A la memoria de Enrique Anhalt,
quien tuvo la pasión y convicción
para creer en el poder de las palabras
y, con ellas, enamorarme.
A la salud de Huberto Batis, quien mostró fe
en el futuro de mis palabras, publicándolas.

Señora May Samra Achar, Presidenta de la Asociación de Escritores y Periodistas Israelitas de . Miembros que conforman su Mesa Directiva. Señoras y señores.

I

La APEIM me ha colmado de honor al concederme esta distinción, la cual comparto con la escritora Esther Charabati. Expreso mi agradecimiento a los que tuvieron la gentileza de proponerme para este Premio y a todos ustedes por estar presentes en esta ocasión tan importante para mí[1]. El Premio APEIM 2009 “Manuel Levinsky,”

-escritor fallecido en trágica circunstancia- por vez primera me legaliza como escritora mexicana y judía que soy; es algo que me conmueve. Y doblemente porque fue justo en estos lares que conforman los jardines y terrenos del Centro Deportivo Israelita (CDI), donde el azar se alió con el destino cuando un domingo de 1952 alguien, de súbito, me presentó a un rubio apuesto que iba en camino hacia las canchas de tenis, con quien posteriormente me casé para vivir felices más de cincuenta años. Me emociona que este Premio, hoy, en este predio, trace en el espacio y el tiempo un círculo que a nadie asombra, sólo a mí porque lo reconozco.

Las preseas literarias, periodísticas, científicas, o de cualquier otra índole son valiosas y siempre se agradecen. Sirven, por una parte, para dar sentido a la obra premiada, al ponerla en relación con el paso del tiempo; y, por la otra, para dar a entender cómo esta obra se carga de propósitos para un futuro.

El historiador E. H. Carr considera la Historia como un río en el cual no se puede sumergir dos veces. Sin ánimo de contradecirlo -porque estoy de acuerdo con Carr cuando considera la Historia como un movimiento, un proceso, y no se puede tomar sólo un pedazo de éste para estudiarlo aisladamente- yo sí pienso sumergirme dos veces en ese mismo río. Lo haré porque no quiero que el proceso seguido en contra del capitán francés de origen judío, Alfred Dreyfus, quede perdido en las arenas del olvido. Considero que este affaire sirve como una especie de guía para nuestro tiempo.

En el 2003, después de doce años de haber trabajado en esta investigación, CONACULTA me publicó ¿Por qué Dreyfus? El ensayo de un crimen.[2] En sus 370 páginas, traté de reconstruir en toda su complejidad los “por qué” y los “cómo” sobre la verdad, antes, durante y después de este trágico proceso. ¿Cómo fue posible que el poder de la casta militar y del gobierno de Francia sacrificaran la verdad y, con su cohorte de cómplices, favorecieran la mentira, el engaño y los trucos, para irse en contra de un individuo, y, así, convertirlo en su chivo expiatorio?

Sabemos que la verdad puede ser ilusoria, pero hay que intentar siempre acercarse a ella aun cuando carezcamos de suficiente material sobre ésta. Así hice en el capítulo Cherchez la femme[3] , al tratar de reconstruir la vida de la espía madame Bastian[4] partiendo de hechos corrientes, o sea, del material que prácticamente no existe. Si algo aprendí durante los años que pasé desenredando los complejos hilos de esta madeja, fue concederle un valor muy alto a la investigación histórica. Y aunque los métodos y conclusiones sean diferentes, a posteriori caí en cuenta de que, aunque yo no sea historiadora, podía coincidir con la manera de pensar de algunos historiadores, como me pasó con Sir Lewis Namier (1888-1960).[5] Para él, la Historia tiene valor si uno se pone los zapatos de sus personajes y toma sus decisiones.

