Diario Judío México - Menciona la palabra “historia” y puedes provocar un gesto de desaprobación.

Agrega “” a la ecuación y las personas pueden comenzar a escapar hacia los cerros, deseando no quedar atrapados en un hoyo aparentemente sin fondo de detalles y disputas.

Pero, sin un entendimiento de lo que ocurrió, es imposible comprender en donde estamos – y “en donde estamos” tiene una profunda relevancia para la región y para el mundo.

Mientras que muchas guerras se desvanecieron en la oscuridad, esta continúa siendo tan relevante hoy como en lo fue 1967. Muchos de sus temas centrales se mantienen sin resolver y en las noticias.

Los políticos, diplomáticos, y periodistas continúan lidiando con las consecuencias de esta guerra, pero rara vez explican el contexto. El problema es que sin conocer el contexto, algunas cosas de crucial importancia no tienen sentido.

Primero, en junio de 1967 no había tal cosa como un Estado Palestino. No existía y nunca había existido. Su creación, propuesta por la ONU en 1947, fue rechazada por el mundo Árabe porque significaba también el establecimiento paralelo del Estado Judío.

Segundo, Cisjordania y Jerusalem del Este estaban en manos de Jordania. Violando acuerdos solemnes, Jordania le negó el acceso a los judíos a sus sitios más sagrados en el Este de Jerusalem. Para empeorarlo aún más, destruyeron muchos de esos sitios.

Mientras tanto, la Franja de Gaza estaba bajo control egipcio, con un severo régimen militar impuesto sobre los residentes locales.

Y las Alturas del Golán, que eran utilizadas regularmente para proteger comunidades israelíes al pie de la montaña, le pertenecían a Siria.

Tercero, el mundo Árabe pudo haber creado un Estado Palestino en Cisjordania, en Jerusalem del Este y en la Franja de Gaza si hubiesen querido. No lo hicieron. Ni siquiera había una discusión acerca de ello. Y los líderes árabes, quienes hoy profesan un increíble apego con Jerusalem del Este, rara, si es que alguna vez, visitaron el lugar. Jerusalem del Este era visto como un patio trasero árabe.

Cuarto, el límite de 1967 en el tiempo de la guerra -que aparece tanto en las noticias hoy en día- fue nada más y nada menos que una línea de armisticio que databa de 1949, familiarmente conocida como la Línea Verde. Esto fue después de que cinco ejércitos árabes atacaron a en 1948 con el objetivo de destruir el Estado Judío naciente. Fallaron. Las líneas de armisticio fueron trazadas, pero no eran límites formales. No podían serlo. El mundo Árabe, incluso derrotado, se rehusó reconocer el derecho a existir de .

Quinto, la Organización para la Liberación Palestina (OLP), que respaldó la iniciativa de guerra, fue establecida en 1964, tres años antes de la erupción del conflicto. Esto es importante porque fue creada con el objetivo de hacer desaparecer a . Recuerda que en 1964 el único “asentamiento” era mismo.

Sexto, en las semanas precedentes a la Guerra de los Seis Días, los líderes egipcios y sirios declararon repetidamente que la guerra estaba en camino y que sus objetivos eran borrar a del mapa. No había ambigüedad. Veintidós años después del Holocausto, otro enemigo habló sobre la exterminación de los judíos. La evidencia está bien documentada.

La evidencia también documenta muy bien que , en los días previos a la guerra, pasó palabra a Jordania, por medio de la ONU y los Estados Unidos, instando a Amán a mantenerse fuera de cualquier conflicto pendiente. El rey de Jordania, Hussein, ignoró la petición de y se unió con Egipto y Siria. Sus fuerzas fueron derrotadas por , y perdió el dominio de Cisjordania y Jerusalem del Este.

Séptimo, el presidente de Egipto, Gamal Abdel Nasser, exigió que las fuerzas encargadas del mantenimiento de la paz de la ONU, que estuvieron durante una década para prevenir el conflicto, fueran removidas del área. Vergonzosamente, La ONU accedió. Esto eliminó la zona de amortiguamiento entre los ejércitos árabes que estaban siendo movilizados y desplegados, y las fuerzas israelíes, en un país cincuenta veces más chico que Egipto y de sólo quince quilómetros de ancho en su punto más angosto.

Octavo, Egipto bloqueó las rutas de navegación de en el Mar Rojo, el único acceso marítimo de a las rutas comerciales con Asia y África. La medida fue considerada por Jerusalem como un acto de guerra. Estados Unidos habló sobre asociarse con otros países para romper el bloqueo, pero no actuó.

Noveno, Francia, quien había sido el principal proveedor de armas de Israel, anunció una prohibición de venta de armamento en la víspera de la guerra. Esto dejó a Israel en un peligro potencial serio si la guerra se hacía interminable y fuera necesario reabastecerse de armas. No fue sino hasta el año siguiente que Estados Unidos llenó el vacío y vendió sistemas de armamentos vitales para Israel.

Y finalmente, después de ganar la guerra de defensa propia, Israel tuvo la esperanza de que sus territorios recientemente adquiridos, tomados de Egipto, Jordania y Siria, fueran la base de un acuerdo de intercambio de tierras por paz. Se hizo un tanteo de la situación. La repuesta formal llegó el 1 de septiembre de 1967, cuando la famosa Conferencia Cumbre Árabe declaró en Jartum “No hay paz, no hay reconocimiento, no hay negociaciones” con Israel.

Hoy, están quienes desean reescribir la historia.

Quieren que el mundo crea que el Estado Palestino alguna vez existió. Pero nunca lo hizo.

Quieren que el mundo crea que habían fronteras fijas entre ese supuesto estado e Israel. Sólo hubo una línea de armisticio entre Israel y la Cisjordania controlada por Jordania y Jerusalem del Este.

Quieren que el mundo crea que la guerra de 1967 fue un acto bélico iniciado por Israel. Sin embargo, fue un acto de defensa propia ante las horripilantes amenazas de destruir al Estado Judío, por no mencionar el bloqueo marítimo en los Estrechos de Tirán, el retiro abrupto de las fuerzas encargadas del mantenimiento de la paz de la ONU, y el despliegue de las tropas egipcias y sirias. Todas las guerras tienen consecuencias; esta no tuvo excepción. Pero los agresores árabes han fallado en tomar responsabilidad por las acciones que ellos mismos instigaron.

Quieren que el mundo crea que la construcción de asentamientos israelíes después de 1967 es clave en el conflicto Árabe-Israelí. La Guerra de los Seis Días es la prueba positiva de que el meollo del asunto es, y siempre ha sido, si el mundo Árabe acepta el derecho del pueblo judío a establecer un estado propio. De ser así, todos los demás asuntos controversiales, cualquiera sea su dificultad, tienen posibles soluciones.

Y quieren que el mundo crea que el mundo Árabe no ha tenido nunca nada en contra de los judíos, sino sólo en contra de Israel, y sin embargo dejaron que sitios sagrados del pueblo judío fueran destruidos por el abandono.

En otras palabras, cuando se habla del conflicto Árabe-Israelí, desechar el pasado como si fuera un estorbo menor en el mejor de los casos, irrelevante en el peor, no funciona.

¿Se puede avanzar? Absolutamente. Los tratados de paz de Israel con Egipto en 1979 y con Jordania en 1994 comprueban que es posible. Sin embargo, las lecciones de la Guerra de los seis Días ilustran qué tan agobiante y tortuoso puede llegar a ser el camino.

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