La semana pasada me encontré con alguien que no veía hace mucho tiempo, pero no puedo precisar exactamente hace cuánto tiempo que no lo veía ya que las personas son como un reloj da arena que puede detenerse o voltearse. Es decir, muchas veces en sus rostros podemos darnos cuenta que el tiempo no ha pasado, que lo ha mejorado o que le ha atrasado más de la cantidad del tiempo que cronológicamente ha transcurrido.

A medida me iba a acercando a esa persona notaba en él algo diferente e intentaba averiguar en qué etapa del “reloj de arena” se encontraba.

Él no notó mi presencia, por lo que deduje a primera instancia que su reloj iba algo apresurado. No es que no me haya visto antes que yo a él, sino que no quería ver a nadie, iba distraído, mirando para cualquier lado donde pueda encontrarse con la nada y con nadie a la vez. Eso me puso en dudas si saludarle o no, ya que era evidente su concentración. Ensimismado y alejado andaba pensativo .

Me pregunté si saludarle o no ya que no deseaba interrumpirle, pero al mismo tiempo pensé que tal vez necesitaría ver a alguien más, alguien con quién pueda hablar, gritar, insultar si así lo quisiera, llorar o reír o lo que sea. A veces se tienen esas ganas y no se encuentra a quien acudir. Pues eso fue lo que más noté en él luego de la observancia. Entonces decidí abordarlo y enfrentar juntos esa situación.

Por otro lado pensaba que tal vez el tiempo ha hecho lo propio en mi y que sea yo el que vea las cosas diferentes y él esté muy bien, dado que el cerebro es un órgano que usamos para percibir. Y aunque todos los seres humanos tenemos cerebro, cada uno percibe diferente dependiendo su óptica, punto de vista y experiencias.

No supe qué hacer y eso me convenció más en abordarlo, ya que si no era por él, al menos será para que yo sepa cómo está ese reloj de arena en mi a la vista de los demás. Es decir, que es posible que él me haya visto y se esté haciendo el distraído por ver en mi algo semejante a lo que yo vi en él y no quiere distraerme. Deduje entonces que por ese mismo motivo debía interrumpirlo, para demostrarle que no me estaría interrumpiendo, sino todo lo contrario, que tenía muchas ganas de hablar con él, saber de él.

Luego vino a mi mente un pensamiento que me paralizó: ya he formado todo un diálogo y todavía no le hablé y he notado que ni siquiera me miró. Confirmé pues mi teoría que cada uno percibe según sus experiencias o su presente.

¡¿Qué haré!?

Entonces analicé la situación en ambos casos: “¿Qué puede pasar si lo interrumpo? ¿Acaso se va a enojar? No creo, es mi amigo, y yo no tengo por qué saber si está o no concentrado o distraído. Además, es de lo más normal encontrarse con alguien que no sabes hace cuánto tiempo no ves y saludarle. De hecho, anormal es pensar todo lo que estoy pensando, analizar tanto y ser tan medido para saludar a un amigo.

Me quedé petrificado al notarme a mi mismo un ser tan analítico, inconvenientemente analítico. Me volteé para que no me vea con esa preocupación y es ahí cuando más me doy cuenta que él habló conmigo sin que yo le dijera nada, sin siquiera haberme visto.

“¿Será que él habrá pensado igual que yo? No creo, sería muy tonto afirmar que todas las personas estén tan ensimismados como yo creo que está él o como yo creo que él cree que estoy yo”.

Empecé a enloquecer con tantas voces que escuchaba en ese silencio tan grande que me aturdía.

Mejor sigo mi camino, no lo saludo, lo dejo en sus pensamientos, no le interrumpo. Y si él me ve, pues que me salude él a mi. Y si no me ve o me ve y decide no saludarme, yo sabré entenderlo, al fin que ya lo había notado muy ensimismado.

¡No, no y no! Lo voy a saludar, ya dije. No voy a quedar mal. Solamente será un simple saludo y ya. De esos saludos por compromiso en el que se ven dos personas y uno le pregunta al otro “cómo estás” sabiendo que la respuesta a paso rápido será “bien, bien, qué gusto verte ¿Todo bien! Bye”. Con esa típica sonrisa forzada y mal dibujada. Sí, eso haré, al fin que eso hacen todos.

¿Entonces soy parte del montón o realmente me interesa la amistad con esa persona? Me sentí triste y mal conmigo mismo por ser tan frío con un buen amigo. Hasta me sentí interesado: o hay algo para contarnos o mejor saludarnos por compromiso como si no me importaría en lo más mínimo su persona.
Empecé a caminar cabizbajo por ese pensamiento, hasta que siento una mano en mi hombro y una voz que me dice “¿Te pasa algo?”

Era él. Él llegó antes, él me vio preocupado, él me notó algo, y todo me dió vueltas. ¿Cómo explicarle que lo que me pasaba era que empecé viéndolo yo a él muy distraído y pensativo, y terminé por querer saludarle por compromiso sin interesarme en nada en su vida, mientras en ese mismo instante él lo estaba haciendo por mi?

Entendí que he tenido una larga y fructífera conversación con esa persona sin siquiera mirarle a los ojos. Entendí que necesitaba verlo más seguido para que yo pueda hablar más conmigo y darme cuenta quien soy sin que él me diga nada. Entendí que esa persona soy yo.

SIN COMENTARIOS

Deja tu Comentario

A excepción de tu nombre y tu correo electrónico tus datos personales no serán visibles y son opcionales, pero nos ayudan a conocer mejor a nuestro público lector

A fin de garantizar un intercambio de opiniones respetuoso e interesante, DiarioJudio.com se reserva el derecho a eliminar todos aquellos comentarios que puedan ser considerados difamatorios, vejatorios, insultantes, injuriantes o contrarios a las leyes a estas condiciones. Los comentarios no reflejan la opinión de DiarioJudio.com, sino la de los internautas, y son ellos los únicos responsables de las opiniones vertidas. No se admitirán comentarios con contenido racista, sexista, homófobo, discriminatorio por identidad de género o que insulten a las personas por su nacionalidad, sexo, religión, edad o cualquier tipo de discapacidad física o mental.
Artículo anteriorAcciones Sostenibles || Estocolmo 50 años después: el cambio se puede lograr en una vida.
Artículo siguienteCenando en la Ladera de la Montaña: RIME St. Regis Deer Valley
Mi nombre es Gabriel Zaed y escribo bajo el seudónimo de Rob Dagán. Mi pasión por la escritura es una consecuencia del ensordecedor barullo existente en mis pensamientos. Ellos se amainan un poco cuando son expresados en tinta, en un escrito. Más importante es expresarse que ser escuchado o leído, ya que la libertad no radica en hablar, sino en ser libre para pensar, analizar.