estudiara una “carrera nueva”, de nueva no tenía nada, llevaba casi dos décadas en la Anáhuac: Ciencias de la Comunicación Social que parecía incluirlo todo.

El problema era que en la Universidad Anáhuac estaba inscrita en Psicología, que las clases ya habían comenzado y que Comunicación era la carrera más saturada. Al enseñarle mi certificado de prepa al rector Alfonso Samaniego me espetó: “Y este papelito, ¿dónde lo compraste?”. No quiso cerrarle las puertas a una matadita y así llegué aquí, soñando con estudiar dos o tres carreras simultáneamente para saciar mis afiebrados apetitos: Comunicación, y quizá, ya encaminada, inscribirme también a Biología y Arte.

Mi generación conjuntaba a la gente más loca de esta universidad, gente inquieta, creativa, revoltosa e insumisa. Lo paradójico era que vivíamos una esquizofrenia entre aquellos maestros que, en un eterno complejo para darle a las ciencias sociales carácter científico, se empeñaba en la investigación racional, mientras que otros se regodeaban en la libertad artística y creativa del individuo.

Maestros como Ángel Sáiz, el director de la carrera, buscaban enseñarnos a plantear hipótesis, hacer predicciones precisas mediante métodos rigurosos, cuantificar objetivamente el comportamiento y apelar a leyes y razonamientos irrefutables, definitivos, certeros y universales. Insistía él que Comunicación es poder y, basado en Marshal Macluhan, sostenía que el medio es el mensaje y que el impacto puede ser perfectamente medible.

El españolito Manolo nos enseñaba reglas de inferencia para silogismos como ponendo ponens y tollendo tollens, provocando la risa de latosos como Julián que no perdía ocasión para gritar: “Hay….cervezaaas”, y para provocar al maestro inventando chistoretes como “el suponendo ponens”. Oscar Koslowsky reprobaba a casi todos, lo suyo era la desviación estándar, las varianzas, raíces cuadradas, medias aritméticas, datos y tendencias. Y Gastón Melo nos mandaba a hacer investigación de campo: Lourdes aceptó ir a bailar ballet en la Alameda con tutú y zapatillas a fin de observar y medir respuestas y percepciones porque, según decía en un cartel con el que recolectaba monedas, no podía pagar sus estudios de danza. Lo paradójico fue que ¡hasta el tragafuegos contribuyó a su causa! Hacía tanto calor que, como metáfora, las monedas de su limosna le quemaban las manos, estaban ardientes, resultaba imposible levantarlas del suelo.

Incluso los maestros de publicidad cayeron en la trampa de este “rigor científico”, empeñados en hallar mensajes subliminales. ¿Si hay sexo, el consumidor comprará más? Según ellos había escenas eróticas en los hielos de las bebidas, en las cajetillas de cigarros, en los sundaes con plátanos, en los cómics de Superman, hasta en las películas de Disney. Mis compañeros asentían hallando apetitosas nalgas, senos y penes abultados donde yo, recordando el cuento “El traje nuevo del emperador”, difícilmente los veía.

Fastidiados de tanta teoría, hartos de ser “hijos de Sáiz”, comenzaron las revueltas y las migraciones masivas de los estudiantes de Comunicación. Muchos se fueron a la Universidad del Nuevo Mundo, que prometía ser más pragmática, pero los que nos quedamos tuvimos el privilegio de leer a pasto: Samuel Beckett, James Joyce, Herman Hesse, Aldous Huxley, George Orwell… gozar de clases de maestros inolvidables que en la línea científica y, sobre todo, en la veta artística nos marcaron para siempre. En mi caso estos últimos fueron la piedra de toque para enamorarme del arte, para entrevistar artistas plásticos y escribir, décadas después, Trazos y revelaciones.

