Una vez dije que es imposible manifestar un sentimiento, y es así. Pero no porque no existan posibilidades, sino al ser que no existe manera de manifestarlo a grado tal que otra persona sepa el nivel exacto del mismo. Es posible, y muchas veces evidente en demasía, darnos cuenta cuando alguien está sufriendo. A veces se nota en sus ojos, a veces en sus gestos y algunas veces incluso en su manera de caminar o tono de voz. También es notorio en su manera de dormir o alimentarse, y en muchos aspectos más del lenguaje no verbal. Lo que sí es realmente imposible es saber la cantidad, el grado, el nivel del mismo. Es decir, no existe manera de conocer lo que para esa persona significa ese sufrimiento. Incluso, muchas veces solemos minimizarlo y bajo ese pretexto intentamos consolar al prójimo. Sí, qué bueno, muy bueno, pero eso no quiere decir que logramos comprenderlo. Me animo a afirmar que si lo comprenderíamos,  no nos tomaríamos el tiempo para consolarlo, porque es posible que la persona que sufre, lo que menos quiere en ese momento sea un consuelo, y hasta puede ser causa perjudicial al punto que el consuelo incremente su sufrimiento.
Sufrir es una sensación más, como todas, que nadie puede conocer el nivel de la persona que lo vive. Tal así es el hambre, el calor, el frío, el sentirse satisfecho, bendecido, acompañado, sólo, placentero y todas las sensaciones de nuestro conglomerado ontológico metafísico que somos.
No quiero decir con esto que somos un error en ese sentido, sino que simplemente somos humanos con limitaciones. No somos seres Divinos ni como se creía en la antigüedad, semi dioses. Nadie humanamente hablando, es capaz de conocer profundamente la misma sensación de otra persona. Y a eso me refiero cuando afirmo que es imposible manifestar un sentimiento.
Si bien es cierto que el nivel de cariño nos acerca a ser más perceptivos, no por eso entendemos al cien por ciento lo que siente esa otra persona. No es igual enterarnos por los medios de comunicación que Ucrania está pasando un momento de crisis geopolítica aproximada a una guerra en la que Vladimir Putin alega una defensa, que entender a los ucranianos, especialmente los del Este, temerosos de una tormenta de misiles sobre sus cabezas. No es lo mismo haber escuchado que en hubo un atentado terrorista que ser pariente de alguna de las víctimas, ser la víctima o haber sido testigo del atentado.
Es claro que el nivel de cariño nos acerca a esas comprensiones cada vez más, pero nunca jamás al mismo sentimiento del sufrido.
Se sufre por varios motivos, y muchas de las veces no por algo que hayamos podido evitar, como un atentado o un accidente. Pero como bien dicen los estoicos, no podemos ocuparnos de algo que no tenemos ni la mínima posibilidad de cambiar. Debemos ocuparnos, y no preocuparnos, por aquello que sí está en nuestras manos, de eso que sí podemos hacer.
En este artículo me referiré a esos asuntos por los cuales sufrimos que sí están en nuestras manos, aquellos que podemos modificar, manipular y convertir en lo que nosotros deseemos a esa sensación abrumadora. Por ejemplo, si alguien nos maltrata con insultos, está en nosotros sufrir o no sufrir. Sufrimos cuando así lo creemos, cuando esa persona nos convence con sus palabras. Y para que esa persona lo logre o no, está en nuestras manos ya que le creímos, le dimos poder a sus palabras. Eso es un nivel de autoestima tan bajo que le creemos a cualquier persona, sea lo que sea que diga, incluso así hable mentiras e ignominias de nosotros mismos. Mira qué tan poco nos autoestimamos que le creemos a alguien así. Si no le creeríamos, pues no estaríamos sufriendo.
Ya que nos insultó, nos degradó y nos hizo pasar vergüenza, ¿podemos dejar de creerle a la distancia en tiempo y dejar de sufrir o ya es algo irremediable al ser que al momento de la agresión nuestra autoestima era muy baja?
Para dejar de sufrir por aquel pasado evento es imprescindible elevar nuestro nivel de autoestima y no, como creen muchos, sobajar al agresor, ni delante de él mismo ni hablando mal de él a otras personas ni en nuestra soledad. Eso no es más que aquel que desea consolar cuando ese no es el momento indicado: eso conlleva a estar aún peor y no mejor.
