La razón sufre mucho durante las crisis históricas. Y esto por varios motivos: Uno de ellos es que las convulsiones del momento incitan a adoptar posturas viscerales, que implican no pocas inconsistencias; y otro motivo, más importante aún, es que las grandes crisis ponen de manifiesto los límites de las ideas y los planteamientos dominantes en la sociedad que las padece. Llegados a estos límites, la inercia de los análisis habituales falla, y da lugar a resultados grotescos. A veces se habla entonces de un estado de negación colectiva de la realidad. Pero más que ante una voluntad negadora, nos encontramos simplemente ante el fracaso de los conceptos con los que pretendíamos comprenderla.

Pues bien, no me sorprendería que el lector que haya ido siguiendo los comentarios y opiniones de estos días en los medios de comunicación europeos, a raíz de los crímenes islamistas de París, tenga ahora una sensación parecida a la que tendría ante un carro volcado que continuara girando sus ruedas en el aire. Por supuesto, aquí y allá han aparecido artículos bastante sensatos. Pero, visto en conjunto, el discurso que predomina es tan grotesco que, escuchándolo, alguien que no conociera la noticia podría llegar a creer que los redactores de Charlie Hebdo fueron abatidos por pistoleros del Frente Nacional, o poco menos.

Parece evidente que la crisis provocada por el yihadismo islamista no encaja en el pensamiento político social de nuestro tiempo. Se trata de una realidad imposible en una sociedad multicultural, pacífica, tolerante y educada como la europea. Algo así podría ocurrir en otras regiones del mundo, pero no entre nosotros. Por supuesto, ninguna sociedad se encuentra a salvo de una agresión por parte del exterior, pero, ¿cómo entender tal brote de odio en jóvenes socializados en el corazón de Europa? ¿No son nuestros valores y nuestros modos de vida tan atractivos que tendrían que imponerse de suyo? Las manidas justificaciones socioeconómicas que se esgrimen en estos casos resultan tan forzadas que ni siquiera merecen una mención de pasada.

En tiempos de terror, la lógica no suele brillar con gran intensidad. Por eso, tampoco debe asombrarnos que se estén alzando voces que esperan de la Iglesia, o de los cristianos, posicionamientos inconsistentes con la perspectiva cristiana, y que son fruto además de análisis poco realistas de la situación en la que nos encontramos, de sus motivos y de sus posibles salidas.

Se nos dice, por ejemplo, que andamos metidos en una guerra, y que tenemos irremediablemente que tomar partido. Los bandos en esta guerra no serían religiosos ―se insiste mucho en que el «enemigo» en esta guerra no es el Islam―, sino que, de un lado estarían los defensores de la libertad y la tolerancia ―que constituirían los valores esenciales de nuestra civilización―, mientras que en el otro bando se encontrarían sus enemigos ―los enemigos de la libertad desde todas las tendencias (que denominaremos preferentemente «fascistas»)―. En esta coyuntura, no habría lugar para posiciones «tibias», «equidistantes», o «neutrales». Nuestro bando ha de ser el de la libertad.

Y, por eso, tenemos que identificarnos con todos nuestros compañeros de armas, por encima y más allá de las diferencias ideológicas que subsistan. De ahí que deberíamos decir que «somos Charlie», por mucho que nos indignen las blasfemias de los dibujantes asesinados. Y de ahí que tendríamos que admitir, más generalmente, la existencia de «un cierto derecho a la blasfemia», aunque estemos en contra de las mismas. Pues cualquier otra actitud fortalecería al enemigo común: los liberticidas e intolerantes de cualquier clase.

Habiendo tenido que escuchar y leer no sé cuántas veces planteamientos así en los últimos días, me ha parecido acertadísima la referencia de Juan Manuel de Prada (en su artículo «Yo no soy Charlie Hebdo») al discurso de Ratisbona de Benedicto XVI. Quedo muy agradecido al escritor por tal recordatorio, pues, en efecto, una lectura tranquila de ese discurso proporciona las claves para rechazar el argumento que he resumido, y otros por el estilo. Más aún, la lectura del discurso de Benedicto XVI puede resultar de una utilidad impagable de cara a entender los motivos profundos de la crisis y la bancarrota ideológica que se ha puesto de manifiesto a raíz de la violencia islamista.