Sarita Topelson, por ejemplo, nos enseñó a nadar con gracia en todas las corrientes del arte y la cultura del siglo XX. Cualquiera que haya pasado entonces por estas aulas, recuerda los apasionados desvelos en equipo para poder presentarle al salón –con videos, actuaciones, bailes y toda clase de recursos creativos– el tema que nos había tocado: cubismo, dadaísmo, surrealismo, musical, corrientes arquitectónicas como el Bauhaus o “el menos es más” de Mies van der Rohe. Fue Sarita una puerta grande para entender que el arte es la forma más intensa del individualismo, la rebelión del hombre ante el status quo, porque como parafraseó Picasso: el arte no es más que una mentira que permite comprender la verdad.

Igualmente geniales fueron las clases de de Nacho Durán, un experto en corrientes cinematográficas. Era tal su pasión por el séptimo arte que se sabía de memoria los parlamentos completos en italiano de Ladrón de Bicicletas de Vittorio de Sica; en francés los de Sin aliento, de Jean Luc Godard, personificando a Jean-Paul Belmondo en plena seducción a la guapa Jean Seberg; y los movimientos de cámara de El acorazado Potemkin, propaganda rusa muda filmada por Eisenstein en 1925.

Mario Nader, un genial gruñón, nos acercó a una cámara fotográfica y al cuarto oscuro. Me resultaba absolutamente conmovedor ver aparecer los grises inequívocos hasta alcanzar la magia del contraste. Nos enseñó a mirar con luz, a descubrir que nada está dado, que el blanco y negro es más que color. No perdía oportunidad para provocarnos, continuamente le decía a su adjunta: “Chamúscalos, Lola”.

Tuvimos hasta un seductor rockstar: Carlos Fernández Collado, recién doctorado en Michigan State University, artífice de que la ciencia podía ser atractiva. Discípulo de Erving Goffman, el padre de la microsociología, nos dio cátedras de interacción interpersonal, motivándonos a pensar, cuestionar, inferir y reconocer el “tratamiento de no persona”. La realidad es, decía, una simple construcción social, no existe. No estaba tan errado.

Fuimos una generación que rondó los límites nihilistas del existencialismo más embriagante, no le teníamos miedo a nada, éramos absolutamente inquisitivos, desafiantes y espontáneos. Nuestro salón parecía antro desde las 7 de la mañana porque todo el mundo fumaba, maestros y alumnos, algunos de todo y a todas horas, y la luz de nuestras aulas era la última que se apagaba en la universidad porque CCS era una fiesta de gozo, reventón y creatividad eterna.

Esta carrera a la que entré por error, me dio seguridad, me regaló licencia para preguntar, para seguir aprendiendo sin tregua, para vivir apasionada aquilatando las palabras, pisando el suelo, escuchando la voz de los silencios. He presenciado un trasplante de corazón o la fecundación de óvulos in vitro. Entrevistado Premios Nobel, luchadores y vedettes; políticos y genios del arte. Las psicologías, las filosofías, el arte y las incontables estadísticas que aquí aprendí, me regalaron herramientas para cuestionarlo todo, incluidos los dogmas sociales, religiosos, culturales o políticos, a sabiendas de que nada es absolutamente verdad, nada es eterno, ni siquiera las ciencias duras. Ciencia o no, Ciencias de la Comunicación Social, fue la universidad de la vida.

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Va la última historia y tiene que ver con mi condición de mujer. En mi casa, había un cierto resquemor de que perdiera el rumbo en el ámbito universitario, si iba a estudiar era mejor cerca de casa. Aunque mis papás –a quienes adoro y agradezco que estén hoy aquí y aplaudan amorosamente mis triunfos– me estimularon a ser “la mejor estudiante”, en el fondo aspiraban a que fuera una buena ama de casa y quizá en su mente mi carrera no era más que MMC: “mientras me caso”.