Elevar el autoestima tampoco significa creernos más de lo que somos ni hacer alarde frente a nadie, ni siquiera a nosotros mismos, de lo que realmente somos. Para elevar nuestra autoestima es necesario conocernos. Una de las maneras de conocernos, tal vez la mejor, es siendo seres sociales y participando en sociedad. Cuando dialogamos con otra persona o un grupo de personas, familiares, amigos o desconocidos, incluso por las , logramos conocer las bellísimas diferencias entre los demás individuos y nosotros, no entre “ese grupo y yo”.
Conocer nuestras capacidades, aunque nos demos cuenta que no tenemos la fuerza tan grande que desearíamos para argumentar, de todos modos es algo buenísimo ya que ahora sabemos con qué herramientas podemos disuadir, escuchar, pensar, actuar y ser, y cuáles de ellas quisiéramos adquirir. Asimismo, ponernos en campaña para deshacernos de aquellas que no nos benefician y adquirir aquellas que sí nos benefician. Eso sí es algo que está en nuestras manos, que podemos hacer.
Antes, es necesario saber que no todo lo que creemos que es un beneficio realmente lo es. La mayoría de las veces entendemos como beneficio ser y hacer el común denominador social. Eso es justamente lo que filosóficamente se le denomina mediocridad. Somos seres individuales que, en conjunto, formamos una sociedad.
Antiguamente, e incluso en la actualidad, los seres humanos fuimos y somos presas de animales salvajes. Lo que hace que no sea así es justamente la fuerza de la convivencia en sociedad. Pero no por eso somos un todo entre todos, sino más bien somos individuos que unidos tenemos esa fuerza.
En una guerra, no pelean dos países. Los países o los estados son cosas imaginarias; lo real es la tierra. El estado y el país es una entidad terminológica para ubicarnos en tiempo y espacio. En la guerra tampoco pelean pelotones, pelean personas. Y en esas peleas, cada uno pelea la suya, cada uno decide participar, continuar y acabar. No todos están sintiendo el pecho a tierra sobre el hielo o los raspones en las trincheras, así como los aromas fétidos en los búnker. Cada ser es único, individual e irrepetible. Entre todos representan a otro grupo de personas, pero cada ser es un ser individual.
Volviendo al sentimiento de sufrimiento, yo creo que no existe un verdadero sufrimiento si no tiene que ver con lo familiar. No me refiero a lo biológicamente familiar, sino a esa que amamos, ya sea biológica o elegida con amor. Todo lo demás está tan en segundo lugar que frente a un sufrimiento de tipo familiar, ni siquiera existe lo demás. Un problema económico frente a un problema familiar, lo familiar es real y lo demás inexistente. Si una persona se gana la lotería el mismo día que muere su hermano, no creo que esté contento por la fortuna nueva económica con la que acaba de ser premiado.
Los sufrimientos que podemos evitar, tal como lo dije antes, son aquellos que están en nuestras manos evitarlos.
La sensación de sufrimiento, más que un sentimiento molesto y angustiante, que muchas veces nos hace sentir impotentes y depresivos, es una culpabilidad por irresponsabilidad. Repito: me refiero a lo que sí está en nuestras manos.
La sensación de sufrimiento es aquella en la que sabemos que pudimos en el pasado hacer algo para no sentir en el presente y no hemos hecho nada. La sensación es más un sentimiento de responsabilidad que de sufrimiento. Pero como hemos dicho antes, ese pasado se puede modificar elevando nuestro nivel de autoestima, de manera real, de manera individual, de manera social, sabiendo que somos seres individuales. Conociendo las herramientas que carecemos y saber si convienen o no adquirirlas según la realidad y no según la sociedad, así como conocer las herramientas con las que contamos y saber si vale la pena dejarlas, reforzarlas o deshacernos de ellas.
Así evitaremos todo tipo de sufrimientos y vendrá a nosotros lo bueno. No de manera automática ni como una fuerza astral mística del universo, sino que así es como actúa la naturaleza: nosotros buscamos lo que deseamos. No confundir “buscamos” con “atraemos”. No, no atraemos nada. Las cosas no son atraídas porque no somos magnéticos. Las cosas no nos llegan si no vamos por ellas.
Las cosas están en un momento y un espacio; debemos ir en busca de ellas, y una vez encontradas, apropiárnoslas, adquirirlas, hacerlas nuestras, mantenerlas e ir reforzándolas.

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Mi nombre es Gabriel Zaed y escribo bajo el seudónimo de Rob Dagán. Mi pasión por la escritura es una consecuencia del ensordecedor barullo existente en mis pensamientos. Ellos se amainan un poco cuando son expresados en tinta, en un escrito. Más importante es expresarse que ser escuchado o leído, ya que la libertad no radica en hablar, sino en ser libre para pensar, analizar.