Diario Judío México - Siempre hay alguien que ve

                                                       Sara  Robbins

Siempre hay alguien que ve
lo que creemos
que nadie vio:
un robo subrepticio,
un abuso entre cuatro paredes,
la basura que arrojamos
en la calle,
seguros de que no habrá testigos,
y somos descubiertos.
Aparece la mirada que se cuela
por una puerta, un balcón, una ventana,
un puente que nos pasa por encima,
un muro que no era…

Surge inevitable
el atisbo
que nos descubre en algún gesto sutil
y furtivo.

Aun los espacios más amplios
y descampados
nos obligan a volver la cabeza.

Siempre hay alguien que ve.
Que recuerda.


Tu  último  bocado

Prescindes del ritual
para deshojar la alcachofa
y llegas directo al corazón,
lo engulles casi al instante.

Es nuestra segunda salida
y ya me pides
que me case contigo.

Entre porción y porción
sólo escucho el tenedor apurado
abriéndose paso entre tus dientes.

Las hojas de la alcachofa que no tocaste
son el plato más aciago que he visto .

¿Tu madre no te enseñó a morderlas,
a recorrer su fibra tierna con los dientes,
a untarlas en aceites y vinagres?

¿Me dejarás a mí también sin un mordisco,
sin recorrerme,
directo al corazón y atragantándote?

Es apenas nuestro segundo restaurante
y ya no tengo hambre.


Margarita

Terminó esa lucha
silenciosa pero constante,
a ver quién desistía.
Viene a hacer el aseo
dos días por semana
y acomoda a su gusto
los objetos que mueve.
Hace caso omiso de cuantas veces
le he pedido
que los deje donde los encuentra.
No es distracción ni falta de entendimiento,
es su deseo de dejar huella,
de hacer una extensión de su hogar
en el mío.
Ya no la reprendo.
Cuando se va y miro a mi alrededor,
yo me siento la huésped,
hasta que logro
devolver parte a su sitio,
y dejo algunas cosas a su gusto.


Mar adentro

De súbito
un mar enmascarado de quietud
me retiró su piso de arena.

Mis piernas y brazos
ya torpes,
intentaban con desesperación
devolverme a casa.

Entre olas y marea
tragaba el terror
de terminar anclada
en ese gris profundo.

Recé para mis adentros: aguanta,
triste y único rezo que he repetido
desde niña.

¿A quién ahoga el mar
que a mí no quiso llevarme,
devolviéndome a sus orillas
más náufraga y muda?


El frío

Papá,
tormenta devastadora,
dolía oírlo,
dejaba marcas en la piel
y llagas por dentro.
Sólo en los paseos matutinos del domingo
dejaba anclada, por un rato, su infelicidad.

Mamá,
diurna sábana transparente,
deshilada, inasible,
echada a un lado, casi inerte.
Sólo de noche, ya dormidos,
intentaba cobijarnos.
Yo, la más pequeña de los cuatro,
esperaba despierta sentir su roce.
El mañana se revestiría de lo mismo:
la escuela, pocas amigas,
el regreso a casa,
comer algunos platillos calientes
y sentir el frío.


Temblaba a diario

Papá, de regreso del trabajo,
encontraba a mi madre
en pijama, dormida,
desparramando su depresión
en el sofá de la sala.
Verla así desataba
una cadena de insultos
y amenazas en inglés,
su lengua materna.
Ella, de manera atropellada,
intentaba defenderse
en dos idiomas.
A los cuatro hermanos
nos salpicaba y hundía
ese fango bilingüe de maldiciones.
Cada sacudida,
un estropicio
que nos atrincheraba
a cada uno
en su recámara.

No hubo un lenguaje
que viniera a rescatarnos,
hasta que nos resguardamos
en un idioma diferente,
fuera de casa.

 

I d i o m a    e x t r a n j e r o

Se hablaba poco en mi casa.
Mi padre
le gritaba a mi madre
en su florido inglés
y ella callaba.
Las injurias en otro idioma
eran proyectiles
que sólo debía esquivar.

Yo, la más pequeña,
atribuía el infierno de mi casa
a la lucha de las lenguas:
el inglés paterno, el español de mi madre,
el de la abuela.
Creía que en las familias monolingües
imperaba la paz.
Después supe que ahí también se sufría.

Si llego a olvidar una palabra
en una lengua,
recurro sin culpa
a todos los idiomas que poseo.
Las lenguas que me atrincheraban en casa
me indemnizan
más ahora
que me hago vieja.

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