Yo fui hija de mi tiempo. La lucha por la libertad de la mujer es relativamente reciente. En , en el Código Civil de 1884 se estipulaba que las mujeres casadas eran “imbéciles por razones de su sexo”, por tanto tenían vedado realizar ninguna transacción con respecto a sus propiedades sin el permiso de su marido. La resistencia de una cultura machista, cristiana y conservadora, como es la mexicana, es tal, que esta legislación se mantuvo hasta 1927, las mujeres votaron hasta 1953, y, aún hoy, sigue siendo ardua la lucha para alcanzar la igualdad de género.

El feminismo, como sostiene Sara Sefchovich, es quizá la mayor revolución del siglo XX porque ha significado la crítica más radical a la tradición del pensamiento occidental y a la estructura del poder en todos los ámbitos: político, económico, laboral e inclusive al interior de la familia. Esperanza Brito, una de las feministas más aguerridas y relevantes en , transformó su vida a partir de 1966 cuando a los 35 años y con seis hijos en su haber se preguntó si su objetivo en la vida iba a ser 40 años más de pelar papas, doblar calcetines, peinar niñas e inventar guisos. Y no encontró el camino destruyendo su hogar, sino, por el contrario, fortaleciéndolo.

Gracias a ella y a muchas más mujeres que se revelaron al encierro, que alimentaron con fortaleza a sus hijos: hombres y mujeres, el feminismo ha ido provocando que las estructuras y la forma de pensar se tambaleen. La visión de género ha permitido poner en duda, proponer y adoptar nuevos caminos, a sabiendas de que no hay verdad única ni universal. Ha sido la subversión de todo un orden social, de una manera de pensar y de ver el mundo, ha sido una prolífica búsqueda.

Yo crecí viendo a mi abuelita materna Sara esconder en el clóset su único diploma que obtuvo ilusionada de ser escritora –el del Certamen del Día de las Madres de la fábrica El Calcetín Eterno. Lo obtuvo siendo adolescente y, ya casada, lo guardaba recelosa como si fuera una vergüenza que debía ocultar en la intimidad. Ella, y tantas otras mujeres frustradas, fueron un libro abierto; viéndolas aprendí que, para ser felices, las mujeres debemos gozar de un espacio propio, sin tener que pedir permiso.

Tuve la suerte de hallar un hombre que desde el primer momento entendió que para estar amorosamente atados, debíamos volar en libertad, y eso hace casi 30 años. Me casé con Moy en sexto semestre de la carrera, fue por eso que dejé la Biología para otra vida. Me embaracé en séptimo –mi papá decía que le salvaba el honor por un mes–; di a luz al terminar octavo y amamanté a mi pequeñito, la mascotita del salón, en noveno y décimo.

En estos jardines, en los que Salo creció y le conté sus primeros cuentos, aprendí que no hay imposibles para quien se atreve a soñar. Nada sería impedimento. Podía intentar ser esposa, mamá, profesionista y generosa amiga, porque creo fervientemente en el valor de la amistad, si mantenía la lucidez y disciplina para fijar la mira en objetivos claros, en metas paulatinas y alcanzables. Fui de las primeras en recibirme de mi generación ya con dos niños, Salo y Pepe. Seguí estudios de posgrado y siempre encontré cómo trabajar en casa para estar cerca de Salo, Pepe y Raquel.

Claro que no fue fácil, implicó dolorosos sacrificios en tiempos y espacios, jaloneos y culpas. Recuerdo alguna vez que frustrada, platicando con mi querida amiga Dileri, le confesé la envidia que me daba verla exitosa, ganando un sueldazo en una agencia de publicidad, mientras que yo pasaba los días entre pañales y sollozos, sin encontrar tiempo ni siquiera para leer. Ella respondió dándome una gran lección: “Tú no sabes cuánto quisiera yo cambiar mi portafolio por tu pañalera”.

El “éxito”, si existe como tal, desde mi perspectiva sólo se consigue en equilibrio y para la mujer no está peleado el ámbito laboral con el familiar, al contrario, éste se enriquece con el trabajo femenino. He visto a muchos y muchas encumbrados pagar una costosa factura al descuidar hijos, pareja y familia. En mi caso, Moy y mis hijos han compartido mis éxitos, luchas, preocupaciones, temores y fracasos.