A mi me interesan los desvalidos de la Historia, la estofa -y no el estofado como podría haber dicho Guillermo Cabrera Infante- de la cual están hechas las víctimas. Y, ciertamente, Dreyfus fue una víctima.[6] Pero no sólo me concentré en él, sus familiares y en los generales del ejército que lo vilipendió y que fueron los arrogantes y ensoberbecidos victimarios, sino también en los seres pequeños, minúsculos -en especial a los que estuvieron tras bambalinas falsificando documentos utilizados en contra del capitán judío-. Si bien abundé en los aspectos esenciales de este affaire, también hice lo mismo con sus aspectos más superficiales. Es decir, guardando las distancias, si Heródoto, Plutarco y, sobre todo, Suetonio, eran dados al chisme, pues yo también. En esta historia -al igual que Guillermo Cabrera Infante hizo con la historia de Cuba- me tuteé con la CH mayúscula del chisme histórico. Mi intención fue estudiar la tierra, el árbol, las ramas, sus hojas, así como la salud y la podredumbre de los frutos de este infame proceso. Que después tuve que meter tijeras, o al revés, que tuve ganas de ampliar otros temas, eso ya no fue chisme… sino otra historia.

Lo que deseo consignar con el sentir del historiador Arnold Tonynbee (1889-1975) gira en torno de dos sociedades. Pueden ambas estar cronológicamente muy separadas entre sí y, sin embargo, ser mentalmente contemporáneas. Ahora bien, como creo en los paralelos históricos, quiero probar, aunque sea de modo sucinto e incompleto -pues el espacio y el tiempo no lo permiten- que lo pasado en el siglo XIX puede arrojar luz sobre el siglo XXI. Para los judíos, no sólo el XIX, sino todos los siglos han sido siglos de antisemitismo[7].

De acuerdo al patrón evolutivo con vista hacia el futuro, llama la atención las consecuencias funestas que este affaire tuvo, por ejemplo, para justificar un modelo indeseable de periodismo maligno, desinformador, manipulador y anti profesional. La histeria y la emoción que provocó han seguido prevaleciendo en lugar de la verdad y la razón. La moral no se entronizó, porque la inmoralidad fue la pauta a seguir. O sea, en la época de Dreyfus, como en la actual, el error y la mentira periodística se han convertido en terreno fértil, mientras que la ética se considera terreno estéril. Sin embargo, entre los efectos históricos peculiares que este trágico affaire provocó, hay algo insólito. En medio de esa atmósfera francesa contaminada de duelos, altercados, ahogada de una niebla cegadora y pantanosa de antisemitismo que hacía el aire de aquella época irrespirable, se dio el surgimiento de un espíritu ético de claridad simbólica superior con el advenimiento de los intelectuales unidos por vez primera firmando manifiestos.

Una pléyade de célebres y celebrados y escritores como Marie Cassat, Claude Monet, Marcel Proust, Anatole France, Roger Martin du Gard, Émile Zola entre muchos otros, salieron en defensa de Dreyfus. Otros, obviamente, tomaron el bando contrario. Y en ese espacio dominado por odio insaciable, la defensa de un ser humano se convertiría en lucha heroica a la que le negaron oídos y espacios. Bien mirado, la actitud es parecida a lo que hoy en día prevalece con el veto -por ejemplo en la sección de correspondencia de algún diario- cuando se trata de defender cualquier causa justa, pero que va en contra de los prejuicios del que dirige y controla ciertas parcelas de poder. Recordemos que el affaire Dreyfus exhibió, además, un caricaturismo desenfrenadamente soez, una comercialización sin referencia con juegos, barajas y cartelones; pero también un tipo de cine polémico, preocupado por la verdad y la justicia, como el de los Méliès y el de Charles y Émile Pathé, pero que al mismo tiempo sentaba un ejemplo de la intrusión del melodrama a la vida privada del individuo. Cine, ópera y teatro sobre este caso anticiparían las censuras por venir. No hago una afirmación disparatada al decir que la primera censura cinematográfica en el mundo la provocó una película sobre el caso Dreyfus.[8] Pero a su vez, como una compuerta que detuviera los abusos y maltratos sufridos por el capitán Dreyfus durante los cinco años pasados en la Isla del Diablo, se fundó en 1898, la Liga de los Derechos del Hombre.