Uno de los puntos en los que conviene fijarse es que el Papa Emérito no escamotea la existencia de un posible conflicto religioso. No disuelve las posibles diferencias entre la visión cristiana y la visión musulmana de Dios en una identidad borrosa, precipitada, y finalmente vacía. Ratzinger nos recuerda que el Dios en que creemos los cristianos no es un ser incomprensible en su transcendencia, sino que es Logos, es racional. Y que ello implica que la religión, la relación del hombre con Dios, no puede imponerse por medio de la violencia sino sólo del razonamiento persuasivo. E interpela al mundo musulmán, mediante su cita de la acusación que formulara el emperador de Bizancio Manuel II, para que precise su imagen de Dios y se distancie de la idea de que es legítimo en algún caso ejercer violencia en nombre de ese Dios que predican. De este modo, Benedicto XVI nos está animando, contra toda corrección política, a que nos atrevamos a explorar la posible raíz religiosa del conflicto en el que nos encontramos. Da que pensar que fueran justo estas serenas reflexiones las que provocaran en su día tal huracán de odio en el mundo musulmán… y en Europa.

Pero más importante aún para desenmascarar el error del argumento mencionado resulta el análisis que en la conferencia de Ratisbona se hace de las insuficiencias de la razón moderna, la cual, ligada cada vez más al método que permitía el grandioso despliegue de la técnica, habría empujado los interrogantes éticos y religiosos del hombre fuera del ámbito de lo racional. El resultado sería un peligrosísimo angostamiento del concepto de racionalidad. En palabras de Benedicto:

«el hombre mismo sufriría una reducción, pues los interrogantes propiamente humanos, es decir, de dónde viene y a dónde va, los interrogantes de la religión y de la ética, no pueden encontrar lugar en el espacio de la razón común descrita por la «ciencia» entendida de este modo y tienen que desplazarse al ámbito de lo subjetivo. El sujeto, basándose en su experiencia, decide lo que considera admisible en el ámbito religioso y la «conciencia» subjetiva se convierte, en definitiva, en la única instancia ética. Pero, de este modo, el ethos y la religión pierden su poder de crear una comunidad y se convierten en un asunto totalmente personal. La situación que se crea es peligrosa para la humanidad».

Bastaría reflexionar despacio sobre las líneas anteriores para entender por qué no podemos «ser Charlie»; es decir, por qué no podemos dejarnos arrastrar a la falsa dicotomía entre el culto a una libertad (cuasi-)ilimitada ―que se nos quiere presentar como el elemento clave que nos definiría como occidentales―, y una actitud liberticida en nombre de alguna ideología totalitaria.

Y es que el hecho de que en la actualidad ―y contra la tradición de toda la historia de las legislaciones de occidente― muchos tiendan a percibir la blasfemia como algo más o menos molesto pero inocuo, que debe estar amparado en el ámbito de la libertad de expresión, resulta indicativo de una razón empequeñecida, que ha descartado lo religioso al ámbito de las preferencias particulares irracionales, de los gustos y manías de cada uno. En lugar de percibir el pensamiento religioso como una esfera de búsqueda racional donde se juegan las preguntas últimas sobre la vida y el sentido del hombre, y donde el trato mutuo debería estar regido por el diálogo y el mayor respeto posible, se percibe como un lugar de capricho y arbitrariedad, donde cualquier ofensa es, en el fondo, irrelevante. Pero, como advierte Benedicto:

«las culturas profundamente religiosas del mundo consideran que precisamente esta exclusión de lo divino de la universalidad de la razón constituye un ataque a sus convicciones más íntimas. Una razón que sea sorda a lo divino y relegue la religión al ámbito de las subculturas, es incapaz de entrar en el diálogo de las culturas».

Y éste es el motivo que nos obliga a que, por mucho que expresemos nuestra mayor repulsa de los crímenes ocurridos estos días, y nuestra condolencia por los dibujantes asesinados en París, no podamos identificarnos con ellos. No podemos «ser Charlie», puesto que tal revista respondía plenamente a ese espíritu de racionalidad empequeñecida que descarta la religión, y acaba así por concebir al hombre como un producto de sus propias construcciones arbitrarias. Sin nada que respetar ni nada que esperar.

Como este planteamiento es la gran enfermedad que mina en nuestro tiempo a Europa, no sorprende que tantos estén ahora planteando la «guerra» en curso en términos de libertad absoluta occidental contra una restricción ideológica arbitraria. Pero esa guerra, así planteada, no es nuestra guerra, aunque nos puedan matar en ella de todos modos. Y esos supuestos aliados, no son nuestros aliados. La perspectiva cristiana ―y, con ella, toda la historia de la civilización occidental― no concibe la libertad de expresión como algo ilimitado (salvo por la difamación y la calumnia), sino como un derecho limitado también por lo que nos dicta la razón que reflexiona sobre la naturaleza humana. Que esa razón, abierta a la dimensión religiosa, entienda que las creencias más íntimas del hombre deben ser protegidas, no de objeciones racionales, pero sí de ofensas gratuitas, debería ser lo obvio. Está visto que no lo es,… y así nos va.

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