Basta preguntarles para que vayan recordando historias. Octavio Paz colgándome el teléfono y luego mis desafíos para obligarlo a respetarme. El procurador de Quintana Roo gritándome a través de los micrófonos de Carmen Aristegui en CNN para silenciarme por el caso de la desparecida joven israelí Dana Rishpy. La frustración porque Shimon Peres accedió sólo a 5 minutos de entrevista cuando me preparé meses para el encuentro, y luego el convencimiento para que me recibiera de madrugada en su hotel. Las idas con Leonora Carrington a comprar el mercado, un erizo de quien finalmente me volví amiga. La persecución a Benjamín Netanyahu por toda la ciudad hasta que lo encontré en la Hacienda de los Morales y el jaloneo de su escolta que casi me acribilla. Ramírez y las luchas guerrilleras de los sandinistas en Nicaragua. Las enloquecedoras esperas a Julio Galán en Monterrey o a Daniel Barenboim en Chicago. Los alucinantes encuentros con Arturo Rivera quien sólo podía concentrarse empastillado y entre nubes de mota. Mi necedad por cuestionar a Reyes Tamez sobre su sexenio en la SEP y, tras sus negativas, mi propuesta de entrevistarlo ese mismo día en un vuelo de 14 horas o más a Santiago de Chile, como finalmente fue. La entrevista a un criminal en un vuelo público, de vacaciones, porque uno es periodista de tiempo completo. La peligrosa aventura de ir a los cuarteles de Arafat a unos días de su deceso. Conocer a Karen, la víctima del tsunami, o a Regina, una madre con SIDA…

Tener mi espacio propio, el periodismo, me ha permitido descifrar los hilos que impulsan la creatividad, develar móviles y mentiras de políticos y predicadores, desanudar las pasiones con las que tejen sus urdimbres los santones del poder, saborear las búsquedas de los científicos, rehuir a las verdades únicas y descubrir aquello que motiva las pulsiones humanas. Aprender y compartir.

Nuestra mesa ha sido espacio para la convivencia estrecha con amigos pintores, políticos, científicos, empresarios y periodistas. Desde Granados Chapa o Lorenzo Servitje, hasta creadores como Rojo, Felguérez, Carrington, Aceves Navarro o González de León. Para mis hijos, para Moy y para mí, mi oficio ha sido presenciar la historia en primera fila, la posibilidad de hurgar, viajar por el mundo y aprender en cualquier rincón.

Mi mayor éxito es ése: mi casa enriquecida con cultura y pasiones, mi pareja, mi familia. Tener mi mesa llena semana a semana, con hijos generosos que saben conversar, que han sido capaces de crecer como hombres y mujeres de bien, sabiendo comprometerse en el amor, en el trabajo y en la conciencia social. Hoy, además, con sus parejas, bien elegidas: Adela, Dorit y Jony; y con la “peque” Silvita, un remolino de vitalidad que seguramente enseñará el rumbo a los nietos que vendrán.

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Dije que serían tres, pero quiero hacer una referencia adicional con respecto a la ética en nuestra profesión, a la responsabilidad del comunicador. ¿Existe la objetividad? No. Somos seres humanos y, por tanto, dueños de un bagaje cultural, religioso e ideológico, sujetos a una manera de ser y percibir la vida, herederos de un tiempo y un espacio en la historia. Más aún, cada uno de los medios tiene dueños con ideologías e intereses propios a los que la mayor parte de los periodistas se pliegan, por necesidad y autocensura, y los consumidores se someten con ceguera e incapacidad analítica. Así, suavecito y cooperando se construye la realidad, así se han ido normando los criterios sociales y el status quo.