El azar, como sabemos, determina quién se encarga del trabajo y quién obtiene el reconocimiento. Lo menciono porque, a muchas personas, antes de Teodoro Herzl, se les ocurrió la creación del Estado de . Ahora bien, quien quiera examinar ese milagro significativo que fue la creación de una patria mítica que cobijaría después a los sobrevivientes de la Segunda Guerra Mundial, a falashas,[9] palestinos, vietnamitas, rusos, entre otros, como ciudadanos israelíes, debe tomar como referencia obligada a Herzl durante el affaire Dreyfus.[10]

La historia del antisemitismo ha sido para los judíos un tapiz de malditos affaires recurrentes. La experiencia trágica por la que atravesó Dreyfus la han experimentado, con la muerte, muchos judíos desde tiempos inmemoriales. Esas víctimas, ¿estarán mirándonos? En todo caso, nosotros no las vemos y, lo que es peor, existen judíos indolentes que ni siquiera se interesan por escuchar esas historias. En la actualidad, ciertos medios de difusión y los gobiernos mundiales adoptan un antisemitismo disfrazado con el nuevo ropaje de “antiisraelismo”.

Me gustaría que en siglos futuros el antisemitismo se erradicase, pero entre las lecciones aprendidas de este affaire, estoy consciente de que estamos ante una “catarata inoperable”; sin embargo, no hay que rendirse ante ella, por el contrario, se debe seguir peleando y, quizás algún día, entrará la luz.

En enero de 2007, a más de 100 años del affaire Dreyfus, Gabriel Frydman, el rabino del templo Bet Israel, un viernes en la noche me concedió el honor de que, desde la bimá (el púlpito), dirigiese unas palabras a la comunidad sobre el proceso seguido en contra de Dreyfus. En aquel entonces, como lo hago ahora, di a conocer un inédito de suma importancia. Se trataba de un artículo firmado por el ex senador y Ministro de Justicia, Paulo Brossard[11], que mi amigo, el poeta Horácio Costa me envió desde Brasil, y fue una carta elaborada por Rui Barbosa, servidor del Estado Brasileño. Barbosa la escribió desde Londres, el 7 de enero de 1895, con el título: Uma Voz contra a Injusticia- Rui Barbosa e o caso Dreyfus. ¿Por qué traerla a colación? Aunque Marcel Proust haya declarado orgullosamente haber sido el “primer dreyfusista”, la sabiduría tradicional atribuye ese título de “primer dreyfusista” a Bernard Lazare, seguido de Émile Zola. El “Yo acuso”[12] de este último, cimbró la conciencia de muchos franceses. Pues bien, para “honra de Brasil”, como lo manifiesta el propio señor Brossard en su artículo, el primer defensor de Dreyfus en el mundo -hasta que no aparezca otro candidato- fue Rui Barbosa, ya que su carta fue escrita y publicada en 1895, tres años antes del “Yo acuso” de Zola (subrayado mío).

Hubiera querido traducir del portugués la misiva de Rui Barbosa para una nueva reedición de ¿Por qué Dreyfus?, mas no me engaño, las reediciones son quimeras de los escritores y no de los editores. Recuerdo que, cuando el libro se publicó y comenzaron sus presentaciones, pensaba que a algún colegio israelita de México, le interesaría dar a conocer mis hallazgos a sus alumnos. No fue así. Sin embargo, ¿Por qué Dreyfus? interesó a otro tipo de público. Fue, por ejemplo, finalista del Premio Villaurrutia de ese año, y se ha convertido en materia de estudio para la carrera de periodismo en [13].

II

Y ahora sí, me van a permitir irme por la tangente, que es una de mis manías favoritas. Siempre me he visto como una solitaria y francotiradora; más debo aclarar que una llega a donde debe, “a pesar de” y, “sobre todo por” la ayuda recibida de amigos, conocidos y hasta desconocidos. Quisiera agradecer y reconocer a alguno de ellos.

