Un fondo de emergencia de unos seis meses, seguros para proteger el patrimonio familiar, gastos bien calculados que puedan dividirse entre lo que es básico y lo que puede cancelarse de inmediato, colaboración familiar para ahorrar cada vez que sea posible.

Estas son algunas ideas para prevenir, a partir de lo que estamos viviendo ahora, hacia los muchos imponderables que se pueden presentar en el futuro próximo. Si la pandemia nos ha enseñado algo, es que la realidad que pensamos segura, puede cambiar en un instante.

Los siguientes meses serán complicados y la recuperación económica dolorosamente lenta, así que lo mejor es unirnos desde nuestro primer círculo social, que es la familia, y de ahí organizarnos poco a poco, para adoptar otros hábitos de educación financiera que nos proteja para las siempre probables contingencias que pueden ocurrir.

Apenas este miércoles, como ejemplo, empresarios, sindicatos, autoridades y legisladores, pusieron una sorpresiva muestra de que los problemas pueden anticiparse y las soluciones sí se alcanzan cuando hay voluntad y compromiso de todas las partes, al anunciar una reforma al sistema de pensiones.

Bueno, en diferentes niveles y a una escala incluso hasta personal, a las y los ciudadanos nos toca generar nuestros propios acuerdos para estar preparados ante meses, incluso años, de incertidumbre. La nueva realidad nos impone nuevas conductas con relación a ingresos, gastos e inversiones que permitan mantener o construir un nivel de vida digno.

Aun con una vacuna y un tratamiento efectivo contra los efectos de esta cepa de coronavirus, los vaivenes económicos seguirán por varios años, mientras los retos estructurales que se vienen arrastrando en diferentes rubros se complicarán cada vez más.

Por ello esta es una oportunidad para hacer una revisión profunda de lo que es verdaderamente importante, necesario e indispensable y todo lo que podemos cortar para prevenir económicamente una nueva crisis.

Esas modificaciones personales y familiares ayudarán, además, a que podamos alcanzar una cultura financiera urgente, que no obedezca a impulsos de consumo de bienes de poco valor o de breve duración y concentrarnos en aquellos que tienen una auténtica importancia en nuestro desarrollo y calidad de vida.

No será sencillo, porque nuestra economía lleva muchos años corriendo con el combustible de las compras rápidas, de moda, y motivadas por conseguir un estatus momentáneo, ese mismo que se puede comunicar por medio de la tecnología presente en todos lados, pero que reduce mucho el margen de maniobra para una economía demasiado dependiente de los servicios.

El crecimiento de algunos de éstos en medio de la pandemia, como la entrega de comida a domicilio, demuestra que podemos cambiar rápido hacia otras costumbres; sin embargo, no olvidemos que este es un país de enormes desigualdades, tanto en acceso como en ingreso, por lo que encontrar el equilibrio es vital.

Hay una parte de este dilema que le corresponde a las autoridades que elegimos y a las normas que nos rigen y deben evolucionar para estar acorde a los tiempos, y a las crisis, que podemos sufrir, pero la transformación real empieza desde nosotros. Empecemos a hacer planes, nos conviene.

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