Para empezar, todo el crimen está organizado, desde quien roba celulares en el transporte público, hasta el que asalta una sucursal bancaria. Son grupos con estructura, que gozan de impunidad y protección a cierto nivel, con el entrenamiento, la flexibilidad y la adaptación necesarias para lograr su objetivo.

Nosotros, por el contrario, somos más rígidos en nuestro comportamiento, adoptamos rutinas difíciles de modificar y estamos mal coordinados como ciudadanía. Vivimos ocupados, rápido y en la dinámica de esta época: poca comunicación y poca colaboración.

A ello, le debemos añadir una desconfianza de muchos años en las autoridades, particularmente las de seguridad y procuración de justicia, que prevalece hasta hoy y se refleja en los bajos índices de denuncia en la mayoría de los delitos.

La falta de denuncia es el factor que evita que la autoridad pueda actuar con eficacia y provoca un círculo vicioso en donde la principal justificación es que, sin ella, no se puede perseguir al o a los presuntos responsables.

Aún con todas sus insuficiencias, la denuncia es la mejor herramienta que los ciudadanos tenemos a la mano. Si crece, puede aumentar la presión civil para que las autoridades lleven a cabo investigaciones que terminen en la consignación de los delincuentes y en las penas previstas por la Ley.

La semana anterior compartíamos la manera en que funciona el robo de relojes valiosos. Recibí muchos comentarios no sólo de víctimas recientes, sino de personas que tenían datos precisos sobre la cadena delictiva alrededor de la joyería y este tipo de artículos de lujo.

Es decir, sabemos bien qué sucede, cómo y quién podría estar involucrado; sin embargo, dar un paso al frente y denunciarlo todavía es un proceso que se percibe tortuoso, burocrático y de riesgo para quien lo hace.

Lo anterior deja claro que la delincuencia no tiene capacidades extraordinarias o superpoderes; son personas que han decidido quebrantar las normas, gracias a un sistema de justicia que debe mejorar y a un entorno social que no desea meterse en problemas, a veces, aunque sufra en carne propia.

Denunciar lo que nos afecta, de preferencia de manera legal o por medio de las posibilidades que hoy nos ofrece la tecnología, es el camino que tenemos para estar preparados, en comunicación, y con la idea clara de que podemos hacer mucho para ya no ser siempre las víctimas. Es cuestión de organizarnos bien.

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