A Ramón Xirau, porque me orientó de modo impecable cómo resumir mis estudios. Una vez que puse en práctica sus consejos, yo, sin ser Quijote, pero como si tuviera a Sancho enfrente, me dije: “con las matemáticas nos hemos topado, Sancho.” Y confieso que estuve a punto de “aventar la toalla” y mandar los títulos universitarios al diablo. Felizmente no lo hice. Se lo debo a mi salvador. Así que, mi expresión de gratitud y alabanza va para Enrique Anhalt, mi querido esposo, siempre tan solidario; porque no sólo a mí, sino a otra compañera universitaria que andaba como yo aterrada ante esas fórmulas y misterios matemáticos, Anhalt nos dio clases durante ese semestre, hasta que sus dotes de maestro lograron el milagro de que pasáramos el dichoso examen. Mi agradecimiento a Martha Salinas y a Raquel Hodara, ambas ya fallecidas, por sus inolvidables clases: la primera sobre civilizaciones antiguas y la segunda sobre la Biblia. Mi gratitud a otros dos maestros, Alastair Reid y Faisal Saab, por haberme mostrado, ambos, el camino hacia la literatura. Y a Louis Panabierè (fallecido) por sus enseñanzas de parapsicología, existencialismo, estructuralismo y por todo el francés que sé gracias a él.

Ignacio Trejo, Alejandro Toledo, Daniel González Dueñas, Vicente Quirarte y Arturo Trejo, en México, fueron mis primeros amigos literarios. En especial, Ignacio Trejo, quien, generoso, se encargó de promocionarme. Alejandro Toledo también; fue el que me llevó literalmente de la mano a la redacción del unomásuno. En la oficina de Huberto Batis -el centauro Quirón del periodismo cultural mexicano, que no sólo lanzó al estrellato a algunos Apolos y Escolapios, sino a una serie de Frankensteins literarios, en una suerte de fusión- no culinaria sino lingüística, ya que estos críticos monstruosos, como los centauros, fueron mitad hombre y mitad bestias. De esa especie híbrida, surgí yo como centauresa y monstruo, pero eso sí: tropical. Y es que mi reseña inicial para Batis era de Valverde, un autor colombiano que en su libro celebraba a esa cubana maravillosa, Celia Cruz, cuyo canto enlacé con el vuelo del poema Altazor, del uruguayo Huidobro. Fue así como hice mi entrada, con el pie derecho, a sábado el mejor suplemento literario mexicano de aquella época, para picar piedra en el periodismo cultural. Una entrada a un nido cálido, pero cuyo piso estaba minado por patrulleros ideológicos, y en cuyas oficinas pululaban todo tipo de bichos y aves de rapiña, donde -por morbosa o por curiosa, fui feliz durante diez años- y del cual me vi precisada a salir con dos pies izquierdos-. Dicho sea de paso, por la importancia de su trayectoria como editor, maestro y divulgador cultural, Huberto Batis ha sido distinguido recientemente con la Medalla de Oro de Bellas Artes.

Ese primer espaldarazo de Batis no lo olvido, pues no sólo me dejó escribir de lo que me diera la gana, sino me complació el capricho -si bien después de una insistencia empecinada de mi parte- de convertirme en crítica cinematográfica[14]. Se lo agradezco públicamente.

Imposible olvidar dos espaldarazos definitivos de mis admirados Sergio Galindo y Octavio Paz. Galindo me apoyó para que, en Veracruz, se publicara mi libro Cine:La gran seducción[15] , nada menos que con portada y prólogo de José Luis Cuevas. En su editorial Vuelta, Octavio Paz, por su parte, dio a conocer en un que sostenía tremendo idilio candente con el “fidelismo”, el sentir del exilio cubano, con mi colección de entrevistas en Rojo y naranja sobre rojo,[16] precedida por los tonos azules en una pintura original por Severo Sarduy. En Cuentos inauditos, los míos nunca se vieron tan bien gracias a los bellos dibujos de Basia Batorska.[17] Su esposo, el poeta Gabriel Zaid, durante la gestación de ¿Por qué Dreyfus? hizo las observaciones más pertinentes que pude haber obtenido. Se las agradezco. Pero una de ellas, para mí, adquirió ribetes de terror.