Grandes mentiras se han propagado porque subyace una ideología oculta y no declarada del medio, del comunicador, del contexto político o social en cuestión, inclusive del usuario. Como señala el politólogo chileno Manuel Luis Rodríguez: “No existe el comunicador, el periodista o el escritor aséptico, apolítico, impoluto, independiente o higiénicamente desprovisto de toda ideología y de toda inclinación política”.

Por tanto, debemos de ser responsables y suficientemente humildes con lo que transmitimos porque la visión siempre es parcial, porque desde donde nos coloquemos nunca lograremos contemplar la totalidad de una historia. Siempre algo imprevisto: un obstáculo, un puente, una desviación, impide tener la panorámica completa. La verdad, por tanto, siempre es relativa, dudosa, cuestionable y confirma lo que bien aprendimos en CCS. Uno: el medio es el mensaje. Dos: la realidad se construye socialmente.

Como periodistas o comunicadores debemos intentar mostrar todos los lados de una historia, comprobar fuente por fuente antes de publicar cualquier línea, escarbar aristas, analizar contextos, tratar de ser justo y transparente al presentar una temática.

Hoy, con medios más calientes en los que el usuario participa: internet, Facebook, Youtube o Twitter, cualquiera puede ser reportero independiente. La oferta se ha enriquecido con la rapidez y la transparencia de la tecnología que une al mundo, pero justamente eso –la rapidez y la transparencia– son nuestra condena si no tenemos capacidad de discernir entre lo importante y lo accesorio, entre el rumor y la noticia. Ser profesionistas responsables. Ser decentes. Ser éticos. Mi consejo es trabajar a conciencia, cuestionarlo todo, no traicionarnos aunque nos cueste el puesto. Nada vale más que ser congruente con uno mismo.

Aníbal, uno de los más grandes estrategas militares de la historia, estadista cartaginés, tuvo siempre la creatividad para buscar el rumbo. Cuando sus generales le dijeron que resultaría imposible cruzar los Alpes sobre elefantes, les respondió: Aut viam inveniam, aut faciam. Si no encuentro el camino, lo haré yo mismo.

En mi caso, ese ha sido mi motor, saber que si hay una puerta cerrada, se pueden buscar caminos alternos para llegar. Los incito a que ustedes también escuchen su corazón, luchen con pasión y sentido de la ética, cuestionen, vivan sus sueños y no los de otros, y dejen a su paso su huella única, su propio camino. Para eso vivimos. Sólo así se llega gozoso, sólo así se alcanza…

MUCHAS GRACIAS.

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2 COMENTARIOS

  1. Mi mas extensa felicitacion a una muy admirada y querida mujer.
    SILVIA eres muestra de triunfo y de larga tenasidad y esfuerzo!
    Admirable en tus logros y lucha muestras fortaleza con la que realizas tu trabajo
    Felicidades tengas con todos tus logros y que no olvides mostrarnos tu ejemplo mismo que hace motivo de sueños y creacion a otros.
    Me entusiasma leer de ti y ver con que sencillez llevas tus triunfos!
    Requerimos de guardar los miedos y debilidad en el cajon,salir con esa bandera de lucha etica y autenticidad que nos muestras para que salgamos del nido vacio en que las mujeres nos hemos conformado. Tu ejemplo me llena los ojos y a mi alma le llena de entusiasmo para crear aquello que siempre he querido.
    Deseo que este sea uno de muchos votos de ejemplo y admiracion por parte de muchas mujeres y que sigamos caminos que nunca han tenido veredas.
    Con cariño Alicia Cohen

  2. SILVIA, QUE HISTORIA MARAVILLOSA LA DE TU VIDA, MUY MERECIDO EL PREMIO, FELICIDADS!
    GRACIAS POR TUS CONSEJOS, YO DESDE ISRAEL, DONDE VIVO, SOY UNA ASIDUA LECTORA DE TUS INTERESANTES
    ARTICULOS, ERES UNA GRAN PROFESIONAL, UNA GRAN MUJER!!!!!!!!!!
    CON CARIÑO
    ESTHER KERSHENOVICH

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