Diario Judío México - Necesitamos, para no tener que usar nuestro juicio día tras día, saberes sólidos, perdurables, confiables. Pocos son los juiciosos y muchos los que se dejan llevar por las olas vitales. Tiene juicio quien sabe afirmar o negar con certeza, quien sabe que el palo es recto aunque parezca curvo en el agua, quien nota que la elocuencia del político, más que plasmar verdades, imprime ideales vulgares en los oídos del público (“quaestiones domesticae”, angustias caseras, pueriles). El juicio, por tales motivos, destruye creencias, mata mitos, desdora opiniones. El político, que necesita del lugar común para explicar sus ideas, difícilmente pronunciará arengas juiciosas. No podemos culpar al político de las insensateces, injusticias, atropellos y niñerías que todos los días vemos hacer al prójimo. Ignoramos si el pueblo es indocto por culpa del político o si el político es palurdo porque así lo desea el pueblo.

Común es que los pueblos que no se han educado, que no han cultivado la filosofía, las artes, las letras, construyan cosmovisiones utópicas. La filosofía frena la imaginación, la domestica, y las artes y las letras la refinan. Una utopía, además de ser lugar inexistente, es archivo de quimeras, sofismas, patrañas. Imposible fundar naciones o ciencias en lugar tan frágil. Es necesario que el político, antes de hablar, comprenda bien la realidad en que vive, pero sobre todo la realidad en que vive su público. Tal comprensión es un acto político. La superflua, la que se ha venido haciendo desde hace muchas décadas, sólo es un eco de los deseos del pueblo. El pueblo es sabio, pero no científico. La palabra “sabiduría” es harto ambigua, y por serlo más confunde que aclara. Nada cambiará mientras la sea quehacer basado en la sabiduría popular, es decir, en síntesis caprichosas del mundo (el tecnicismo kantiano es “juicios sintéticos a priori”) [1].

No tiene direcciones, fronteras, límites, lo que carece de un inicio y de un fin. Sin ubicarnos, sin saber dónde estamos, adónde vamos, andamos desorientados. Fácil es que el mareado acepte cualquier invitación, regalo, mentira o ilusión. El político es un orientador, un rector, una guía, y por serlo debe hablar claramente y no ser un leguleyo que todo lo explica con leyes y no con la razón. Poner la razón antes de todo es cambiar el orden del mundo, es derrumbar utopías, es poner las ideas al servicio del hombre, y no al revés. Razonar lo político y no politizar el razonamiento es dar dignidad de ciencia a la , que hasta hoy ha sido un miembro más del cuerpo de los oficios vulgares.

Cito unas palabras de Hannah Arendt: “En todos los grandes pensadores – incluido Platón – es llamativa la diferencia de rango entre sus filosofías políticas y el resto de su obra. La nunca alcanza la misma profundidad. La ausencia de profundidad de sentido no es otra cosa que la falta de sentido para la profundidad en la que la está anclada” [2]. ¿Qué es la ? Es todo lo que hacemos por culpa del desorden público. Porque abusa el fuerte del débil, porque roba el rico al pobre, porque maltrata el pueblo bélico al pacífico, pensamos políticamente. Pero pensar para arreglar lo pasado es pensar “a posteriori”, reaccionariamente, es decir, siempre tardíamente. Ir tras los hechos, no domeñarlos, nos hace “animales políticos” y no “hombres políticos”. ¿Por todo esto los grandes filósofos han desdeñado a la ?

Los discursos políticos se han ceñido a dar continuidad y fuerza a las instituciones que mantienen separadas a las distintas clases sociales. Distinguir clases es distinguir intereses, esto es, demarcar cosmovisiones. El político, con su ardid retórico, todo lo mueve, agita, desordena, y hace que el público crea que “la noche es día”, que la pobreza es virtud, que el hambre vía mística y que la ignorancia científica “sabiduría popular”. Aristóteles, que estatuyó la praxis retórica, dijo (Ret. I 1, 135a25): “el discurso científico es propio de la docencia, lo que es imposible en nuestro caso, y más bien se necesita que las pruebas por persuasión y los razonamientos se compongan por medio de nociones comunes” [3]. Los críticos de la han notado que los discursos de los candidatos que triunfan refuerzan actitudes, creencias, con “evidencias”, “conductas”, “pruebas”, “defensas”, etc. [4]. Una actitud es una postura y ésta una ubicación. Cuando el público adopta las posturas del político, sus valores, creencias, virtudes, deja de percibir su propia realidad.

Es el habla una “virtud productora” de virtudes imaginarias, “poietiké areté”, como decían los griegos. Así, los principios morales del político, de la clase social a la que pertenece, se transforman en método político. Confundir los principios con los métodos es confundir lo abstracto con lo concreto, lo ideal con lo real. Cuando tal acontece las carencias se vuelven incentivos, los robos actos de astutos y la impericia graciosa improvisación. Pasan, así las cosas, los meses, los años, las décadas, los planes, los sentimientos, y Job aprende a tener paciencia, a padecer estoicamente [5]. El oidor atento habrá notado que la retórica está poblada de ideas estoicas, de fanfarrias sabrosas que hacen que los rojores de la pobreza sean rojores de altivez.

El buen Moratín, burlándose de los poetas, siempre repudiados por Platón, que soñó buenos políticos, también se burló de los oradores pomposos, y satíricamente dijo: “Después que entre centellas y estampidos/ feroz descargues tempestad sonora,/ y anuncies hechos ciertos o fingidos; /exagera el volcán que te devora,/ que ceñirse del alma no consiente,/ e invoca a una deidad tu protectora” [6]. En tanto el pueblo aplauda los gritos, los brillos, la ferocidad con cariz de valentía y no las ideas, será un pueblo de política frívola, alejada de la realidad, un pueblo atrasado que vive en siglos pasados.

[1] Kant, “Crítica de la razón pura”.
[2] Arendt, “¿Qué es la política?”.
[3] Aristóteles, “Retórica”.
[4] McCombs, Maxwell E., “La comunicación de masas en las campañas políticas: información, gratificación y persuasión”.
[5] “Dies mei transierunt, cogitationes meae dissipatae sunt et desideria cordis mei”. Job 17:11.
[6] Moratín, “Lección poética”.

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