Chiste negrísimo de antisemitas. Un comedido ciudadano es interpelado en la calle por un vecino un poco cafre: “hay que matar a todos los ciclistas y a todos los judíos”, le suelta a modo de saludo. El comedido ciudadano se queda lívido. Cuando recobra el habla, pregunta: “¿por qué a los ciclistas?”

El atentado de Copenhague reproduce al milímetro la estructura del de París hace cinco semanas. Con menos éxito: si es que a dejar dos muertos y cinco heridos puede llamarse poco éxito. Idéntica es la estructura. Dos acciones paralelas. El objetivo de la primera es uno de los dibujantes del Jyllands-Posten que se atrevieron a dibujar a Mahoma como un piadoso musulmán juzga que no debe serlo: Lars Vilks (http://www.bbc.com/news/world-europe-31472745). El segundo tiene un objetivo anónimo. Pero igual de definido. Un judío –mejor si varios–, sea cual sea su nombre. En París, se buscó ese segundo objetivo en un supermercado kasher; en Copenhague, a la puerta de la sinagoga: no había error posible. París definió un modelo que vamos a ver repetido en toda Europa, si las estructuras yihadistas no son por completo destruidas. Ese modelo se articula sobre la definición de los dos enemigos de Alá: la libertad y el judaísmo.

¿Por qué la libertad?, nos hemos preguntado después del 7 de enero. ¿Por qué ese libertario Charlie Hebdo, que era engranaje de recuerdos, emociones, afectos de todos los de mi edad en Francia y de buena parte de los de cualquier sitio? La respuesta es sencilla: porque la libertad es sacrílega para una religión que, como el islam, se asienta sobre la identidad de Dios y Libro; sobre la certeza de que toda verdad está en esa escritura eterna, que no ha sido “inspirada” –como sucede en los otros dos monoteísmos– a hombres mortales por Dios, sino por Alá dictada a un copista, Mahoma, para ser transmitida como código universal: código teológico y moral, por supuesto, pero también código civil, penal, administrativo…, código único de vida humana. Por eso el Corán no se lee, se recita. Sin alterar una tilde. Y es delito transgredirlo.

¿Por qué el judaísmo? Extrañamente –no, no extraña, perversamente–, la respuesta fue obviada, como una evidencia, cuando lo de París. Y a la barbarie islamista, se unió nuestra propia, civilizada, barbarie benevolente: matar judíos es tan trivial que ni merece pregunta; los judíos están –han estado siempre– para matarlos. Es el más espantoso –y el más perenne– estigma europeo. Que, al cabo de dos milenios, culminó en el proyecto nazi de exterminar a la población judía entera. Sólo llegaron a los seis millones. Pensábamos que, después de eso, nadie volvería a poner en pie ese monstruo del antisemitismo, el más asesino de la historia humana. Y nos equivocábamos.

París, aquel París estupefacto, por el cual vagué hace cinco semanas con los ojos muy abiertos… Copenhague ahora. Y es lo mismo: “–Hay que matar a los ciclistas y a los judíos”, dice el bárbaro. Pregunta el civilizado: “–¿Por qué a los ciclistas?”

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