El affaire Dreyfus había acontecido durante la época de Porfirio Díaz. ¿Qué pensó o dijo él al respecto? Para una persona como yo, que posiblemente haya sido la única en que durmió durante el temblor de 1957, será difícil convencer a otros que el insomnio se me apuntaló en el organismo a causa de esa interrogante. ¿Qué pudo haber dicho o pensado “don Porfirio”? Felizmente, contaba con la amistad de la historiadora Maty Sommer, y ella a su vez, contaba con el Centro de Documentación e Investigación de la Comunidad Ashquenazí de México. (Por cierto, para orgullo nuestro, este centro recibió, en 2009, el Premio Internacional de la UNESCO). ¿La verdad? Sí averigüé todo lo que pensó y escribió, no don Porfirio, sino su ministro de Educación, Justo Sierra. Durante el curso de la investigación, lo que salió de ahí fueron inéditos, verdaderas maravillas y joyas que apuntalaron ¿Por qué Dreyfus? Gracias, Maty. A Rosario Hiriart, amiga y editora en Madrid de mis cuentos A buena hora mangos verdes[18] mi agradecimiento por esa preciosa edición que reúne a la crème de la crème de la literatura cubana. (Baquero, Gaztelu, Florit, entre otros). Es un privilegio estar editada en esa colección que, como exigencia, requiere dos grabados de autor. Pero después de aquella experiencia matemática para obtener el título universitario, cualquier aprendizaje me pareció fácil.

La talentosa Claudia Shapiro ha sido mi fotógrafa de cabecera. Mi gratitud a ella por lograr el milagro de que la insoportable oscuridad de mis ojeras aparezcan con la levedad y palidez de un ser. Me honra que Martha Black Jordan, Judith Infante e Indram Amirthanayagam hayan sido los primeros en traducir mis cuentos al inglés. Seguirían Nancy Abraham Hall[19] y George Petty[20]. Éste último tradujo algunos poemas míos que se publicaron en una antología en EU.

Agradezco a Aysu Erden y a Ceren Yalçin -a quienes no conozco- la alegría que me han dado al ver algunos cuentos míos traducidos y publicados en el idioma turco; así como también a los editores, a quienes tampoco conozco, pero que en una antología[21] de poemas gestada en África, incluyeron, en español e inglés, mi poema “Balseros.” A Tobías Burghardt e Hildegard Stausberg -que tampoco me conocen ni yo a ellos- les agradezco la traducción y el que hayan elegido publicar mi cuento “Un hombre de enlace”[22] al idioma alemán.

Eso de que “no me conocen” no es del todo correcto. Por el contrario, la verdadera manera de conocer a un escritor es a través de sus palabras. Así que, aunque no los conozca, ellos sí me conocen. Del mismo modo, agradezco a Emanuele Bettini la traducción de poemas míos al italiano y, en ese idioma, a Gabriele Nanni el haber traducido y publicado mi cuento más conocido: “Shampoo d’affeto”. Asimismo, al escritor israelí Shammai Golan, por la felicidad que me produjo ver mi cuento “Champú de cariño” traducido al hebreo… gracias. A veces creo que con ese cuento podría pasar lo mismo que con el “El alfiler” del peruano Ventura Calderón. En cualquier antología aparece. Da la impresión que fue el único que escribió. Para evitar ese posible mal entendido he reunido los míos -cerca de 90- y están en lista de espera para ser publicados en una editorial.

Agradezco al poeta Mario Bojórquez, haber sido un editor empeñoso y empeñado en publicar mis aforismos en la plaquetteCrítica Apasionada.[23] Y a Jorge Poo (fallecido) la publicación de mi libro de entrevistas con más voces del exilio cubano: Dile que pienso en ella[24] . Linda Dabbah se interesó en mi obra para una tesis en la UNAM -desafortunadamente obstaculizaron mi presencia-. Pero ha surgido otra crítica intrépida, la curadora de arte Guadalupe Ocampo, que lleva años lidiando con mis escritos para culminar su tesis. A ambas mi gratitud y reconocimiento por perder el tiempo con mis libros. Al creador de Denise, EKO, el caricaturista que posee el mejor sentido del humor y de la ironía descarnadamente eróticos, gracias por haberme caricaturizado. A los poetas Manuel Ulacia (fallecido), Belkis Cuza Malé, Homero Aridjis, Jennifer Clement, Víctor Manuel Mendiola, Juan Domingo Argüelles, Efraín Bartolomé, Manuela Prego; a las editoras Maria Elena Ruiz, Dulce María Méndez, al cuentista Víctor Gurwitz; al dramaturgo Rodríguez Mirabal, al escenógrafo David Antón; al pintor y cineasta Tufic Makhlouf, a la escultora Dina, a la pintora Marylin Dana, a la periodista Elba Szclar, al novelista Fernando Vallejo, a Pilla, Marie José Paz, Miriam Gómez, Zoé Valdés, Margarita y Jorge Camacho, a la fotógrafa Laura Cohen, al pintor Alan Glass, a Margarita O. Castro, a Sofía Garmizo, -y a muchos más que faltarían por agregar- gracias por estar en este mundo y brindarme ayuda. Mi agradecimiento incluye también a las bibliotecas. Como sabemos, son el cielo para cualquier escritor, especialmente en estos tiempos difíciles en que ya nadie está dispuesto a despedirse de sus libros prestándolos. La primera vez que fui invitada a Nicaragua a un simposio dedicado a Rubén Darío, me urgía conseguir ciertos libros del poeta. Gracias a Susana Lang, por aquel entonces coordinadora de la biblioteca del CDI, descubrí el rico surtido de obras de Darío. Quedé tan agradecida con Lang, que doné libros de otros autores y los míos a esa biblioteca.

