Diario Judío México - He vivido durante muchos años en la colonia Condesa. Cuando camino por sus calles, recuerdo con nostalgia las muchas veces que fui al entonces afamado “Café Viena”, restaurante favorito de mucha gente y muy concurrido, allí se servían los mejores pasteles de la colonia. Estuvo situado por muchos años en la glorieta Popocatépetl frente a la bella fuente que está en medio de ésta; por cierto, recientemente vi en televisión, la que creo fue la primera versión de la película “Santa”, basada en la novela naturalista de Federico Gamboa, importante escritor mexicano, algunas veces trasmiten dicho film: la casa del torero “el Jarameño” estaba frente a la fuente, me encantó reconocerla. Muchas películas y series de televisión se han filmado en la Condesa desde hace mucho; hasta la fecha, vemos continuamente, cámaras de cine, televisión etc. La Condesa es sin duda una de las colonias más tradicionales de la ciudad de así como su parque , donde creo que muchos de nosotros jugamos en nuestra niñez, rentamos bicicletas con don Hilario, compramos jícamas en el parque y allí conocimos varios amigos. Innumerables miembros de las comunidades judías en , han vivido y viven en esta colonia, creo que en mi niñez hasta la llamaban “Tel Aviv”.

En la época en que frecuentaba el café Viena con mis padres, mis amigas y en general con la familia, no había tantos restaurantes, cafeterías, antros como ahora, pero había restaurantes, por ejemplo el tradicional “La Flor de Lis”, heladerías, pastelerías. Teníamos cines: el Lido, el , Gloria, Royal, el Gabriel Figueroa, etc., farmacias, librerías: la Internacional, que aún está allí y Sears Roebuck: una amiga me recordó la “Juguetería Ara”, paraíso de los niños. Bien mirado teníamos de todo, (ahora más todavía) hasta nos pusieron un “Sanborn’s”, la colonia era remanso de paz.

A mis padres les encantaba ir al “Café Viena”, era este un restaurante de corte muy europeo, la comida de allí me parecía deliciosa, mi padre lo llamaba “el bar Viena”. A mis doce años de edad yo pensaba que ya era mayor e iba a comer allí con mis amigas de la niñez y mi hermana mayor ¡qué importantes nos sentíamos!. Como éramos sumamente delgadas (yo más bien diría flacas) comíamos sin ninguna reticencia e invariablemente, lo siguiente: una milanesa con puré de papas, de espinacas y choucrut, como guarnición; en aquel entonces me parecía un manjar de los dioses, De postre ordenábamos un café o chocolate vienés que nos servían con un gran copete de crema y para coronar esta opípara comida también pedíamos el pastel Zurich con otro copete de crema. No subíamos de peso ni un gramo, por nada del mundo, lástima que ya no sea así. Todas las meseras tenían años allí, ya hasta eran amigas nuestras: éramos clientes frecuentes, posteriormente se mudaron a otro local pero ya no tuvo éxito y terminaron cerrándolo, para mí fue una tristeza que desapareciera. De aquel entonces tenemos aún “La Flor de Lis” a donde voy a veces con alguna amiga.

¡Qué tiempos! no sé si mejores, pero si placenteros, era un gusto por ejemplo, salir por la noche a comer unos tamalitos y después dar unas cuantas vueltas a pie por la calle de Amsterdam – llamada por algunas personas la calle Kafka, pues no tiene principio ni final – ésta era y es mi calle favorita, de hecho vivo en ella, y al menos en mi cuadra no hay mucho ruido, es tranquila.

Hay un pequeño templo en la calle Vicente Suárez a donde iba mi padre a rezar casi todos los días, y se puede decir que fue hasta el último día de su vida.

Para finalizar estas reminiscencias les cuento la siguiente anécdota: con mis padres para variar, íbamos al Café Viena, más o menos unas dos tardes por semana a tomar el cafecito: nos gustaba mucho, tenía muy buen ambiente, mi hermana se nos unía a veces y nos sentábamos a conversar allí un buen rato muy agradablemente, nos contábamos las novedades o mis padres nos hablaban de Turquía, su tierra natal, siempre era interesante y divertido escucharlos. En nuestras visitas ordenábamos tres cafés y un trozo de pastel (si solo estábamos mi padre mi madre y yo) mi padre era diabético y únicamente comía un trocito de pastel, mi madre no quería comer una rebanada completa, así el pedazo restante lo partía y me daba la mitad. Creo que a las meseras no les encantaba esto, hasta pensarían quizá que éramos un tanto tacaños, pero estaban tan acostumbradas que ya sin preguntar nos traían los tres cafés, la rebanada de pastel, tres vasos de agua y tres tenedores. Una tarde nos alcanzó mi hermana con sus tres niños, siempre era muy agradable que vinieran, ella y los niños nos alegraban el rato, la mesera un poco desconcertada, nos trajo cuatro cafés y siete tenedores, fue tan gracioso, sin mucho trámite nos sirvió automáticamente. Cuánto reímos esa tarde, mi padre, muy divertido le dijo: oye hija ven acá es cierto que somos ahorrativos, pero no es para tanto… traéte otros dos pasteles y refrescos para los niños, tenedores ya tenemos, la mujer estaba visiblemente apenada. ¡Qué tardes tan agradables! No he dejado de añorarlas, cuánto me agradaría tomar un cafecito, mi trozo de pastel y conversar un ratito con mis padres.

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Sara Hazán es una pintora, grabadora y escritora mexicana. Nació en Milan, Italia, Desde muy temprana edad, ha vivido en la ciudad de México, en donde ha estado casi toda su vida. También vivió en otros paises algunos años.

Su pintura es figurativa, costumbrista y de brillante colorido.Tiene también aficiones de escritora, publicó un libro de cuentos que contiene algunas experiencias que ha presenciado o vivido a lo largo de su vida. Tiene varias obras en colecciones privadas, en Colombia, Costa Rica, EE.UU., Inglaterra e Israel.