A pesar de que obedeció la orden de arrodillarse, uno de los ladrones le disparó por la espalda. Germán Ruiz, de tan sólo 15 años, estudiaba la preparatoria y trabajaba en una tienda de conveniencia en Manzanillo, Colima. Vivía a dos cuadras de su trabajo y el domingo pasado se presentó con normalidad porque estaba ahorrando para comprarse una computadora. Tres delincuentes asaltaron la tienda y aunque no opuso resistencia, lo asesinaron de todos modos. Era el tercer joven que perdía la vida en las últimas dos semanas.

Graciela Medina, una agente inmobiliaria, salió de su casa para enseñar una propiedad en Coyoacán. El lunes apareció muerta en un predio en Iztapalapa con huellas de asfixia. Era madre de tres hijos y empresaria. Las autoridades de la Ciudad de México declararon el caso como feminicidio.

La violencia no es normal y bajo ninguna circunstancia podemos aceptarla. Como sociedad tenemos una serie de obligaciones para detener esta espiral de muerte, si no la asumimos entonces todo anticipa que estaremos peor.

¿Qué puedo hacer yo para evitarlo? Mucho, es la respuesta. No hay sociedad que haya podido vencer la inseguridad dividida o despreocupada de lo que les sucede a sus vecinos.

El 13 de marzo de 1964, Catherine Susan Genovese gritaba para salvar su vida. “Kitty”, como la llamaban de cariño, trataba de escapar de su asesino mientras corría hacia su casa en Queens, Nueva York. Según la investigación policiaca, 38 personas escucharon aquella madrugada sus llamados de auxilio e incluso varias de ellas salieron a la ventana de sus departamentos para atestiguar la persecución. Pero por algún extraño motivo, nadie fue en su ayuda.

Dos semanas más tarde, en un reportaje sobre el caso que causó un escándalo, se supo que Kitty Genovese era la responsable gerente de un bar ubicado no muy lejos de su departamento y aquel fin de jornada se dirigió a su domicilio sin darse cuenta de que otro auto la seguía.

Era una noche fría, por lo que los primeros vecinos no alcanzaron a escuchar bien los gritos de dolor de Genovese cuando su asesino la apuñaló dos veces al salir de su vehículo. Fue hasta que uno le gritó desde su ventana que la dejara en paz, que el criminal se detuvo. Otros testigos llamaron a la policía, pero como la información era confusa, se consideró que sólo se trataba de una agresión callejera.

El asesino de Genovese regresó diez minutos después, la encontró mal herida y la apuñaló hasta matarla. Las huellas del cuchillo en las palmas de sus manos sugirieron que trato de defenderse hasta el final. El caso sigue siendo hoy un ejemplo de la pérdida de humanidad que afecta a nuestras sociedades urbanas.

Pero regreso a la respuesta sobre cómo podemos parar esta pesadilla: lo primero es denunciar. Por todos los medios posibles. Usamos las redes sociales para muchas cosas, ahora debemos emplearlas para prevenir, advertir y apoyar a quien lo necesita.

Esta denuncia tiene que llegar a una autoridad y se debe formalizar en algún momento, pero cualquier abogada o abogado que esté leyendo estas líneas puede compartir los pasos y hasta ayudar, si tiene el tiempo, a una persona que lo necesite.

Lo mismo le escribo a los sicólogos, a las y los trabajadores sociales, y a cualquier persona con un celular con cámara que sea testigo no del hecho del momento, sino de la realidad de una delincuencia que opera en las calles a plena de luz del día y que no tiene superpoderes.

El segundo paso es estar comunicados. No se recomienda que andemos de metiches, lo que se pide es tener un “chat” de mensajería instantánea en el que nuestra familia, amigos y colegas del trabajo estemos conectados.

Si tenemos un vecino que parece tener problemas, basta con preguntarle. Si hay adolescentes que caminan solos a la parada del camión, pedir acompañarlos. Si un familiar o un conocido está involucrado en algún acto ilegal o un crimen, no encubrirlo.

Debemos cambiar nuestra conducta hacia otros y establecer una auténtica ética social que ponga un alto a este caos. No necesitamos a ningún gobierno para hacerlo, de hecho, nunca ha sido así. Se trata de hacer una sencilla acción diaria para vivir seguros, unidos y preocupados por los demás. Es eso o decirle adiós a la paz y a la tranquilidad por mucho tiempo.

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