Me acerco ahora a la meta de estas palabras, recordar a los seres amados que viven ahora en el silencio, pues de algún modo quisiera creer que andan por acá acompañándome: mi esposo, mi madre, mi padre, suegros, tíos, mi prima Silvia, y tantos amigos ya idos. Una se consuela al pensar que ellos han podido liberarse de la mortalidad. En el fondo, es un pensamiento completamente ilusorio, pero si no me aferro a él, ¿qué caso tendría ahora recibir un premio como éste?

Muchas gracias.


[1] Hubo varias presentaciones en de ¿Por qué Dreyfus? El ensayo de un crimen, Sello Bermejo, CONACULTA, 2003, México, D.F., 370 pp.

Quiero agradecer la llevada a cabo en el museo José Luis Cuevas con la presencia de Homero Aridjis. Y la otra, precisamente en el CDI (Centro Deportivo Israelita), en febrero de 2003, con los presentadores: Raquel Kleinberg, Eduardo Luis Feher, Philippe Ollé-Laprune, Esther Shabot y, como moderadora, Silvia Cherem. Agradezco también al Comité de Comunicación, cuya directora es Susy Anderman, por la cobertura y las fotografías del evento. Mi gratitud a los que organizaron ahí, la discusión del libro ¿Por qué Dreyfus? El ensayo de un crimen, con el grupo de “Polémica y Café”, dirigido por Samy Rubinstein, y los que conforman el equipo “Mente Joven,” a cargo de Silvia Kurian.

[2] Nedda G. de Anhalt, ¿Por qué Dreyfus? op. cit.

[3] Nedda G. de Anhalt op. cit., pp. 143-163.

[4] Madame Bastian era la doméstica francesa encargada de la limpieza de la embajada alemana, en París.

[5] Namier era judío polaco, nacido en Galitzia, cuyo verdadero apellido era Bernstein-Namierowski.

[6] Hago hincapié en esta condición humana de ser “víctima” porque historiadores recientes, como Henriette Dardenne o J. F.Deniau, insisten, la primera, en que Dreyfus era el traidor; el segundo, lanza una teoría absolutamente inaceptable al considerar a Dreyfus una víctima “voluntaria” -porque soslaya las cartas de Dreyfus enviadas a su esposa Lucie desde la cárcel en la Isla del Diablo, donde sus misivas rebaten este absurdo argumento. (Ver el capítulo XI, “Prohibido amar”, de ¿Por qué Dreyfus?, op.cit. pp. 299-314, ya que traduzco fragmentos de esta correspondencia).

[7] La persecución a Juan Hyrcano, obligado a doblegarse ante Antíoco Fidetes en el año 133 a.C.; el 26 de mayo de 1171 donde 33 hombres, mujeres y niños judíos fueron quemados en la hoguera; el affaire de Simón de Trento acaecido en 1475; el affaire en Blois; el asesinato de 100,000 judíos llevado a cabo entre1648-1649, en Polonia y Ucrania instigados por el cosaco Bogdan Chmielncki; el juicio en contra de Rafael Levy, en 1669, acusado de “chupar la sangre” de un niño cristiano -posteriormente se aclaró que fue un error; el affaire Damasco de 1840 provocado por la desaparición de un monje y un largo etcétera. (Ver “Miradas al Antisemitismo a la Tercera República y al Canal de la Discordia) en ¿Por qué Dreyfus?, op cit. pp. 67-96.

