Diario Judío México - No importa cuántas veces lo haga, no me acostumbro a la pregunta. Ya sé que ahí viene, mucho antes la veo venir, y claro que nunca me sorprende. Pero no me acostumbro, porque resulta siempre incómodo para un gentil explicarle el a un judío, uno que de momento se confiesa perplejo ante el meollo de su existencia social entera. Pero tolero la incomodidad por el singular placer de contestar: Porque los judíos son rete buena onda.

Me lo preguntan siempre cuando termina mi conferencia, que invariablemente se trata de otra cosa: no de las causas del sino de sus peligrosas manifestaciones. Y del crecimiento desmedido de las mismas en los últimos años, con lo cual se anuncian horrores futuros que la sordera judía por entenderlos casi garantiza.

Me lo preguntaron el sábado por la mañana los periodistas del APEIM, con quienes ha sido un honor regresar después de una conferencia, hace algunos años, que fue menos bien recibida. O me estoy comunicando mejor, o el transcurrir geopolítico de los últimos años, sobre las líneas de las predicciones que yo había venido haciendo, le ha ganado, desgraciadamente, cierto prestigio a mi análisis político de Oriente Medio. Quizá las dos cosas.

Porque los judíos son rete buena onda, les dije. Los judíos inventaron la institucionalización étnica de la protección a la gente más débil: son una ‘luz para las naciones’: una demostración viva de ética y justicia social. A través de la historia, quienes han querido oprimir a la gente común han entendido siempre que lo primero es eliminar al Pueblo Judío. O en su defecto convencer a todo mundo de odiarlo. Porque así la gente, las naciones, los goyim no podemos descubrir la libertad y la paz social de la Torá.

Ya sé que ustedes son judíos seculares, les dije (nos estábamos reuniendo un sábado por la mañana). Ya sé que pierden la paciencia con muchos judíos religiosos. No se les olvide que sin los judíos religiosos no se preserva la Torá, y sin la Torá no hay Pueblo Judío. Es muy importante la Torá porque en ella se especifican las leyes que protegen a la gente débil y pobre.

El Pueblo Judío, según la tradición del Éxodo, fue esclavo en Egipto bajo un rey opresivo, y luego de ganar su libertad en una revuelta, instituyó una nueva ley: una ley para garantizar que no hubiera más esclavos. Si bien existe una categoría léxica de ‘esclavo’ en la sociedad judía que ordena la Torá, hablando estrictamente es un abusar del término. Quien por la fuerza hiciere un esclavo, dice la ley, tendrá condena de muerte. Y todo quien maltrate a su esclavo, aunque la tortura no sea más que psicológica, lo pierde—por ley. El esclavo no sirve al amo más que seis años, y en el séptimo queda libre. Es un arreglo voluntario, como tomar un empleo, y lo escoge quien tiene una deuda, por ejemplo, y no puede pagarla, etc. El Talmud, elaborando la ética social de la Torá, añade que cuando se sientan todos a comer (obviamente juntos) se le sirve primero al esclavo. Si no hubiese más que una almohada entre amo y esclavo, le toca al esclavo. Etc. ¿No es asombroso? Ésta es la ley de los esclavos liberados. Con razón bromeaban los antiguos rabinos talmúdicos: “Quien compra un esclavo, compra un amo.”

La Torá produjo una verdadera revolución en el mundo antiguo: una revolución .

Floreció mucho en el Imperio Persa, bajo subsidio y protección de la benevolente monarquía imperial, cuya religión también tolerante y ética era el zoroastrianismo. Crecieron mucho los judíos por conversión, pues en aquel entonces el judaísmo era una religión agresivamente proselitista, y en los doscientos años que duró el Imperio Persa se desarrollaron enormes comunidades judías en distintas partes de Asia Occidental y el Mediterráneo. Un movimiento internacional, abolicionista.

Pronto se enfrentó al movimiento internacional esclavista: los greco-macedonios. Liderados por Alejandro el Macedonio (no ‘el Grande,’ por favor), estos bárbaros destruyeron la gran civilización persa, donde multitudes de étnias, religiones, y culturas habían vivido en asombrosa paz. En su lugar Alejandro y sus sucesores sembraron el terror, abolieron las libertades, e impusieron la feroz cultura helénica. El contacto directo con los judíos convenció a los greco-macedonios que no podían ser tolerados: la Ley de Moisés era atractiva para las multitudes que habían de esclavizar. Comenzaron entonces las grandes matanzas de judíos. Un episodio muy famoso es el intento de genocidio de Antioco Epifanes, pues produjo la gran revuelta de Judas el Macabeo, y un milagro militar: campesinos judíos mal armados y peor entrenados expulsaron de Jerusalén y zonas aledañas a los soldados más temidos del mundo, y mantuvieron su independencia durante cien años, rodeados de enemigos que querían destruirlos. Sounds familiar? Luego hubo un genocidio efectivo a manos de los romanos, el poder imperial más grande y salvaje de aquella época. Los judíos—hasta entonces una de las poblaciones más numerosas del planeta—fueron casi borrados de la faz de la tierra.

Desde entonces todo ha sido igual. Quienes buscan oprimir a la gente común saben que lo primero es eliminar a los judíos. O en su defecto convencer a la gente de odiarlos, para que no descubran la Torá y se liberen. O mejor aún, convencer a la gente de odiar a los judíos para que cooperen en la destrucción del Pueblo Judío, y le ahorren así el trabajo a los opresores. Hay odio contra los judíos porque los judíos son rete buena onda. Aquí me sobresaltó un aplauso.

¿Quién busca oprimir hoy a todo mundo? ¿Quién está tratando de destruir al Pueblo Judío? Aquel había sido el tema de mi plática. Mis respuestas a esas dos preguntas han sido harto incómodas para cualquier judío que, por angas o mangas, se haya visto forzado a escucharlas, y resultaron harto incómodas el sábado para mis colegas, los periodistas del APEIM. Pero si hablar de este tema suscita una reflexión profunda sobre la importancia histórica de la ley judía para el liberalismo moderno, y por ende sobre la indispensabilidad del Pueblo Judío para el futuro político de Occidente, entonces no puede ser tan mala cosa que yo diga las cosas que digo, por incómodas que resulten cuando primero las escuchan.

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Recibió una maestría en ciencias sociales de la Universidad de Chicago, donde su trabajo ganó el premio Earl S. & Esther Johnson, y un doctorado en antropología biológica y cultural de UCLA, cuya tesis ganó el premio al Mejor Nuevo Investigador de la prestigiada Human Behavior and Evolution Society. Durante seis años, enseñó psicología evolutiva y cultural en la Universidad de Pennsylvania. Su trabajo explora las causas del racismo y del conflicto étnico, y en los últimos años se ha concentrado en el antisemitismo, el Holocausto, el conflicto árabe israelí, y la historia del pueblo judío, culminando en un examen de dos y medio milenios de historia occidental a través de la experiencia judía. Su libro, El colapso de Occidente: el siguiente Holocausto y sus consecuencias, pronto estará a la venta.