Diario Judío México - El presidente iraní Mahmud Ahmadineyad está acostumbrado a disertar sin auditorio. El martes, su prédica de odio antisemita vació el recinto de la Asamblea General de las Naciones Unidas en Nueva York. Insistió, como siempre, en desplegar inútiles esfuerzos para reescribir la historia. El mandatario se hace cómplice de los crímenes del nazismo al negar la existencia del Holocausto. Ahora, se mancha con la sangre del 11 de setiembre del 2001.

En esa fecha, el mundo atestiguó un acto de terrorismo sin paralelo en la historia, ejecutado y reivindicado por Al Qaeda. Hoy, Ahmadineyad explica los hechos como una conspiración de la víctima, EE. UU., ejecutada por intereses económicos y, cómo no, para “salvar al régimen sionista”.

Los representantes de Estados Unidos, la y otras naciones civilizadas abandonaron el recinto en protesta. Al éxodo se unió , digna y fiel a los valores constitutivos de su nacionalidad. La actitud de nuestra representación diplomática es merecedora de encomio, mas no supera las fronteras de la normalidad. Así debe comportarse el país, pero desdichadamente no siempre lo hizo.

En abril del 2009, durante la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Racismo celebrada en Ginebra, la delegación nacional permaneció callada mientras Ahmadineyad afirmaba que con “el pretexto de los sufrimientos de los judíos y de la ambigua y dudosa cuestión del Holocausto”, las potencias coloniales enviaron al Medio Oriente sucesivas oleadas de emigrantes para establecer “un gobierno totalmente racista en Palestina”.

Ahmadineyad no reconoce el derecho del Estado de a su existencia, condena al movimiento sionista que le dio origen y lo acusa de ser una expresión de racismo. Su fanatismo, guiado por el odio, convierte la masacre de seis millones hombres, mujeres y en una mera treta propagandística. No sorprende que el cruel asesinato de otros tres mil en Nueva York, Washington y Pensilvania también lo tenga sin cuidado.

Pero no puede ser indiferente y en los lineamientos de su política exterior no debe haber margen para errores como el cometido en Ginebra. Otros países latinoamericanos, de quienes conviene guardar distancia, se encargan de engrosar las filas de la vergüenza. El líder iraní es recibido con honores en La Paz y Caracas, donde el ya causó la profanación de una sinagoga.

Los costarricenses, amantes de la paz y los valores humanos, tenemos derecho a que no se nos confunda. La tarea de salvaguardar ese derecho está en manos de nuestros representantes diplomáticos quienes, en esta oportunidad, cumplieron a cabalidad.

Fuente: La Nación

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