[8] Generaban entre los espectadores tantas peleas en las salas de cine, que cancelaron las funciones.

[9] Judíos negros de Etiopía que se consideran descendientes del rey Salomón.

[10] Herzl estuvo presente durante la humillante ceremonia de degradación militar que sufrió Dreyfus el 5 de enero de 1895 y se convenció de que la solución para los judíos que vivían en un mundo infectado de antisemitismo era reubicarlos en un territorio propio -no en Argentina ni en Uganda- sino en Eretz (la tierra de los antepasados). Y a ese ideal dedicó su vida. Se considera a Herzl el padre del Sionismo.

[11] ” O Proceso Dreyfus”, Espaço Aberto, O Estado de S. Paulo, 2 de decembro de 2006- ANO (sic) 127 N. 41318, p A 2.

[12] Fue la carta dirigida a Félix Faure, Presidente de Francia, y publicada en el periódico L’Aurore.

[13] En varias ocasiones en que el azar me hizo conocer a diferentes estudiantes de la carrera de periodismo en el D F, al escuchar mi nombre, dijeron que ya me conocían porque el capítulo “Dreyfus en México. Adiós París”, dedicado a Justo Sierra y al inédito de José Juan Tablada, se discutía en clase.

[14] En el diario unomásunoBatis creó “Cine por venir”, un espacio que durante años me permitió reseñar las películas que no llegaban a México. Asimismo, en ese Diario y en “sábado” se publicaron mis entrevistas y conferencias de prensa con los cineastas del mundo.

[15] Nedda G. de Anhalt, Cine: La gran seducción, Prólogo de José Luis Cuevas, Biblioteca, Universidad Veracruzana, Xalapa, México, 1991, 240 pp.

[16] Nedda G. de Anhalt, Rojo y naranja sobre rojo, Dibujo de Severo Sarduy, Prólogo de Roberto Valero, Colección La , Vuelta, 1991, 280 pp.

[17] Nedda G. de Anhalt, Cuentos inauditos, Ilustraciones de Basia Batorska, Incaro, México, 1994, 138 pp.

[18] Nedda G. de Anhalt, A Buena Hora Mangos Verdes, con dos grabados de la autora, Dirección y Diseño de las Ediciones Cocodrilo Verde, Rosario Hiriart, Madrid, 1998, 122 pp.

[19] Nancy Abraham Hall & Marjorie Agosín, A Necklace of Words, White Pine Press, Fredonia, NuevaYork, 148 pp.

[20] “Sería delicioso” (It would be delicious) y “Claroscuro” (Chiaroscuro), traducidos del español al inglés por George, son dos poemas para NIMROAD INTERNACIONAL JOURNAL, /USA The University of Tulsa, pp. 88,89,90,91.

[21] Dance the guns to silence- 100 poems for Ken Saro-Wiwa, prólogo de Ken Wiwa, editado por Nii Ayikwei Parkes y Kadija Sesay, publicado por Flipped Eye Publishing y African Writers Abroad, Londres 2005, pp. 200. El poema “Balseros”: Sea Rafters, traducción de Judith Infante & Indram Amirtanayagam, pp. 37-38.

[22] “Un hombre de enlace” (Ein Vervindungs mann) apareció traducido al alemán por Tobías Burghardt en la colección bilingüe Chili und Zalz, en edición de Hildegard Stausberg, Daedalus Verlag, 1995, 250 p. pp. 96-102.

[23] Nedda G. de Anhalt, Crítica apasionada, Editorial Los Domésticos, Colección “El Vacío de la Vanidad”, Mexicali, 1994, 55 pp.

[24] Nedda G. de Anhalt, Dile que pienso en ella, Ed. La Otra Cuba, México, 1999, 394 pp.

FuenteAPEIM

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