El punto de partida de cualquier investigación científica, además de la idea original, es la recopilación de muestras o, en el caso concreto de la Historia, de documentos sobre el tema a estudiar. Estos últimos están depositados en los archivos y tanto su número como su estado de conservación son determinantes para poder llevar a cabo el análisis previsto. Son precisamente los documentos conservados los que permiten afirmar que en sí hubo judíos, aunque en menor medida que en ciudades como Toledo, Sevilla o Córdoba.

Al no existir censos de población medievales, es necesario recurrir al tributo llamado servicio y medio servicio que pagaban exclusivamente los judíos, para lograr un acercamiento al número de familias que pudieron vivir en en los años finales del siglo XV, años de los que se han conservado más documentos. La cantidad a pagar era proporcional al número de familias existentes en una comunidad, lo que permite saber que en el año 1464 pagaron este tributo unas 195 familias, cantidad que fue descendiendo hasta 1491 en que solamente lo hicieron 33. A éstas, hay que añadir todos aquellos individuos que por diversas circunstancias estuvieron exentos del pago. Es decir, contó con muy pocos judíos, pero, aún y así, dejaron huella en los documentos de la época.

La primera referencia a los judíos se produjo en Celanova (Ourense) en el año 1044, cuando la casa en la que estaban vendiendo telas fue asaltada y los atacantes les robaron sus mercancías. Desde este momento hasta el año 1492, cuando los Reyes Católicos ordenaron la salida de todos los judíos de sus reinos, pasaron casi quinientos años en los que vivieron diseminados por todo el territorio gallego.

En las ciudades o villas donde vivieron compartieron el espacio con los cristianos, es decir, no vivieron aislados en lo que actualmente se conoce como guetos sino distribuidos por todo el espacio urbano, aunque, eso sí, tuvieron tendencia a agruparse en determinadas zonas. Por ejemplo, en Ourense hubo judíos viviendo en la actual Plaza Maior y en diversas calles, pero fue en la Rúa Nova, la actual Lamas y Carbajal, donde lo hicieron un mayor número de ellos. Estas calles, las que concentraron un mayor número de judíos, recibieron el nombre de judería. Otro ejemplo es Ribadavia (Ourense) donde la calle que baja desde la Plaza Mayor a la Iglesia de la Magdalena recibió el nombre de Calle de la judairia. Por el contrario, en otras poblaciones, como Ribadeo o Caldas de Reis, los documentos hablan de la presencia judía, pero no permiten conocer si además existió una comunidad hebrea.

En la judería solía ubicarse la sinagoga o lugar de reunión de la comunidad además de centro de culto y estudio. Las gallegas fueron pequeñas construcciones sin ningún valor arquitectónico, como lo demuestra que la de Tui fuese convertida en caballeriza después de la expulsión de 1492, o que la de Ourense fue derruida para construir otra casa en el mismo solar.

Muy importante, también para los judíos gallegos, fue el mantenimiento de un cementerio donde enterrar a los difuntos. Los documentos mencionan, pero sin precisar su situación, los de Allariz, Monterrei, Tui y Pontevedra. A los que hay que añadir el de A Coruña del que solamente se conservan tres lápidas funerarias pero que demuestran su existencia.

Profesionalmente, los datos conservados apuntan a que algunos se dedicaron a la recaudación de rentas y a la administración de casas señoriales, actividades que generan mucha y variada documentación por lo que su presencia fue continua en los siglos medievales; otros a la medicina y la veterinaria, pero fundamentalmente trabajaron como artesanos -plateros, sastres, tejedores, zapateros- y tenderos.

En conclusión, los documentos conservados permiten responder a la pregunta inicial: sí, en también hubo judíos, que se organizaron de igual manera que los de otros territorios mejor conocidos por su mayor número de referencias documentales.

*Mª Gloria de Antonio Rubio es investigadora del Instituto de Estudios Padre Sarmiento (CSIC).